En una de las salas de la Bienal de Venecia abarrotadas de público y medios de comunicación, la artista explicaba su
proyecto de performance múltiple.
Mientras la escuchábamos, en el interior de nuestro oídos, sus palabras se hundían más y más en lo oscuro. Su expresión
densa y pegajosa se adhería con fuerza a nuestros sentidos dejándonos marchitos, como bajo el influjo de una poderosa
succión que nos vaciaba de toda energía, de toda posibilidad de comprensión. Despojados de toda estructura, nuestros cuerpos
quedaban reducidos a nimia materia ausente deshaciéndose en el fondo de un armario.
Frecuentemente en este tipo de actos ocurría que la artista transportada hacia las alturas por lo sublime de sus
pensamientos, traspasaba el techo para perderse grácil entre las nubes, mientras nuestros ojos vacunos seguían su ascenso
hasta notar sobre nuestras cabezas el excremento de ilegibles aves, entonces, el acto tocaba a su fín y la mayor parte de
nosotros regresábamos a nuestros hogares manchados por el peso de nuestra ignorancia.
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2.088 – El monstruo debajo de la cama
Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo, por eso, todas las mañanas, su papá le hace las coletas antes de ir al cole. Él la quiere mucho. Le compra un montón de cosas, es superdivertido, y muy valiente.Todas las noches entra en su habitación a espantar al monstruo de debajo de la cama. Luego se acuesta a su lado, y le dice que no haga ruido, y la abraza tan fuerte que, algunas veces, le cuesta un poco respirar. El monstruo, debe irse entonces debajo de la cama de mamá porque, mientras papá está con ella, siempre la escucha llorar en su cuarto.
Antonio Ávila Calmaestra
VIII Edición de Relatos en Cadena (Finalistas)
http://escueladeescritores.com/concurso-finalistas-rec-2014/
2.081 – El gerundio del olvido no me gusta
Todo lo que quiero es aprender a olvidar tu triste nombre mientras una muchacha se desata frente a mí su única sonrisa tan cenicienta como una premonición tan reciente como una mentira tan frágil como el recuerdo o el hojaldre. Todo lo que quiero es aprender a olvidar tu triste nombre pero no sé si emborracharme como casi nunca o llorar porque no hay nada en este instante tan irrelevante tan familiar tan educadamente estúpido como las únicas palabras con las que me consuelo ingenuamente: su tabaco, gracias.
Raúl Vacas
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.074 – Cajitas
Construyo cajitas de madera para enterrar los sueños rotos. Todos aquellos que quieren olvidar definitivamente lo que pudo haber sido y no fue, contratan mis servicios, me presento entonces en el lugar que me citan con una de mis cajitas, son todas iguales,de madera de pino sin pintar, sus medidas también son siempre las mismas 7 x 7 centímetros, me gusta el número siete, todo el mundo lo asocia con la sabiduría.
Una vez en el lugar de enterramiento, coloco la cajita abierta en el suelo y mi cliente relata en voz alta el sueño roto que quiere enterrar, para que éste pueda introducirse por entero en la cajita, luego le pongo la tapa, lo sello con siete clavos y la entierro. A partir de este momento mis clientes se sienten más aliviados, más ligeros sin el lastre del pesado recuerdo, hasta el punto que una vez un señor de Valladolid tras el rito de enterramiento echó a volar como un feliz pajarillo hacia su casa.
Julia Otxoa
Retrato de familia con fantasma. Ed. Menoscuarto,2013
2.067 – El precursor
Cada escritor crea a sus precursores. J. L. Borges, Otras inquisiciones
Ahora soy un escritor consagrado y estas cuestiones ya no me inquietan, pero cuando empezaba a abrirme camino en el mundo literario, cansado de oír a los críticos asociarme con determinados autores –mis «influencias evidentes», mis «referentes», insistían– me inventé un escritor que sería mi precursor: un romántico danés, Lars Haugaard (1849-1898). Si me preguntaban por un autor que me hubiera influido, siempre contestaba que «obviamente» Lars Haugaard, el estilista nórdico, el príncipe de las letras de Dinamarca, el bardo de Copenhague. Los sabiondos fruncían las cejas; los prudentes afirmaban con la cabeza; los ignorantes exclamaban: «¡Ah sí, Haugaard!». Pregonaba que mis libros no se entendían sin su magisterio, que yo siempre sería la sombra pálida de Haugaard. Le imaginé una obra (extensa), una biografía (trágica), una imagen (atormentada).
Con el tiempo, cuando me llegaron los honores, convertido yo en el referente de los jóvenes, Haugaard se difuminó. Le olvidé.
Pero hoy, casualmente, le he encontrado en Internet. Lars Haugaard: novelista y poeta danés. He encargado todos sus libros. Los espero, temeroso de haber sido su sombra pálida.
Jordi Masó Rahola
http://nalocos.blogspot.com.es/2014/07/jordi-maso-rahola-ganador-del-premio-de.html
2.060 – Érase un país donde todos eran ladrones
Por la noche, cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar, al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.
Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.
Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.
Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.
Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa, era una familia que no comía al día siguiente.
Frente a esas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua.
Volvía a casa y la encontraba saqueada.
En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque la culpa era suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robaba a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta; la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.
Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.
Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos Se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.
De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo, todos seguían siendo ladrones.
Honrado sólo había habido aquel fulano… y no tardó en morirse de hambre.
Italo Calvino
2.053 – Borges y yo
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.
Jorge Luis Borges
2.046 – La casa despierta
Cuando el sol emerge entre las montañas, la casa se despereza. El agua de la piscina comienza a circular por el filtro. Se activa el riego automático. Las luces del exterior se apagan. El refrigerador zumba alegremente. En la pantalla del computador no hay nuevos mensajes. El automóvil estacionado en el patio culmina su autodiagnóstico. Otros artefactos irán despertando en el día. La pareja duerme abrazada en su cama. Hace tiempo que no respiran; parecen muñecos de cera, secos e inmóviles. Una flor se abre a la mañana; sobre ella caen minúsculas gotas de agua arrastradas por el viento.
Diego Muñoz Valenzuela
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.039 – Verano 1
Tuve, durante la siesta, una ensoñación en la que ocurría un desastre nuclear al que sólo sobrevivíamos El Corte Inglés y yo. Al principio, como es natural, nos desesperábamos, pero luego, viendo que la vida continuaba, decidíamos incorporarnos a su corriente con la naturalidad que éramos capaces de aportar a una circunstancia tan rara. Así pues, muchos días, al salir de la oficina, donde no habían quedado en pie ni los percheros, iba a los grandes almacenes y compraba cosas precisas e imprecisas, en confuso desorden, como antes de la catástrofe. El establecimiento me atendía con la eficacia habitual en él, con su sonrisa, y si algo no me gustaba me devolvía el dinero, que yo me apresuraba a gastar en otra cosa. Por mi cumpleaños recibía siempre una tarjeta de felicitación. Un día, después de pagar, le pregunté a El Corte Inglés qué tipo de sociedades consideraba él más atractivas, las consumistas o las ahorradoras. Noté que no quería comprometerse, aunque finalmente respondió que las consumistas, pues hacían circular el dinero y con él el oxígeno necesario para el funcionamiento del cuerpo social. Pero yo soy muy perspicaz, no es fácil engañarme, y me di cuenta de que había mentido: El Corte Inglés prefería las personalidades ahorradoras, aunque dependiera de los temperamentos despilfarradores. La existencia es así: a veces uno tiene que vivir de lo que más detesta en sí mismo o en los otros. Regresé a casa preocupado, pensando que los grandes almacenes, tan atentos siempre a mis necesidades, no me querían por mí, sino por mi dinero, lo que me pareció más difícil de sobrellevar que el propio desastre nuclear. Entonces desperté con el hígado bañado en pacharán y escribí a El Corte Inglés manifestándole todas estas dudas. Pero no me ha contestado todavía.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.032 – La segunda Babel
La segunda vez que decidieron construir una torre para llegar al Cielo, Él estaba demasiado ocupado como para haber notado nada extraño. Hacía milenios que no les prestaba ninguna atención. Ellos, pese a sus múltiples lenguas, lograron entenderse los unos a los otros, y encumbraron la construcción más alta que nunca antes se hubiera levantado sobre la superficie de la tierra. Ahora Él sigue en sus cosas, y a través de la serpenteante pendiente de ladrillo y argamasa los hombres empujan una enorme guillotina.