—¿Quiere taxi?
El vehículo arrancó. Miriam se había robado unos cerillos de casa del papá de Gerardo: Hotel Best Western, Tel Aviv. El conductor cantaba una cumbia.
—Una aventura es más bonita.
¿O era una salsa? En la pantalla del celular estaba Gerardo con sus viejos audífonos. Para ella fue la semana perfecta, un sueño hecho realidad: el músico internacional se fijó en esa groupie de Nuevo León con que chateaba diario. Se despidieron con la promesa de ahorrar para hacer pronto una vida juntos allá, en Israel.
Haciendo cuentas, el boleto sin escala costaba lo que el semestre de escuela. Tendría que tomar clases de hebreo. Gerardo le pidió que considerara cambiar de religión. ¿Cuánto gastaría viajando a Monterrey para ver a su familia?
—Y un beso robado queda siempre como adiós.
Decidió que era más barato seguir enamorada de Luis Miguel: con los puntos acumulados en su tarjeta, ir al Auditorio Nacional le salía casi gratis.
Etiqueta: Lunes
2.885 – Talgo
En realidad Ticiano iba a Córdoba, pero al ver a aquella mujer montando en el Talgo de Valladolid, supo que tenía que cambiar de destino. Compró el billete, cruzó corriendo el pasaje subterráneo y se subió al tren segundos antes de que partiera.
Avanzó por el pasillo resollando, apoyándose en los respaldos de los asientos. Colocó la maleta en el portaequipajes y, lanzando un sonoro suspiro, se sentó junto a la mujer. Ella lo miró con curiosidad. Sus ojos de azúcar corroboraron lo que él ya sabía: estaba a punto de conocer a su esposa.
O al menos eso es lo que a Ticiano, solterón octogenario y recalcitrante, le hubiera gustado contarle a sus nietos.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.878 – Valor y precio
Era de los pocos detectives honrados que quedaban en la ciudad, una ciudad maleada por la corrupción y el progreso descontrolado en la que todo tenía un precio. La decencia valía menos que el descaro, y la traición cotizaba al alza. Mantener su honradez no le resultaba fácil, ya se había ganado la inquina de los compañeros, tres traslados y lo peor de todo, ese frío glacial en la mirada de su mujer cada vez que le hablaba del último sobre rechazado.
Yolanda Nava Miguélez
Cuentos en cadena. Cadena SER
2.871 – El ardor
Nicolás hundió los labios en el cuello de Dulce María y, empujándola hacia un rincón del portal, intentó otra vez tocarle los pechos.
-¡Basta! -exclamó ella, apartándolo.
-¿Qué pasa? ¿Es que no me quieres?
-Claro que te quiero. Lo que pasa es que aquí puede vernos cualquiera.
-Pues vámonos a otro sitio
-No tenemos otro sitio.
-Hay una pensión aquí cerca.
-Ya te he dicho que de pensiones, nada. Y menos para nuestra primera vez. Eso es de pelanduscas. Además, yo no sé qué prisa te ha entrado.
-Vale, vale -dijo Nicolás, abrazándola.
Luego pensó: «No es justo». Y lo intentó de nuevo.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.864 – La isla de las ondas perdidas *
Hay en el cielo una isla de nube a la que llegan todas las ondas radiofónicas que no son escuchadas por nadie. Como las olas del mar que traen la arena, las ondas van dejando las conversaciones, la música e incluso las interferencias en su litoral de agua. Casi todas las tardes bajan a la playa de gotas unos angelitos a jugar con las palabras, las notas musicales y los ruidos. Los querubines construyen castillos de letras, con enes como almenas, oes de troneras, aes de puertas y eles de puentes levadizos. También escarban pequeños hoyos en la niebla, se cubren con oraciones y al levantarse dejan huecos por los que se filtra la luz divina que llega a los hombres. A los serafines les gusta recolectar notas para componer y cantar las alabanzas, recogen semifusas que se colocan como peines entre los rizos, se acercan claves de sol al oído y escuchan el sonido de los humanos. Algunos tronos que iban para diablillos cogen los ruidos y los hacen chocar entre sí, suenan como truenos en días despejados y los hombres alzan la vista hacia el cielo.
Solo cuando llegan llamadas de socorro les avergüenza bajar a jugar.
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2016/02/la-isla-de-las-ondas-perdidas.html
*Participo en el concurso Esta noche te cuento que, con motivo del Dia Mundial de la Radio, debía inspirarse en la radio.
2.857 – Penélope y Aracne
Nada más falso que Ulises, luego de su penosa y complicada travesía de retorno a Ítaca, haya sido recibido por su fiel esposa. Había muerto. A fuerza de tejer y destejer, de bordar y desbordar, en espera de su amado, Penélope se convirtió en una suprema artista. De sus manos brotaban prendas que se ajustaban a los cuerpos de modo mágico y tapices con las más bellas escenas sobre las deidades griegas. Tejió en lana y seda, en finos linos y suaves telas, ropajes hasta para sus pretendientes. Ello desató el odio de Aracne, quien valiéndose de su figura de araña pudo llegar hasta las habitaciones de Penélope y picarla mortalmente en un brazo. Al parecer, todos han olvidado que Atenea, en su justificada ira para castigar a la irreverente muchacha, la convirtió con jugo de acónito en araña y al hacerlo no consideró que también le daba un mortal veneno y dejaba intactos su egoísmo y envidia
Ulises lloró la muerte de su esposa, pero de inmediato, para hallar consuelo, hizo traer a Circe, la hechicera que había amado durante su ruta de regreso a casa y cuya belleza aún lo subyugaba. Habrá que añadir que Circe detestaba tejer y bordar. Era sumamente sensual y su especialidad era la cocina.
Rená Avilés Fabila
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015
2.850 – Raros
Aquí vinimos a descansar. Al menos, eso es lo que me dijeron mis padres que íbamos a hacer en aquel piso. Pero lo que en realidad hicimos fue volvernos raros.Ya no salíamos a pasear, jugar por el parque o al cine. Mi madre no iba ni a la compra, y mi padre vivía en el salón, mirando por la única ventana de la casa que dejaba pasar luz. Un día, mi madre me despertó muy temprano y me llevó en brazos al coche. Lo arrancó, pero no se movió. Al minuto, mi padre entró y, mientras cerraba de un portazo, gritó: «¡Acelera!».
Pablo Luna López
Relatos en Cadena 2009-2010 – Alfaguara. 2010
Ganador del 4 de febrero de 2010
2.843 – El cuarto de los juegos
Le he dicho que me muerda. Joder. Qué parte de la frase no ha entendido, doctor.
Hacía calor en aquella habitación de ventanas cerradas, cortinas tupidas y mobiliario indispensable. Una cama de dos cuerpos, un par de mesillas compradas en Ikea, algún que otro libro, armarios lacados en blanco y fotografías de una familia sonriente.
El joven de bata blanca no quiso entrar en batallas estériles. A esas horas de la noche, el servicio de urgencias de un hospital tiene la capacidad de destrozarte los nervios, a poco que intentes comprender las manías de la gente. Así que hizo como si no oyese al paciente y siguió a lo suyo.
No me ha oído, le insistió aquel, nervioso. Que me muerda. Joder.
El joven médico, con un gesto que aparentaba resignación, acercó su boca al cuerpo de aquel hombre. Lentamente se acercó a su yugular y, con simulado recato, mordió lujuriosamente el cuello de Oriol, tratando, eso sí, de no dejarle marca alguna.
Ambos sonrieron medio avergonzados. Hubo después un gemido intenso, babas y lametones, toqueteos acelerados y un final un tanto violento.
Me lo he pasado fenomenal, Marcos, le dijo al joven mientras este se acababa de vestir y buscaba en la mesilla de noche el billete de costumbre. Cuándo quieres que vuelva, preguntó ahora el joven. El viernes mi mujer vuelve a irse con los críos al pueblo. Te parece bien a eso de las diez, después de cenar, dijo Oriol desmadejado aún en la cama. Y se besaron en los labios.
Antes de que Marcos saliese de la habitación, Oriol, tendido desnudo y satisfecho, le dijo bromeando que para el viernes se acordara de venir con el disfraz de bombero.
Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed Talentura. 2012
2.836 – E-pitafio
Es el colmo, me he muerto y al entrar al cementerio me han dicho que si estoy dado de alta como finado que teclee el nombre y el RIP del nicho; si, por el contrario, era la primera vez debía registrarme, y que en el caso de haber perdido la contraseña respondiera al epitafio clave «¡Levántate, pájaro!» y me enviarían un recordatorio a mi correo póstumo. Me da rabia pues siempre he sido muy ordenado, aquí tengo la carpeta Windows con el certificado de defunción, acta de últimas voluntades, póliza del seguro de fallecimiento —por fin podré cobrarla— y los impresos para que mi mujer tramite la viudedad que tanto temía no llegar a disfrutar, pero la clave de acceso al camposanto no aparece. Soy miedoso en esto de darme de alta en las web de empresas desconocidas, temo que me entre un virus, también me amedrenta entrar en el cementerio y que me llene de troyanos y gusanos. En el servicio militar nos enseñaron aquello del «santo y seña» para las guardias, y que si no se respondía correctamente disparáramos a matar, pues eso deberían hacer aquí, si desconoces la contraseña: ¡que te disparen a resucitar!
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2015/11/e-pitafio.html
2.829 – El regreso del héroe
Retornó a su Ítaca con el vigor intacto (ni viejo, ni cansado; sólo envejecido, provisionalmente, por la Diosa) y su rotoso zurrón cargado de prodigios.
Semiadormecido por el vino, los tendió en la galería de la choza mientras el porquero atendía su piara. Entrecerró los ojos para revivirlos mejor, y pudo ver cómo relucían bajo el último sol de la tarde.
Pronto tendría lugar el encuentro. ¿Cómo sería ahora ella? ¿Cómo aparecería, ahora, él a los ojos de ella?
Lo fascinaban lo desconocido, el misterio, la conquista.
Bajo el brillo de las hogueras entre el hedor de la muerte y los aromas azufrados de los sacrificios, se irguió la reina, deslumbrante y desmesurada por la gracia de Palas.
Latió fuerte el corazón del astuto guerrero, más de ansiedad que de temor.
Ella no reparó en el desconocido.
Más tarde, la vieja nodriza, al lavarle los pies, reconoció la antigua herida.
Esa noche, en el inviolado lecho de olivo, marfil y oro, un hombre y una mujer, en los umbrales de la vejez, repetían antiguos rituales, sin la magia de la novedad, del misterio, de la conquista.