Era de los pocos detectives honrados que quedaban en la ciudad, una ciudad maleada por la corrupción y el progreso descontrolado en la que todo tenía un precio. La decencia valía menos que el descaro, y la traición cotizaba al alza. Mantener su honradez no le resultaba fácil, ya se había ganado la inquina de los compañeros, tres traslados y lo peor de todo, ese frío glacial en la mirada de su mujer cada vez que le hablaba del último sobre rechazado.