2.156 – Crucifixión

javier xi  —Papá, ¿te acuerdas de lo que te dije, que habían vuelto a colgar el crucifijo encima de la pizarra? ¿Y de que al día siguiente se llevaron a las niñas a otra clase? Pues hoy ha entrado el mismo hombre, ha trazado una línea al final del aula y nos ha ordenado a los emigrantes que nos sentemos allí y que no crucemos la raya.
—¿Y qué ha dicho el maestro?
—Nada, pero ha descolgado el cristo de la pared y se lo ha clavado al señor en la espalda.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2013/05/crucifixion.html

2.155 – El novato

Manuel Montesinos  Le recordé que tocar las cosas de los muertos estaba prohibido. Le advertí que el eco, aquí, siempre engaña y nos hace  escuchar  lo que no existe. Sólo el paso del tiempo y la experiencia en el puesto le darán la sabiduría necesaria para distinguir lo que es de lo que está en trance. Entendió, sin alarmarse, que las tumbas murmuran y que las lápidas abiertas deben dejarse así, abiertas -porque a unos –le dije-, les cuesta más que a otros acostumbrarse a su nueva situación. Al despedirme le entregué los guantes, la pala y la estaca de madera.

Manuel Montesinos
Montesinadas: Cuentos de Liliput, 2014 .
http://montesinadas.blogspot.com.es/

2.152 – Escurridiza

susana revuelta  Me desesperaba que apareciera por casa cuando le daba a ella la gana, sin avisar; así, claro, siempre me cogía desprevenido. Hace apenas unos días descorrió la cortina de la ducha mientras me estaba jabonando, pero al intentar retenerla me sacó burlona la lengua y se escapó; en otra ocasión me pilló friendo unas croquetas y cuando fui a ver qué quería, casi se quedan pegadas a la sartén; anteayer se plantó a mi lado en la ventana mientras tendía la colada y por su culpa se me cayó al patio un calcetín. Muchas noches incluso me he quedado dormido en esta silla frente a la pantalla encendida del ordenador, esperándola. Qué duros estos destierros.
Pero hoy por la tarde me pareció oír un ruido en el pasillo: era ella, que se acercaba de puntillas a mi habitación. Entonces aguardé paciente a que entrara, aporreé con saña el teclado y por fin pude atraparla.
El caso es que ahora, que son ya las cuatro de la madrugada y llevo escritas varias páginas de mi novela, no me atrevo ni a levantarme para ir al baño. No sea que se escabulla otra vez.

Susana Revuelta
http://estelasdetinta.blogspot.com.es/

2.151 – Volar un momento

gabriel de biurrun  En ocasiones, desde el auto, observo compañía a un lado. Un pájaro. No es siempre el mismo. No puede ser. Por un instante acomoda su aletear secreto al bárbaro petardeo de la máquina. Lo veo por la ventanilla. Es un instante, no más. La memoria se encarga de ralentizarlo, de hacerlo dos instantes, tres; lo que tarda en dibujarse un sueño, lo que tarda uno en darse cuenta de que rueda a velocidad de pájaro.
Pero es un instante, no más. El pájaro no vuela más tiempo junto al auto. No es idiota. Sí es curioso, sin embargo, y quiere saber qué animal viaja en la panza del monstruo; a quién dejará perplejo con la máxima demostración de libertad.

Gabriel de Biurrun

2.150 – A falta de ficción

melanie Taylor  Érase un país de donde exiliaron a los escritores. O quizás fueron ellos los que se autoexiliaron al realizar que sus creaciones, incluso las más descabelladas, se teñían de realidad aún antes de que sus libros salieran de la imprenta. ¡Qué terrible era imaginar una escena y verla como noticia del telediario! ¡Qué imposible cenar cuando el monstruo del cuento se sienta al lado del plato de sopa! Cuando el gobierno anunció una guerra, los escritores soñaron escenas innombrables que no desearon escribir. Huyeron del país escritoras con maletas hechas de retazos de poemas, escritores de barbas grises con historias arrugadas en los bolsillos y jóvenes con la esperanza oculta en la suela de las zapatillas. Todavía quedan algunos escritores. Se sientan a beber café, se ahogan de insomnio y atrapan sus ideas antes de que puedan volar lejos de ellos, las estrujan hasta que quedan hechas menos que sombras, menos que polvo…, nada.

Melanie Taylor
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/06/melanie-taylor.html
https://melanietaylorherrera.wordpress.com/

2.149 – El vacío

angel guache2  En los acantilados cercanos bramaba el viento. Se oía el rugido de las olas. Se adensaban las nieblas. Nos habían rogado en tono grave: «No os acerquéis a esos acantilados». En las proximidades se habían despeñado unos jóvenes. Asomarse era tomar conciencia del abismo. Sabíamos que allí estaba la atracción del precipicio, la flor que crece en las rocas, el corazón abismándose en las aguas. El margen de una vida. A unos pasos, tan sólo a unos pasos, estaba el vacío, esperándonos.

Ángel Guache

2.148 – Volver, con la frente marchita…

pilar galan5  Así he vivido yo,con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,sabiendo que jamás me he equivocado en nada,sino en las cosas que yo más quería.
L. Rosales

A la hora en que abren las panaderías, se apagan los neones y se encienden los árboles, con las últimas luces de la madrugada, espantas los fantasmas del pasillo.
No has querido mirarte en el espejo del coche, ni en el del ascensor, ni contemplar siquiera tu reflejo en el mármol ajado del portal, por si acaso cualquiera de ellos te devuelve una imagen exacta de tu ausencia. Sin alzar los ojos, te lavas la cara, te quitas la poca pintura que te queda, sin respirar casi, no vaya a ser que de nuevo, te invadan los olores conocidos.
Porque hueles a él, por qué ocultarlo, a sus manos fuertes, al tabaco que fuma, a su colonia de hombre. Por más que frotes, hay un olor que no puede abandonarte: la herida del deseo insatisfecho.
Él duerme, como siempre, o como siempre también, se hace el dormido.
Te cuelas en tu lado de la cama, tu almohada, el hueco de tu cuerpo, tu mesilla de noche, tus pendientes, los nombres de las cosas conocidas.
Te gustaría despertarlo, comértelo a besos, como antes, abrir tu piel para sus manos amigas. Llorar como un niño que ha hecho travesuras, pedir perdón, que te lo concediera.
Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, la muda blanca, los baños de los viernes, preguntarle a papá cuándo falló todo, que mamá pasara sus manos por tu pelo.
Pero tienes cuarenta años, un piso a medias, un trabajo, un marido, dos hijos, un híper a la vuelta de la esquina, algún amigo, un amante.
Y un hueco en el estómago que se parece al hambre.
Y dolor al tragar como si tuvieras sed.
Solo que no hay nada en este mundo que calme tu deseo insatisfecho, mientras el reloj se empeña en recordarte que llegará mañana, y aún no estás dormida.

Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014