2.327 – Gente de pena

javier xi  En invierno, todas las tardes el mismo dilema con las limosnas, si comprar un chusco de pan y algo de engaño o picón para el brasero.
Por las mañanas subo a Madrid siguiendo las recuas de mulas con carros que llevan el pan desde Vallecas. Si tengo suerte —y no me lo quitan antes los mayores—, un bache o tropiezo deja caer una hogaza que se rompe en mil pedazos y guardo algunos en mis bolsillos. Otros días, si no he podido pegar ojo por el frío, llevo un capacho para intentar recoger la carbonilla que pierde el pequeño tren que sube a los cuarteles de Atocha.
Al atardecer, en la puerta de la chabola, enciendo el brasero con trozos de madera y papel. Mientras se prende el carbón, hablo con los vecinos que se acercan a buscar mendrugos en cama de galgos. Luego, arrebujado con las faldas de la mesa camilla, me caliento el cuerpo y me entretengo con una radio.
Sin embargo, días como hoy que tengo tanto frío y el hambre me causa dolor tan fiero, lamento no haber muerto en el vientre de mi madre, allí, tibio y alimentado.

Javier Ximens
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2.326 – Electra

Ruben-Abella-copia  Hilaria levanta los ojos de la labor y observa risueña cómo Abigaíl, su nieta de seis años, se entretiene recortando una revista.
-Y dime, vida mía, ¿tú qué quieres ser de mayor? -le pregunta.
Abigail aplica pegamento al reverso de una modelo en bikini y aplasta el recorte contra un folio en blanco.
-Yo de mayor quiero ser mamá -responde, sin ningún asomo de duda.
Enternecida, Hilaria retoma la labor.
Al cabo de un rato, vuelve a levantar la vista. -¿Y cuántos hijos vas a tener, cielo?
Abigaíl termina de recortar un adonis con chaqué y lo fija junto a la modelo en bikini.
-A mí los hijos me traen sin cuidado -contesta en un tono didáctico, como si ella fuese la abuela, y la abuela una niña-. Yo lo que quiero es dormir con papá.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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2.325 – Garimpeiro

Elisa_de_Armas  Gustaba el pastor de alabar las gracias de su joven esposa, entre las que destacaba una rubia y abundante cabellera.
—No hay diosa en el Olimpo cuyos rizos puedan compararse a los tuyos— alardeó un día mientras se bañaban juntos en el río.
Enfurecida al oírlo, la dorada Afrodita convirtió en oro macizo la melena y la muchacha fue arrastrada a lo más profundo del lecho.
Desde entonces su amado cierne las aguas en su busca y, en su afán, no atrapa más que rayos de sol, que escapan a través de la malla.

Elisa de Armas
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2.324 – 1

mei moran  El azúcar era la sal. Al gato le decía araña y atendía los requerimientos del abuelo sólo cuando le llamaba nube. Con él hablaba ese idioma y así se entendían. En una helada, el anciano tropezó y falleció sin que estuviera previsto. Óscar lloró a boca abierta la gran pérdida y no había consuelo. Pasó como una pelota de unas manos a otras y acabaron llevándolo a un orfanato. Allí le quisieron enseñar. Los números, las letras y las palabras. Como nadie compartía su lengua se parapetó en un silencio inaccesible. Si respondía era con gestos. En sus paseos al campo se dirigía a los gorriones y comunicaba a su manera con las martas.
Al centro llegó una niña pelona y desdentada. La sentaron a su lado en la clase. Le regaló plumas, hojas del otoño y le prestó su colección de caracolas de mar. Óscar las acercaba a su oído y pasaba horas escuchando el sonido de las olas. El día que ella le preguntó su nombre él puso su dedo índice encima de un cumulonimbo. La nena sonrió y después de unos segundos contestó que a ella, aunque pareciera una estrella, podía llamarla luna.

Mei Morán
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2.323 – La verdad sobre el canario

marco_denevi  En estado salvaje era verde y no cantaba. Domesticado, preso en una jaula, se ha vuelto amarillo y gorjea como una soprano.
Que alguien atribuya esos cambios a la melancolía del encierro y a la nostalgia de la libertad. ¡Mentira!
Yo sé que el muy cobarde antes era verde y mudo para que no lo descubrieran entre el follaje, y ahora es amarillo para confundirse con las paredes y los barrotes de oro de la jaula. Y canta porque así se conquista la simpatía cómplice del patrón.
Lo sé yo, el Gato.

Marco Denevi
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005

2.322 – Dulce Amanda

manuel Moyano2  Nos confinaron a todos en una mazmorra oscura durante meses. Lo único que nos daban era agua. Para sobrevivir, nos vimos obligados a devoramos los unos a los otros. A1 final, tan sólo quedé yo. En un inesperado gesto de clemencia, me permitieron abandonar la cárcel y regresar a mi vida normal, pero no conseguí habituarme al sabor de las comidas que cocinaba mi dulce Amanda… Sé que eso no atenuará ante los jueces la abominación de mi crimen.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

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2.320 – La caza

alonsoibarrola  El dueño del coto de caza, próximo a la capital, y cuatro amigos, empuñando sendas escopetas, iniciaron la caminata en busca de conejos. Observaron por los cerros colindantes a varias personas y se dirigieron a ellos, pues supusieron que estaban cazando en lugar vedado. En su mayoría eran chiquillos, que echaron a correr en medio de risas y bromas. Uno de ellos, antes de desaparecer tras un montículo, gritó: «¡Hijos de p…!». El dueño del coto, lleno de furor, empuñando la escopeta, disparó contra el chiquillo que corría veloz. Le acertó en plena cabeza. Más tarde, ante la Guardia Civil, explicaba cómo casualmente se le disparó la escopeta cargada al tropezar con una piedra, confirmando el hecho en todos sus detalles sus tres amigos, y hasta el guarda de la finca, que no se atrevió a negarse a declarar ante la sugerencia de su amo, aunque cuando ocurrió el hecho no se encontrara allí. Lo triste del caso es que el chiquillo muerto era su hijo.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

2.319 – Sabor amarillo verdoso

javier_ximens  Descubierta la causa del anieblado paisaje cántabro que durante los últimos días ha ocultado buena parte del territorio, el gobierno autonómico está estudiando qué medidas tomar para recuperar el color verde. Es conocida la existencia de culturas que no permiten que se les fotografíe, aducen que pierden el alma. Como consecuencia de la campaña «a qué sabe Cantabria» por todas las ferias internacionales, ha sido tal la afluencia de japoneses que además de marcharse con la tripa llena de los sabrosos guisos, han agotado las memorias de sus cámaras con fotografías de las montañas, los valles y las playas, hasta el extremo de llevarse el alma del paisaje. En el aeropuerto de Santander se les ha pedido que eliminen la mitad de las imágenes, han accedido con su gran sonrisa amarilla pues saben que el sabor cántabro nunca se les podrá borrar de la memoria.
La sorpresa ha sido que levantada la niebla todo está en su sitio y color, salvo los pastos. Se sospecha que como fruto del efecto llamada de la calidad de la leche y los quesos, y aprovechando que nadie las veía, las vacas de los territorios adyacentes han entrado y pastado a sus anchas.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2015/01/sabor-amarillo-verdoso.html

2.318 – El niño que se comía las palabras

Manu Espada (1)  A algunas personas les trasplantan los pulmones. A otras les realizan un trasplante de corazón o de córnea, pero siempre tiene que morir alguien. Mi caso fue distinto. Cuando era pequeño no podía hablar, al menos no como el resto de los niños. Cada sílaba requería el mayor de mis esfuerzos. Sin embargo, mi padre se ganaba la vida con las palabras. Paradójico. Aún recuerdo el domingo que llegó con una máquina de escribir antigua. Yo entré en su despacho mientras él ponía la vieja Olivetti sobre la mesa. Colocó un folio de papel cebolla en el rodillo, me cogió el dedo índice y escribimos mi nombre. Mi padre lo recortó con unas tijeras, lo hizo una bolita y me dijo: «Rica». En cuanto el papel rodó por la garganta dije mi nombre en voz alta. Desde ese día, mi padre no pudo volver a pronunciarlo. Luego vinieron muchas palabras más. Mi padre me cogía el dedo, me susurraba cosas al oído, las tecleábamos y luego me metía las palabras en la boca. Él nunca más volvía a usarlas. Primero se quedó sin sustantivos, luego sin verbos, más tarde me pasó los adjetivos, los artículos, las preposiciones, hasta que me trasplantó todas las palabras del mundo. Hasta que se quedó mudo.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto. 2015

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