2.397 – La esquina de la memoria

araceli esteves3  Gabriel fue perdiendo la memoria. Sólo conseguía recordar las cosas, desde las más triviales a las que demandaban recorridos profundos hasta el fondo oscuro de su memoria, en la esquina entre la calle Hostal Santanyí y el Paseo de Vizcaya. Más de una noche, a las horas más imposibles, había tenido que cruzar la ciudad para recuperar una fecha perdida o recordar el nombre de una antigua novia. Incluso había pensado en buscar un piso por la zona, pero los altos precios del casco antiguo lo obligaron a desestimar la que sin duda hubiera sido la mejor opción.
Ahora anda perdido. Desde que se inició la reforma del centro histórico y  demolieron varias manzanas de casas, Gabriel camina sin rumbo, desorientado, cada vez más alejado de sí mismo. Busca inútilmente el único lugar en el que su memoria tenía cobertura.

Araceli Esteves

2.396 – Sótanos

Rogelio Guedea  En algún momento de nuestras vidas todos bajamos al sótano a buscar algo que abandonamos ahí hace mucho tiempo. No sabemos cuánto tiempo, y ya no importa, que para eso sirven los sótanos. Los vamos llenando (a los sótanos) de objetos que dejan de pertenecemos, que dejan de servir. Objetos que, si uno lo observa bien, fueron amados alguna vez, buscados a veces con ansias, traídos a casa tal como llega la felicidad con el domingo. Pero luego esos objetos (una mesita de noche, una bolsa de ropa, una lámpara, un collar) son reemplazados por otros objetos que a su vez serán reemplazados (mañana, pasado mañana) por otros objetos más, que serán tan amados y tan olvidados como los primeros. Pero en algún momento de nuestras vidas, así como se vuelven a recordar calles o países, bajamos al sótano a buscar algo que abandonamos ahí hace mucho tiempo. Y andamos levantando cajas amontonadas, bolsas negras, sillas o mesitas de noche, lámparas, colchones agujereados, siempre a la busca de algo que nos supone la felicidad, o que es la felicidad, pero que cada vez está más lejos (una caja y otra caja más) de nuestras manos y, llegada la noche, también, de nuestras vidas.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010

2.394 – Magia al ralentí

Elisa_de_Armas  Cuando lo conocí era apuesto como un príncipe, pero en seguida empezó a redondeársele el vientre. Más tarde, mientras encogía poco a poco, los ojos se volvieron saltones, el cuello fue desapareciendo y un buche enorme creció bajo su mandíbula. De un tiempo a esta parte se le ha cubierto la piel de verrugas. Lo peor es la sospecha de que soy yo quien tiene la culpa, por no haber dejado de besarlo en los últimos treinta y cinco años.

Elisa de Armas

2.393 – El cazador de leyendas urbanas

manuel espada  -En uno de los hielos de mi bourbon ha aparecido el cadáver criogenizado de Walt Disney. Haga el favor de venir a por él, si es tan amable -me pidió horrorizado mi último cliente. Con el mono de trabajo y la mascarilla nadie me reconocía, pero no era dificil localizarme. Aparecía en,las páginas amarillas, por la letra «C». «Cazador de leyendas urbanas.» Las llamadas no siempre son fiables. En ocasiones se trata de falsas alarmas. Esta vez el cliente estaba en lo cierto. Allí estaba el viejo Walt desnudo, con el bigotillo y las manos pegadas a las paredes del cubito. Al llegar a casa lo metí en el congelador, junto al abominable hombre de las nieves y un par de caimanes albinos de las alcantarillas de Nueva York que nos servirían de cena esa noche a mi esposa y a mí. Conocí a mi mujer por la llamada de un conductor de Wyoming que se la encontró en una carretera comarcal. Desde que me casé con la chica de la curva mi vida es más tranquila. Nos fuimos a vivir a una islita desierta en medio del triángulo de las Bermudas. Al principio solo teníamos la compañía de varias de esas ratas con las que cocinan las hamburguesas en el McDonald’s, pero hemos adoptado otra mascota, el perrito de aquella niña que iba a dar una sorpresa a Ricky Martin en televisión. Como solo se alimenta con foie gras, nocilla y mermelada, se ha puesto orondo. Quizá por eso lo hemos llamado como a mi hermano gemelo: Elvis. Él vive en la isla de al lado con uno de los extraterrestres que se estrellaron en Roswell en 1947, pero no nos hablamos. Así somos los Presley. Cosas de familia.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015

2.392 – Contrafuertes

Rogelio Guedea  Debido a las pesadillas, decidimos que mi hijo viniera a dormir conmigo, mientras pasa la temporada de desvelos de mi pequeña hija, quien duerme con su madre en la habitación contigua. Desde ese día, cuando en las noches mi hijo se levanta con el espasmo del mal sueño, le invento cualquier historia y le digo lo que ya todos saben, que estando conmigo (su padre) nunca le pasará nada. Parece que eso lo tranquiliza y al rato, en efecto, vuelve a cerrar sus ojos apaciblemente. A la mañana siguiente, durante el desayuno, mi hijo le cuenta a mi mujer lo sucedido. Yo lo escucho decir lo que ya todos saben: que conmigo no siente miedo. Que, conmigo, se siente protegido. Obviamente, lo que nadie sospecha es que a mí me sucede lo mismo. Y que en las noches, cuando me aferro a su brazo y entre murmullos le advierto que nada pasa, que esos abismos no existen y que ya pronto vendrá la clara mañana, no es a él a quien hablo, sino a mí mismo.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010

2.391 – Bosques y árboles

federico fuertes guzman4  Filosófica, la mamá recomendó a su hijo:
-No llores porque las nubes te impidan ver el sol ya que las lágrimas te impedirán ver las estrellas. Paradójica, la madre insistió: -Está bien, al menos no llores porque ni siquiera podrás ver las nubes cuando se retiren. Determinante, la madre zanjó la conversación. -Llora al menos con un motivo -dijo a su hijo mientras daba por tres veces con su zapatilla en el infantil trasero.
Entonces, cantó el gallo.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. e.d.a. libros. 2008

2.390 – El fin del romanticismo

estatuapedestal  Ni subido a una escalera conseguiría besarte. Llevo días dándole vueltas al tema y no se me ocurre nada. Yo no puedo saltar tanto y la escalada nunca fue mi fuerte. He pensado en llamar a los bomberos para que me presten la escala, pero dudo que consideren lo mío una emergencia. También pensé en comprar cien globos e hincharlos de helio pero creo que eso sólo funcionaría si yo fuese un dibujo animado. Al final no voy a tener más remedio que bajarte del pedestal. Tanto romanticismo no es práctico.

Sara Barberá Sánchez
Relatos en Cadena 2009-2010 – Alfaguara. 2010

2.389 – La cita

Ruben Abella  El dormitorio era rojo y el aire espeso, vegetal, como de selva amazónica. Penélope dejó resbalar el quimono hasta el suelo y se tumbó de costado en la cama.
-¿No te desnudas? -preguntó en tono meloso, dando palmaditas en el colchón.
No era bellísima. Lo que sí tenía, le pareció a Damocles, era unos ojos de gata y una piel tostada que, unidos a su exuberante juventud, se bastaban y se sobraban para avivarle el deseo a cualquiera.
Damocles se quitó la chaqueta y, al ir a colgarla en la silla, se fijó en una fotografía enmarcada que había sobre la cómoda. Mostraba a Penélope riendo junto a otra mujer. Nada especial, salvo que la otra mujer era Noelia. Su hija Noelia. Cogió la fotografía y, alzando las cejas, se la enseñó a Penélope.
-Es mi amiga Sheyla. Trabaja en el club Tropical, en la carretera de La Coruña. ¿Te gusta?
-Mucho -dijo Damocles, apoyándose en la cómoda para no desplomarse, y pensó con desmayo que hay puertas en la vida que no se deben abrir jamás.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

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