3.122 – Caso cerrado

javier-alonso-garcia-pozuelo  Nunca supe quién mató a la chica del supermercado. Papá se quedó sin trabajo y tuvimos que vender hasta los libros. Unos meses después me enteré de que la novela estaba en una de las bibliotecas municipales de mi ciudad, pero, por consideración a mi padre, decidí no reabrir el caso hasta que él recuperase su trabajo.
Ahora, mientras la tierra se traga su ataúd, sólo puedo pensar en que ya nunca sabré quién mató a la chica del supermercado.

Javier Alonso García-Pozuelo

3.121 – Mitiline

 espejo-teca-lavada  –“¡Al fin solas!”
–“¡Al fin solas!”, dijo ella también a su simétrica manera. Y sin más preámbulo comenzó a desnudarse cálida y serenamente, disfrutando cada movimiento previo a aquel acercamiento en que, con inmenso placer, accedió a acariciar lenta, muy lentamente, su imagen en el espejo.

Miguel Ramírez Macías

3.120 – Un desencuentro

a_m_SHUA 11  Se conocieron en verano, cuando los dos eran viejos. Quizás por eso él pudo creer que su amor por ella era mejor o diferente. Ella sostenía la taza de té con tanta elegancia que parecía ingrávida en su mano, como si levitara y el creyó que la quería por eso, por cosas así.
Cuando la vio desnuda, frágil, arrugada, con la piel de los brazos colgando y el sexo casi calvo, no pudo desearla y eso acentuó su sensación de un amor ideal, desesperado. Pero ella era mujer y no se sentía diferente de su propio cuerpo ni creía en un amor que no fuera capaz de incluirlo.
Se separaron jurándose correspondencia y reencuentro, pero nunca se volvieron a ver. El murió primero y sus hijos encontraron un enorme y extraño paquete de cartas: ella le había enviado durante años sobres de colores que contenían solamente hojas en blanco.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

3.119 – Espiral

Enrique Anderson Imbert2   Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

Enrique Anderson Imbert

3.118 – Ofuscación

alonso ibarrola   He perdido mi empleo. Después de veinte años trabajando en la misma empresa me han despedido. Un despido fulminante. Y todo por un momento de ofuscación, sí, ofus-ca-ción, ésta es la palabra exacta, la palabra que pronuncié ante el director general. Pero fue inútil. Ella chilló, gritó como una histérica. Todo lo eché a perder en unos segundos, la estima de mis compañeros, la consideración de mis jefes. Veinte años de puntualidad y eficacia echados por la borda. ¿Han sido injustos conmigo? Algunos aseguran que sí, que debería ir a los tribunales, que la razón está de mi parte… Pero si voy a los tribunales, los periodistas podrán enterarse de todo y publicarlo. Y aunque pusieran —que no lo harían, estoy seguro— solamente mis iniciales, mi mujer y mis hijos terminarían por enterarse. Quizás, si el juicio se celebrara a puerta cerrada…
Pero seguro que se oiría todo desde fuera. Porque a ella, a la muchacha, le dirían que lo contara todo. Y lo contaría, y chillaría nuevamente. Porque chilló muchísimo. Esa muchacha tiene un grito agudo, penetrante, me consta. Logró que acudiera todo el personal. Ella estaba en el servicio, en los servicios de mujeres, y yo en el de hombres. ¿Qué me impulsó a subirme encima de la taza del inodoro y mirar por la cristalera, al otro lado? No sabría explicarlo jamás… Era la primera vez que lo hacía. Y ella chilló, chilló mientras trataba de bajarse la falda cuando descubrió mis narices aplastadas en el cristal. No sucedió nada más, doctor, se lo juro. ¿Cómo me ganaré la vida de ahora en adelante? No tengo valor para permanecer en una esquina, con el brazo extendido y la mano abierta, solicitando una limosna.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.117 – Centrifugado

carmela greciet2   A través de esa red global de comunicaciones que une todas las lavadoras del mundo por sus desagües, el auxiliar de justicia Ernesto Sánchez, que disfrutaba de baja maternal —repartida con su mujer a partes iguales—, entró en contacto con María do Calvairo, prostituta de un barrio de Sao Paulo. Se conocieron cuando Ernesto, una mañana, preparaba la colada de ropa de bebé blanca y María echaba a lavar en medio de la noche sus sábanas de seda falsa, rito éste que la apaciguaba una vez que el último cliente se marchaba.
Salvo alguna discusión con su mujer debido a que la ropa del bebé cada día tenía peor color —a fuerza de lavarla en programas cortos, para así tener la lavadora el menor tiempo posible ocupada—, el matrimonio de Ernesto no sufrió mayor descalabro, y ello a pesar de que su relación secreta con María do Calvairo fue muy apasionada: se avisaban con unos golpecitos de tam-tam en el tambor de lavado cuando ambos tenían vía libre, y las horas siguientes las pasaba Ernesto apostado en las fauces abiertas de la lavadora con la torpeza de un domador principiante, diciéndole a María ora melindres ora obscenidades… Pero un buen día al funcionario se le acabó la baja y aquel amor también hubo de acabarse. Desde entonces a Ernesto los lamentos húmedos del motor de la lavadora se le antojan ronroneos cálidos y no digamos ya si está centrifugando: entonces no puede evitar imaginarse a María do Calvairo llegando al orgasmo.

Carmela Greciet
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

3.116 – Tormento de un marido engañado

MarcoDenevi34   Palacio real de Tebas. Medianoche. Alcmena, desvelada, mira el cielo raso del dormitorio. Su marido, Anfitrión, anda lejos, guerreando con el enemigo de turno.
Lenta, silenciosa, la puerta se abre y aparece Anfitrión. Bien, no es Anfitrión, es Júpiter que ha tomado la figura de Anfitrión. En ayunas de la superchería, Alcmena se levanta, corre a abrazarlo.
—¡Has vuelto! Señal de que terminó la guerra.
—La guerra no terminó —dice él mientras se despoja del uniforme—. Me tomé unas horas de licencia para estar contigo. Pero al amanecer debo irme.
—¡Qué gentil eres! —gorjea Alcmena.
—Basta de conversación. Vayamos a la cama.
Júpiter es un dios, el más libertino de todos y el más sabio en cuestiones amatorias. Cuando a la madrugada se despide, Alcmena no lo saluda porque todavía boga, sonámbula, por el río de la voluptuosidad.
Se comprende que el verdadero Anfitrión, a su regreso, sufra: por más que se empeñe en complacer a Alcmena, ella tendrá el rostro siempre crispado en un rictus de nostalgia y de melancolía.
Cualquier otra mujer, en su lugar, se habría mostrado exigente y después desdeñosa, y recordando los esplendores de la noche jupiterina le habría gritado finalmente a Anfitrión: «Ya veo. Se te agotó pronto el vigor».
Pero Alcmena es una criatura delicada y honesta que hasta el fin de sus días atormentará a Anfitrión con aquel triste semblante de esposa defraudada.

Marco Denevi

3.115 – Quijotescas II

Juancito romagnoli   Cuando la Figura del Caballero cae tristemente derrotada por los implacables gigantes, su fiel (y condescendiente) escudero, propone:
—Señor, ¿queréis que los enfrente yo?
—Ni lo intentes, Sancho —responde aquél—. ¿Cómo podrías luchar contra tan bravos gigantes si, para ti, sólo son molinos de viento?

Juan Romagnoli
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

3.114 – Impuntualidad

garcia-aviles  Román les despertó como de costumbre, a las nueve. Después de tomar un baño y vestirse, bajaron al comedor. Los señores, que aún no sabían nada, vieron que no estaba puesto el desayuno. Esperaron unos minutos. Llamaron, registraron la casa y el jardín, pero no la encontraron. Entonces hicieron mil siniestras suposiciones. Cuando fue a calentarse el café, la señora de la casa descubrió sobre la mesa de la cocina un papel con letra clara y redonda: «Estoy colgada en la despensa. Suya, Rosa»

José Alberto García Avilés
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005

3.113 – La ruta natural

cristina-grande   Tengo treinta y ocho años. Quince arriba, quince abajo, mis dos amantes se llevan treinta años. Yo soy un puente entre ellos. O una pasarela peatonal. Tienen cosas en común. Son casi una misma persona en dos momentos de su vida. Entre ellos no tengo edad. Se aprecian. Aunque no quieren saber más que lo justo el uno del otro. Como si tuvieran un acuerdo tácito de mutuo respeto. Si alguna vez coincidimos los tres con más gente, nos ignoramos amablemente. Casi evitamos mirarnos. Delatarnos. Somos un triángulo misterioso en la sombra. Un triángulo equilátero, o isósceles, tres momentos de una sola vida. No podría elegir entre ellos.
El mayor me ha insinuado que quiere casarse conmigo. Pelo entre rubio y cano. Pero le he dado largas. No pienso casarme. Y no ha insistido. Qué pena. El pequeño se disgustaría si me casara. El pequeño ama a su novia pero se aburre con ella. Dice que si sigue con su novia es porque me tiene a mí. Me alegra su desfachatez, la naturalidad con la que miente. Me gustan las venas abultadas de la parte interior de sus antebrazos. Frente despejada. Qué suerte tengo, me digo cuando le veo abrazar a su novia con esos brazos fibrosos tostados solo por arriba como las barras de pan.
Al mayor lo veo más a menudo. Me ha llevado varias veces de excursión por la sierra de Guara. Conoce la montaña. Me conoce bien. Nos reímos de todo el mundo. Hacemos fotos. Buscamos setas o mariposas raras, según la época del año. Inventamos palíndromos. Una vez follamos sobre el musgo y él dijo «Ah cipote meto picha», que es un palíndromo que le copió a un amigo suyo. Nos habíamos bebido una botella de Margaux a morro. Yo pillé pulgas ese día. Luego él se reía de mis picaduras en el culo. Su trabajo le tiene muy ocupado. Tiene escolta. Me llama una o dos veces por semana. Es un roble con magníficas piernas de coloso.
El pequeño también es guapo. Siempre que le llamo viene. No sé qué excusas le dará a su novia. Nunca nos desnudamos del todo. Conocemos nuestros complejos. Nos parecemos. Nos reímos de cualquier cosa. De nosotros mismos. Qué guapos somos, decimos por decir algo. Nuestros ojos se miran. Se reconocen constantemente como los ojos de los depredadores. No es solo amor. Es impudicia. Algo incestuoso. Imprescindible.
Sobre la pasarela. Ni pasado ni futuro. Ida y vuelta. Por delante y por detrás. Soy el eje de su simetría. Y espero que todo siga igual para siempre. «La ruta nos aportó otro paso natural», le contesté al mayor sobre el musgo cuando sacó el cipote de mi culo. Es un increíble palíndromo que le copié a un amigo que nunca querría ser mi amante.

Cristina Grande
Mar de pirañas- Ed.Menoscuarto – 2012