3.132 – Grandes almacenes

Carmela Greciet   Mi madre me llevó a las rebajas y, después de unas horas siguiéndola, la perdí de vista en la sección Calzados. Pensé en ir al punto de Atención al Cliente, como tantas otras veces, Se ha perdido un niño…, por favor, pasen a recogerlo, pero me contuvo una nueva y liberadora sensación. Que me reclame ella —resonaba en mi cabeza, mientras deambulaba tocándolo todo por Electrónica, Música y Juguetes. A última hora, agotado, me senté en un sofá de la sección de Muebles y con el runrún de fondo de los anuncios de ofertas, me quedé dormido, que me reclame ella…
Aquí sigo. Los dependientes, que son muchos, me alimentan, y por las noches juego a la Play con los guardias jurados. Gano siempre.

Carmela Greciet
Mar de pirañas- Ed.Menoscuarto – 2012

3.131 – Sangre de la canilla

ana maria shua 3_b   De la canilla brota un chorro de sangre que no cesa. La visión me tranquiliza: se trata de una pesadilla clásica que no han desechado como tópico ni la literatura ni el cine. Pasados los primeros meses, sin embargo, comienzo a inquietarme. A los dos años emprendo su comercialización a través de una fábrica de embutidos y también como proveedora de clínicas y hospitales. La progresiva anemia de la población favorece mis negocios. A los diez años mis influencias políticas me permiten resistir una investigación ordenada por el consorcio del edificio. Cuarenta años después, rica, anciana y poderosa, accedo al despertar que me devolverá a la pobreza y al agua, pero también a la juventud.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

3.130 – Un marido

alonso-ibarrola2-300x200  Soy enemigo de la injusticia. Me lo repito todos los días ante el espejo, en el cuarto de baño. Mi protesta ante una situación injusta no tiene límites… Perdón, los tiene. Lo admito noblemente, no soy capaz de arrodillarme en medio de la calle, rociarme con gasolina y prenderme fuego. Soy tímido, vergonzoso y mis alaridos de terror provocarían ciertamente la atención de todos. No me gusta llamar la atención. Hay otras maneras y otras formas. “Clic”, la radio no deja de hablar. Resulta más difícil hacer lo mismo con el televisor. Mi familia protesta. Y entonces ¿qué puede hacer uno? Un amigo mío no soporta que nadie le contradiga. Su negativa la respalda con violentos puñetazos en la mesa, estrella botellas, vasos y platos contra la pared. ¿Sería yo capaz de hacer lo mismo?, me dije un día. ¿Por qué no? Y estrellé una jarra contra la pared. Estábamos todos sentados, ocupando un tresillo y el locutor decía estupideces. Hecha añicos, los cristales se esparcieron por la habitación. “¡Recoge!”, dijo ella, con voz seca y autoritaria. No tuvo la más mínima consideración hacia mi persona, hacia mi dignidad de padre. Delante de nuestros hijos tuve que recoger, uno por uno, todos los trozos de la jarra, arrodillado… Al estirar el brazo para recoger un trozo de cristal alejado, mi hija protestó: “Papá, agacha la cabeza que no me dejas ver…”.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.127 – Carta de amor

karl_marx  La ausencia momentánea hace bien, pues vistas de cerca, las cosas  parecen demasiado iguales para que podamos distinguirlas. Hasta las torres, vistas de cerca, parecen enanas, mientras que lo pequeño y lo cotidiano,  cuando lo tenemos delante, crece en demasía. Lo mismo ocurre con las pasiones. Los pequeños hábitos, en la cercanía, cuando los sentimos encima, toman forma pasional, y desaparecen tan pronto como su objeto escapa a nuestra vista. Y las grandes pasiones, a las que la cercanía del objeto convierte en pequeños hábitos, se  agigantan y cobran de nuevo su forma natural por el efecto mágico de la  lejanía. Eso es lo que sucede con mi amor. Basta que te alejes de mí simplemente cuando te sueño, y en seguida me doy cuenta de que el tiempo sólo le ha servido para lo que el sol y la lluvia sirven a las plantas; para crecer.  Mi amor por ti, en cuanto te alejas de mi lado, se revela como lo que es, como un gigante en el que se concentra toda la energía de mi espíritu y todas las  fuerzas de mi corazón. Vuelvo a sentirme hombre, porque siento una gran pasión, y la variedad en que nos embrollan el estudio y la cultura moderna, y el  escepticismo con el que inevitablemente enfrentamos todas las impresiones subjetivas y objetivas, tienden a hacernos a todos pequeños y débiles, y  quisquillosos e indecisos. Pero el amor, no por el hombre Feuerbachiano, ni por el metabolismo de Moleschott, ni por el proletariado, sino el amor por  la amada, el amor por ti, vuelve a hacer hombre al hombre.

Carlos Marx
Fragmento de  una Carta a su mujer, Jenny von Westphale, en 1856
Versión integra:   http://www.elhistoriador.com.ar/documentos/miscelaneas/carta_de_carlos_marx_a_jenny_von_westphalen.php

3.126 – En el circo

carpa_circo  Y ahora, señores y señoras, les presentaremos, en gran estreno mundial, sin jaula, con su pecho multicolor y toda su crin al viento, a: la felicidad. (Tambor y música). Aparece. Era verdad, era la felicidad. ¡Y de qué tamaño! Como no estaba domada aún, se lanza sobre el público rugiendo y devora a casi todos los espectadores.

A. Norge
El cuento. Revista de imaginación.. No. 57, Febrero-Marzo- 1973

3.125 – Nuestro

leon_de_aranoa  Juntos fundamos un país al norte, al que llamamos Nuestro. En él fuimos los reyes y los súbditos, abolimos la noche y el miedo, decretamos la risa y el juego. Declaramos prohibidos los lunes y las estatuas ecuestres, derogamos los paraguas, se rindió culto al postre. Pusimos a nuestro nombre las nubes, las tormentas de verano y el roce perfecto de las sábanas limpias.
Nadie podía madrugar en Nuestro. La población permanecía en la cama hasta bien entrado el día.
Entonces llegaron los otros. Aparecieron de noche, sin aviso ni delicadeza. Se quedaron con nuestro país, y lo llamaron Suyo.
Soy, desde entonces, un pueblo errante.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

3.124 – Experimentos de choque

millas23   Llevo varios días siguiendo una noticia sobrecogedora, según la cual el Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Heidelberg ha venido utilizando cadáveres de adultos y niños para simular accidentes de circulación y mejorar así el diseño de las sillas infantiles y de los cinturones de seguridad. Cogían un muerto, lo metían en un Opel, un Ford, un Volkswagen o un Mercedes, según su status social, supongo, y hacían que el coche se estrellara contra una tapia. Luego sacaban el cadáver y le contaban el número de costillas rotas.
Los responsables del Instituto, que se han apresurado a confirmar la veracidad de esta información, han señalado también que gracias a estos experimentos se han salvado muchas vidas. Por lo visto, un catedrático de Teología y Ética de la Universidad de Tubinga, un tal Dietmar Mieth —doy su nombre para que nunca se confiesen con él—, ha defendido esta práctica porque va en beneficio de la seguridad de millones de conductores. Y, en Washington, un tal George Parker —digo cómo se llama para que a nadie de ustedes se le ocurra ir a morir en sus brazos—, afirmó que se necesitaban este tipo de experimentos para saber con exactitud qué partes del cuerpo se dañan, y en qué modo, cuando estrellas un coche contra un muro de la vergüenza a cien por hora.
Yo ya aviso que prefiero morir por llevar un cinturón imperfecto a salvarme a costa de maltratar a un cadáver, incluso aunque se trate de un cadáver completamente muerto. Con los difuntos no se juega. Que usen maniquíes; ya sé que los muñecos no resultan tan excitantes como un cuerpo de verdad, aunque sean capaces de hacer pis y de llorar, como los de la señorita Pepis, pero también tienen su corazoncito. Por ejemplo, dicen los expertos en accidentes que el muñeco más avanzado para esta clase de experimentos de choque, el Hybrid III, pese a su perfección, no se comporta aún como un muñeco humano. No me extraña, hay que tener mucho estómago para querer ser como nosotros.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.123 – Conga

Ruben Abella  Es sábado de Carnaval.
Delfín y Eloísa se disfrazan de Mazinger Z y Afrodita A y van a divertirse a Las Vistillas.
Bailan. Ríen. Beben. Cantan.
Arrastrados por el bullicio, se unen a congas distintas y se pierden el rastro. Siguen la fiesta cada uno por su lado, hasta que, pasada la medianoche, vuelven a encontrarse en el Tinto Bar.
—Vamos a casa, diosa mía —dice Delfín, con la voz hecha deseo.
Por el camino se abrazan, se acarician, se besan. Están tan ansiosos, que al llegar caen enredados en la cama y hacen el amor sin quitarse los disfraces.
Por la mañana a Delfín lo despierta el ruido de las llaves hurgando en la cerradura. En la mitad vacía del lecho hay una nota con un número de teléfono y un mensaje: «Llámame cuando quieras. Por cierto, me llamo Bárbara».

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

ojos_peces