3.082 – Cuando cerraron el Salón Parisiana

oscar_esquivias  Cuando cerraron el Salón Parisiana, se hizo almoneda de todos sus enseres. Salieron a bajo precio los telones, las lámparas, los apliques, las mesitas, los vestidos de las cupletistas, la vajilla, la preciosa cafetera de cobre… Hasta se arrancaron los zócalos de mármol y se vendieron por metros. Aquel coronel retirado, que había pasado muchas horas muertas en el local tiznando su alma y sentía una gran pena por su clausura, se hizo con un espejo de vestir y se lo regaló a su señora, sin indicarle la procedencia. Ella, muy feliz por aquel arranque tan inusual de su marido, lo colocó en la alcoba. A partir de entonces, empezó a rechazar su antiguo vestuario: todas las faldas le parecían demasiado severas y feas y ningún escote hacía justicia a su hermoso pecho. Le tomó gusto a vestirse de colores, a cargarse de joyas, a buscar los sombreritos más atrevidos. Pronto circuló la especie de que la coronela tenía un lío con un mozo de cuadra (decían unas lenguas) o con un rejoneador (aseguraban otras). Lo cierto es que fueron decenas los jóvenes que se desbravaron entre sus muslos. Ella era ahora alegre, cantarina y muy, muy cariñosa.
Todo acabó cuando el coronel quebró la luna e hizo astillas el marco de aquel espejo ante el que tantas veces se desnudaron las alegres chicas del Salón Parisiana.

Óscar Esquivias
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.081 – Vidas perpendiculares (La horizontal)

Manu Espada (1)  —Señor Ashe, usted es fantástico, encajará bien lo que tengo que decirle —sentenció el escritor—. Le quedan veinticinco líneas de vida —añadió con un tono de rabia contenida. Sorprendido, el personaje preguntó qué le ocurría, qué extraña dolencia padecía para que su existencia estuviera a punto de extinguirse de esa manera tan expeditiva y fulminante. A continuación, Herbert Ashe miró el retrato que el cuentista tenía sobre la mesa de su escritorio. María Kodama, a la que acababa de dejar desnuda en el motel con un beso de buenas tardes y un «luego te veo, cariño», posaba en la instantánea abrazando al escritor con el gesto afectivo y cálido de una esposa. El sonido de un cajón hizo que Herbert alzara la vista y fijara la mirada en los ojos coléricos de Jorge Luis Borges. Al ver la punta del bolígrafo apuntando al folio, el personaje supo que su tiempo se había acabado.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015

3.080 – A la fuerza

alonso-ibarrola2-300x200  Nunca falta en un manicomio el habitual enfermo mental que afirma que su familia lo ha encerrado a la fuerza, para quedarse con su fortuna. Por desgracia, muchos de los que esto afirman no tienen ni familia ni fortuna.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.078 – Vidas perpendiculares (La vertical)

Manu Espada (1)  —Señor Pasternak, usted es realista, encajará bien lo que tengo que decirle —sentenció el médico—. Le quedan veinticinco segundos de vida —añadió con un tono de rabia contenida. Sorprendido, el paciente preguntó qué le ocurría, qué extraña dolencia padecía para que su existencia estuviera a punto de extinguirse de esa manera tan expeditiva y fulminante. A continuación, Boris Pasternak miró la foto que el matasanos tenía sobre la mesa de su consulta. Larisa Antípova, a la que acababa de dejar desnuda en el motel con un beso de buenas tardes y un «luego te veo, cariño», posaba en la instantánea abrazando al doctor con el gesto apasionado y entusiasta de una amante. El sonido de un cajón hizo que Pasternak alzara la vista y fijara la mirada en los ojos coléricos del doctor Zhivago. Al ver el cañón del revólver apuntándole al pecho, el escritor supo que su tiempo se había acabado.

Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015

3.077 – Sucesos

Ruben Abella  Mario giró el volante y enfiló la calle Arenal a ciegas, súbitamente deslumbrado por el sol de cara. Iba a poner el quitasol cuando sintió un golpe en el parachoques y, acto seguido, una violenta sacudida que lo obligó a frenar en seco para no salirse de la calzada. Al bajar del coche vio un mastín muerto en el asfalto y, arrodillada junto a él, a una mujer deshecha en lágrimas.
—Lo siento. Lo siento mucho —dijo, acercándose a ella.
Llamaron a la policía, que a su vez llamó al depósito canino municipal para que se hiciera cargo del cadáver. La mujer seguía llorando. Mario, vencido por la culpa, trató de calmarla.
—¿Le apetece tomar algo? —propuso, ante el fracaso de las palabras.
—Bueno, pero mejor vamos a mi casa. Vivo aquí mismo —gimió ella, secándose los ojos con un pañuelo, y señaló un portal cercano.
Presionado por las circunstancias, Mario aceptó la invitación.
No paró de disculparse durante el corto trayecto, en el ascensor, mientras ella lo invitaba a sentarse en el sofá del salón, entre sorbo y sorbo del primer ron con hielo.
Tras la segunda copa se acabaron las lágrimas. Aliviado, Mario dio las gracias y dijo que tenía que irse, pero la mujer no le dejó: se desabrochó un botón de la blusa y, lanzándole una sonrisa en llamas, propuso otra ronda.
—La del estribo —dijo, con las pupilas brillantes. A Mario la culpa se le disolvió en deseo, y accedió. A mitad del tercer ron, empezó a sentirse indispuesto.

Rubén Abella

3.076 – Inestabilidad

jj millas2  Nos encontrábamos ya cerca de mi casa, cuando el taxista fue avisado por un colega de que había en nuestro camino un control de alcoholemia. Como resultara imposible dar la vuelta o escapar por una calle lateral, el conductor me confesó que llevaba dos copas, pues había comido con unos amigos de la infancia a los que hacía años que no veía. «¿Y qué quiere que le haga?», pregunté. «Que se ponga al volante —respondió—, como si usted fuera el taxista y yo el pasajero.» Me pareció una propuesta absurda a la que respondí con una sonrisa de desconcierto. Mientras sonreía, vi en sus ojos, a través del espejo retrovisor, un movimiento de pánico que produjo también en mí alguna inquietud. En cuestión de segundos me puso al corriente de su situación, responsabilizándome del drama familiar que se le vendría encima si le retiraban la licencia. Aunque intenté defenderme, lo cierto es que al cabo de un momento, dada mi debilidad de carácter, estaba al volante del taxi, con el conductor detrás.
Alcanzado el control, un guardia hizo señas de que nos echáramos a un lado. Luego se acercó, me informó acerca de sus propósitos y me pidió que soplara, lo que hice con miedo, pues aunque no había bebido creo que el organismo puede, en situaciones de estrés, producir todas las sustancias existentes. Por fortuna, estaba limpio y me dejaron seguir. Como no era cuestión de detenerse a unos metros del control para realizar el cambio, y dado que mi domicilio se encontraba muy cerca, continué conduciendo hasta el portal, donde el taxista, tras mirar el contador, sacó un billete, me lo dio, abrió la puerta, salió del coche y se metió en mi casa, todo con una rapidez tal que no fui capaz de reaccionar. Además, apareció enseguida otro cliente que me pidió que lo llevara a toda mecha al aeropuerto. Qué inestable es la realidad, pensé arrancando.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.075 – Guarda siempre…

Mario Perez Antolin  Guarda siempre tus auténticas intenciones a buen recaudo y lejos del escrutinio general. Lanza un señuelo que exceda con mucho tus propósitos. Rebájalo después, en un acto simulado de generosidad, y aquello que antes de mala gana era admitido por los antagonistas, ahora se te agradecerá como un regalo. Siguiendo este truco, muchos reyes que querían deshacerse de los conspiradores dictaban su ejecución para conmutarla con posterioridad por la pena de destierro, y de esta manera eran considerados magnánimos en vez de crueles.

Mario Pérez Antolín

3.074 – Peligroso

alonso-Ibarrola2  Llegó a la penitenciaría con fama de peligroso. Se decía de él que era un maníaco sexual, sádico, cruel y sanguinario y sobre todo un experto en fugas. Por su aspecto no lo parecía… En esto convenían tanto el director como los funcionarios y reclusos del Centro. Los años vinieron a demostrar, ciertamente, que era un pobre hombre. Tímido, débil, huidizo, nunca se enfrentó a nadie, soportó toda clase de humillaciones y vejaciones y jamás intentó fugarse. Especialmente esto último produjo desencanto en todos y hasta el mismo director se sintió defraudado. Un día que jugaba un partido de fútbol en el patio central, con otros reclusos, cayó el balón fuera del recinto de la prisión. El director, en tono burlón, le ordenó que fuera a buscarlo y le abrieron las puertas. Volvió poco después con el balón. Horas más tarde descubrirían que el balón no era el mismo, que había traído otro, perteneciente a un niño rubio, que había sido localizado entre unos arbustos, cruelmente ultrajado y posteriormente asesinado. Todos, a partir de aquel día y hasta el momento de su ejecución, comenzaron a mirarle con más respeto.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/