2.908 – Ser estatua

rafael perez estrada  Amó con pasión desmedida a una estatua. Fue un juego de caricias y deseos. Para hacerse igual a ella, permanecía silencioso y quieto, esperando de este modo entenderse mejor con aquella figura apasionante. Si al menos -pensaba- las palomas retuvieran el vuelo sobre mi cabeza, o la yedra se enredara a mis pies, o un loco estudiante dibujara grafitos demagógicos en mi espalda, o un niño brutal me destrozase de un pelotazo la nariz, sabría que estoy en el buen camino de ser estatua, de ser correspondido.

Rafael Pérez Estrada
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015

2.907 – Servidumbre

Ruben Abella  A Rafael le gusta leer libros de historia en la cama, en la quietud de las horas huérfanas.
Esta noche ha empezado uno sobre el feudalismo. Le interesa de forma especial la injusta situación de los siervos, poseedores de nada, siempre subyugados a la voluntad de un señor al que no han elegido, obligados a pagar buena parte de su renta a los dueños del mundo.
-Pobre gente -musita.
Deja el libro en la mesilla y apaga la lámpara. Tendido boca arriba, apoya la vista en el techo y piensa en su jefe despótico, en la hipoteca, en los plazos de los electrodomésticos, en Hacienda, en su precariedad acuciante y sin salida.
-Pobre de mí -murmura.
-¿Qué? -dice Fedra.
-Nada, sigue durmiendo.
Y se gira sobre el costado. Y cierra los ojos. Y reza para que no tarde el sueño.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

2.906 – Hacer manitas

jj millas3  En la mesa de al lado dos estudiantes (chico y chica) mantenían una discusión gramatical. Él se quejaba de que la palabra objeto no tuviera femenino y ella de que el término cosa careciera de masculino.
-Para mí -decía el chico-, una cajetilla de tabaco no es un objeto, sino una objeta.
-Pues para mí -aseguraba la chica- el pene no es una cosa, sino un coso.
-Si te empeñas en llamar coso al pene -replicaba el joven-, comenzaré a llamar objeta a la vagina.
-Pues te equivocarás: la vagina no es una objeta, ni siquiera una cosa, a ver si distingues.
La llegada del camarero con sus refrescos y mi gin-tonic de media tarde los hizo callar. Cuando se quedaron solos de nuevo ninguno fue capaz de retomar la conversación. Yo di un primer sorbo a mi copa fingiendo permanecer ensimismado en mis asuntos (quizá en mis asuntas), pero atento a la posibilidad de que reanudaran aquella interesante conversación lingüística. Tras un rato de silencio ominoso (qué rayos significará ominoso), la chica dijo:
-¿En qué piensas?
-En nada -respondió el chico.
-Estoy segura -replicó ella- de que la primera persona que habló fue para mentir, como tú ahora.
-¿Y qué mentira dijo?
-«Yo no he sido.» Vamos, es que no me cabe la menor duda de que el lenguaje se inauguró con esa frase o una parecida: «Yo no he sido.»
-A lo mejor -añadió el chico-, la primera persona que pronunció una frase entera fue para decir «te quiero».
-¿Me estás diciendo que me quieres?
-He dicho que a lo mejor fue la primera frase de la humanidad.
-Pero ¿me quieres o no me quieres?
El chico miró a su alrededor, por si hubiera alguien escuchando, y dijo en voz baja que sí, que la quería, pero que no volviera a llamar coso a su pene. Ni tú objeta a mi vagina, concluyó la chica. Y se pusieron a hacer manitas.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.905 – Otur: el país de los inexistentes

 Cecilia Eudave  Es inexistente para aquellos que quieren habitar donde se habita. Pero, para aquellos que saben que no están donde deberían es una realidad. Otur, país de los inexistentes, es una burbuja de cristal en el cerebro de los escapistas y de los suicidas.

Cecilia Eudave
Para viajeros improbables, Arlequín, 2011
http://ceciliaeudave.blogspot.com.es/

2.903 – La lección

Erendira Herrera  Lo persiguieron por el vecindario. Ismael no podía correr con los tacones y la falda ajustada. Gritaba desesperado, sus lágrimas mezcladas con el maquillaje, hacían de su rostro una grotesca máscara. En la carrera, extravió una peluca. Lo alcanzaron en la puerta de su vivienda, en donde pensaba refugiarse, lo empujaron dentro y le propinaron una tremenda golpiza, hasta que su líder, Raúl, pidió a todos que se detuvieran:
—¡Ya muchachos!, ¡creo que con eso tiene este pinche puto!, déjenme a solas con él, le daré una lección extra —el grupo salió, no sin antes injuriar y escupir encima de Ismael, quien yacía boca abajo, llorando lastimosamente. Cuando cerraron la puerta, Raúl se inclinó sobre él, le arrancó lo que restaba de las pantimedias y una tanga; se abrió los pantalones y lo penetró salvajemente, mientras lo sujetaba fuertemente por los cabellos y le susurraba al oído:
—Esto es por tus desprecios ¡cabrón!, ¡ahora sí que te acordarás de mí!

Eréndira Herrera

2.902 – Cabalgar no cuesta nada

Carolina Castro Padilla  Tu caballo blanco te espera como siempre, todo nervio y brío, en el mismo sitio. Llegas a él, lo acaricias. Su piel lustrosa te devuelve calideces que tus palmas retoman para tejer sueños. Lo montas a pelo, y abrazada a su cuello te dejas llevar a galope tendido por los campos verdiazules que desaparecen de tu vista claveteados a la tierra por cuatro golpes secos repetidos hasta el infinito, ése que frente a ti no alcanzas.
“¡Facunda!” Un grito que te llama, que te atrapa a mitad de tu carrera. Regresas con un “¡Ya voy!”, que se ahoga en tu esperanza.
Miras tu corcel blanco que reposa en la palma de tu mano, terminas de sacudirlo, y con cuidado lo colocas en su sitio: sobre el juguetero que sólo sabe de porcelanas.

Carolina Castro Padilla

2.901 – Compañero de cuarto

Queta Navagomez  Venía todas las noches a las once, entraba fatigado y transparente seguido de gemidos y cadenas, para colocarse en una esquina de mi cuarto mientras miraba fijo hacia mi cama. Su insistencia me conmovió: venciendo mi temor, me acerqué, lo tomé del brazo y con gesto diligente lo acosté en mi cama, cobijándolo.
Durante el mes que durmió a sus anchas mejoró muchísimo, mientras yo, resignada, pasaba fríos en el sofá.
Desde que le hablé del pago compartido en la renta del departamento, no lo he vuelto a ver.

Queta Navagómez

2.900 – Cobardía

Laura Elisa Vizcaino Mosqueda  A pesar de haber muerto hace siete años mi abuelita apareció en una reunión familiar. Todos la recibimos con gusto y, como un acuerdo implícito, nadie mencionó su condición de muerta, para no molestarla.
La velada transcurrió cómodamente, pero, al despedirnos, ninguno de nosotros se ofreció a llevarla.

Laura Elisa Vizcaíno Mosqueda

2.899 – Amor eterno

Rene Aviles Fabila 2  Alicia dijo que lo amaba como a nadie. Hicieron el amor en una infinita y suave dulzura, con tiernas caricias. Pero aquélla era la última ocasión que estaban juntos. Ella partía al día siguiente. Al concluir, Alicia habló: No puedo dejarte aquí, tienes qué venir conmigo. Es lo que más deseo en el mundo y sé que tú también lo quieres. ¿Cómo iré contigo?, preguntó emocionado su amante. Ya lo sabrás, repuso la mujer. Fue hasta un maletín y extrajo un bisturí; con la habilidad de un cirujano fue cortando cada uno de los miembros de su compañero. Cuando hubo terminado los colocó cuidadosamente dentro de su equipaje. De ese modo, Alicia regresó a su patria. Para fortuna suya en la aduana no revisaron sus maletas. Al llegar a casa, con impaciencia, sacó las partes de su amado y las cosió. Una vez completo, le dijo: ahora sí ya estamos juntos para siempre, nada podrá separarnos, y lo besó con todo el amor que le era posible.

René Avilés Fabila