Recuerdo mi entrada buscando algo en un corral, ya tarde, cuando había oscurecido, en aquel pueblo de Castilla.
Había pisado las piedras puntiagudas, los morrillos puntiagudos, que son los que más sensación de la realidad me han dado en la realidad, y fui a aquella casa a buscar a Lucio, un criado patudo, al que le salía perilla de chivo por toda la sotabarba.
-Espera un poco que eche de comer a los animales… Es su hora…
El burro gris, zancudo, de Lucio estaba sentado como después he visto que Goya pintó sentados a los burros, y a la luz del farol vi que escribía… ¿Qué escribía?… Me acerqué y vi que escribía: El Quijote. Tercera parte…
Eso es lo que yo recuerdo confusamente, apareciéndoseme aquel corral a esa hora, en que las bestias son personas porque la fuerza de la realidad permite una cosa así… Sospecho que aquella tercera parte del Quijote debía estar bien de realidad, además de escrita en el mejor y más puro de los castellanos, en el castellano del rebuzno, que es el más denso y sesudo.
Mes: enero 2016
2.817 – Los sátiros
En esta jaula viven los antiguos compañeros de Baco. ¡Vaya festividad! Todo es danzar, beber y tocar instrumentos musicales (pulsan las liras y de las flautas nacen como arabescos notas armoniosas y provocativamente sensuales). En ocasiones, a falta de ninfas, los sátiros gozan solitarios y ensimismados ante la multitud absorta.
Parece-que no extrañan su libertad; mejor aún, se diría qué nunca la conocieron. Su constante bacanal produce envidias en cuantos la contemplan (en particular a solteronas beatas). Se ha dado el caso de entusiastas que mirando los juegos eróticos, permanecen frente a la jaula por semanas, cada vez más tristes a causa de no estar en ella, languidecen y ahí mismo mueren; lo que no mengua el jolgorio;
un cadáver le procura mayor intensidad.
Los rígidos guardias que rodean la jaula tienen la misión de impedir que el público acepte invitaciones de los sátiros. No los culpen:
obedecen órdenes. Vean ustedes el letrero puesto por la empresa del lugar y en el que pese a su decoloración todavía puede leerse:
ESTRICTAMENTE PROHIBIDO PARTICIPAR EN LA JUERGA Y EMBORRACHARSE CON LOS RESIDENTES DE ESTA JAULA.
René Avilés Fabila
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015
2.816 – De Eurídice
Habiendo perdido a Eurídice, Orfeo la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:
-Te devuelvo a tu esposa, pero sólo podrán los dos salir de aquí si en el camino ella te sigue y nunca te vuelves a verla, porque la perderías para siempre.
Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiendo sus pasos…
Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.
Y entonces con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa volvió el rostro y miró a Eurídice.
José de la Colina
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015
2.815 – El sentido de la libertad
La noche en que, ya viejo, se apagó definitivamente su fuego sexual, Sócrates oyó que el bello Alcibíades murmuraba: «Al fin libre». No se ofendió. Comprendió que la realidad se había equivocado de persona, porque la frase le correspondía. Y tuvo razón: no bien sus labios se la apropiaron, la vulgar expresión de alivio se cargó de noble sentido, de agudeza, de profundidad moral y, lo más importante, de trascendencia.
Raúl Brasca
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015
2.814 – Amistades peligrosas
2.813 – Carnaval
2.812 – Última voluntad
Antes de morir exige que su cuerpo sea ungido con mirra y con incienso, que sea cremado, que sus cenizas se recojan en una urna de alabastro, que sus deudos las esparzan desde un helicóptero sobre toda la ciudad con la máxima ecuanimidad posible: que ningún barrio reciba más que otro.
Después de muerto sus deudos descubren que el incienso no sirve para ungir y lo entierran en la Chacarita.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
2.811 – La primera palabra
Vaciló al escribir el comienzo. Trazó la primera palabra, que resultó ser «En», pero luego dudó. ¿Dónde ubicar la acción? Mientras pensaba, la tinta se había secado en la punta de la pluma. La miró un rato y se le ocurrió una idea: ¿por qué no aquí mismo, en esta tierra árida, en esta amada sequedad? Mojó nuevamente la pluma y prosiguió: «un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…».
David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
2.810 – La noticia
No podían matarle. Evitaba las emboscadas, devolvía la sangre con más sangre. Por cada uno de sus hombres que caía mataba a doce funcionarios públicos, y a cada detención le seguían más secuestros. Las canciones popularizaron su crueldad, los seriales daban su nombre a los malos.
Después de años sin poder terminar con el enemigo público número uno, los asesores del presidente se reunieron, buscaron soluciones.
Al día siguiente, todos los medios publicaron la noticia de su muerte en una emboscada. Las televisiones la airearon, se corrió por los mercados, por las plazas, por los parques.
Si la gente le creía muerto, calcularon, moriría.
Cuando reapareció, hasta las fuerzas policiales corrieron, espantadas. Ahora es peor, gritaban. Ha resucitado.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.809 – El caracol
El campo tiene sus incomodidades, pero constituye una curiosa fuente de información existencial. Hace una semana apareció en el cuarto de baño un caracol. Durante un par de días permaneció quieto, pegado a la pared externa del bidé, como meditando sobre la vida. Después de eso comenzó a desplazarse en busca de la misma abertura por la que se había colado en esa dimensión tan hostil, o extraña. Cada día, al levantarme, observaba su posición y el pobre, en lugar de acercarse a la ventana, se alejaba cada vez más de ella trepando por un alicatado que tenía que resultar del todo incomprensible para su falso pie (o pseudópodo, como nos gustaba decir en la clase de ciencias naturales). Finalmente, en un arranque de piedad le ayudé a llegar fuera.
¿Qué habrá pensado el animal -me pregunté- de esta rara experiencia? Un día acudí a una fiesta absurda a la que había sido invitado por error y cuando intenté huir me interné sin darme cuenta en la zona privada de la vivienda y tuve que mantener una conversación incomprensible con unos marcianos a quienes sólo me unía el gusto por el whisky de centeno. Habría dado cualquier cosa por que una mano caritativa me hubiera tomado entre sus dedos, como yo al caracol, arrojándome por la ventana, para devolverme de golpe a la dimensión que me era propia. No tuve esa suerte y hube de deambular por toda la casa hasta las tres de la mañana, un poco borracho, si he de decirlo todo, hasta que logré dar con la puerta de salida y encontré un paisaje reconocible. A muchos les podrá parecer todo esto una exageración, porque se me ha olvidado señalar que la vivienda pertenecía a un arquitecto y, en consecuencia, ni las ventanas ni las puertas ni la cadena del retrete se encontraban donde uno supone que han de hallarse estos artefactos de uso común.
Personalmente, nada me unía a los caracoles, hasta este momento, pero desde ahora siento por ellos un afecto especial, no ya por la tranquilidad con la que afrontan las situaciones más difíciles que quepa imaginar, sino por su tendencia a extraviarse, con la que tanto me identifico. Si encuentran un caracol en su bañera, trátenlo bien, que a lo mejor soy yo. Gracias.



