1.837 – Las manos

gines cutillas  Mi mano se encontró con la de aquella desconocida entre las paradas de Entença y Hospital Clínic. Aquejado de una vergüenza infinita no me atreví a mirarla de reojo hasta cuatro paradas después, justo en el momento en que me di cuenta de que había pasado la mía.
Me levanté de improviso pensando que la inesperada unión se truncaría, pero ella me siguió sin soltarse. Como dos colegiales, llegamos hasta la puerta y evitando el reflejo en el cristal, esperamos a que el tren se detuviera.
Tomé la iniciativa. Con un ligero apretón le indiqué que me siguiera hasta la terraza de un bar. Nos sentamos en la misma mesa. Ella pidió café, yo cerveza.
Ninguno rompió el silencio y aunque nuestras palmas permanecían unidas, nuestras miradas seguían sin cruzarse.
A la hora de pagar, y ante la ausencia de presentaciones, pedimos cuentas por separado dirigiéndonos de la misma forma al desconcertado camarero.
Fue ella la que tomó entonces el control. Me arrastró de la mano hacia un paseo por la avenida de Gaudí donde una paloma suicida hizo que lanzara mis brazos al cielo y casi provoca que rompiera nuestro enlace y el mutismo que comenzaba a parecer pactado.
Durante horas anduvimos juntos. Elegimos los mismos caminos, las mismas tiendas, el mismo restaurante.
Fue una decisión unilateral la de vivir en mi casa. Recuerdo con cariño la primera noche en que el pudor hizo que nos ducháramos por turnos; mientras uno estaba debajo del agua, el otro esperaba paciente al otro lado de la cortina.
Tenemos dos hijos. A uno le puse yo el nombre, el del otro lo desconozco.
En cuanto reúna el valor suficiente, le pediré a Carlitos que pregunte a su madre por el suyo y el de su hermano.

Ginés S. Cutillas
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010

1.836 – El chequeo

alonso-Ibarrola2  Le habían dicho que todos los americanos se lo hacen una vez al año; y los suizos también. Más valía prevenir… y aunque gozaba de una salud excelente a sus cuarenta y cinco años, se sometió a un chequeo médico, en una clínica particular. El precio le pareció elevado, pero «la salud no tiene precio» le dijo la bella enfermera que le atendió, muy sonriente. Antes de entregarle en mano el resultado del chequeo, el director del centro clínico quiso hablar con él a solas. Sintió que las piernas le flaqueaban… No debía haber consentido jamás someterse a un chequeo. Seguro que era cáncer… El doctor, amablemente, en tono confidencial, le advirtió que el cheque que les había dejado no lo habían podido cobrar por falta de fondos en su cuenta corriente. Se deshizo en excusas y subsanó el error.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.835 – Vasos comunicantes

Pedro Herrero_110921  A poco de ingresar en la cárcel para cumplir una larga condena, empecé a cavar un túnel desde el suelo de mi celda. Al principio actué movido por un impulso de rebeldía y careciendo de las habilidades necesarias para conseguir mi objetivo, cegado por la idea de burlar a mis carceleros. Pero pronto descubrí un extraño placer al dar forma a un proyecto de superación personal, que acabó por convertirme en un experto en la materia.
Calculo que estaba a pocas jornadas de atravesar los muros que me separaban del exterior, cuando llegó el indulto que me puso de patitas en la calle. Y confieso que, al margen del alivio que supuso prescindir de la rutina carcelaria, abandoné el penal con menos euforia de la que habría experimentado si -en lugar de salir por la puerta principal- hubiera huído a través de mi modesta pero eficaz obra de ingeniería. Así que no me sorprendí en absoluto, recién estrenada mi nueva etapa como hombre libre, cavando al otro lado de las altas torres coronadas de alambradas, con la intención de conectar el tramo restante. No es que quisiera volver a mi oscura celda solitaria. Nada de eso. Lo hice para que mi prestigio alcanzara conmigo la libertad.

Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/2013/10/vasos-comunicantes.html

1.834 – Tu nombre y el mío

2003 Sundance Film Festival - "Mondays in the Sun" - Portraits  Las calles que llevan tu nombre y el mío se cruzan en una plaza hermosa, con farolas y bancos, en la que juegan los niños que nunca tuvimos y los ancianos recuerdan momentos, inolvidables sucesos que no sucedieron.
Las calles que llevan tu nombre y el mío se cruzan en una plaza hermosa, con una fuente de agua salada a la que llegan las gaviotas, confundidas, desde el mar.
Aquí el sol sale tres veces al día. No hay odio ni dolor en la plaza que forman las calles que llevan tu nombre y el mío.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

1.833 – Adicciones

daniel sanchez bonet  De adolescente se enganchó de forma compulsiva al tabaco y al cannabis. En su época de estudiante, ya en la universidad, se aficionó sin medida a la bebida y a las drogas de diseño durante cada fin de semana. Su primer sueldo le sirvió para costearse su adicción al juego y después, con el tiempo, se convirtió en un conocido cliente de prostíbulos y burdeles clandestinos. Finalmente, su caso, ya insostenible, acabó en manos de expertos psiquiatras.
Dos años después, libre de cualquier tentación, sigue sin superar su adicción a las terapias de grupo.

Daniel Sánchez Bonet
http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2012/02/16/adicciones/

1.830 – La montaña

Enrique Anderson Imbert2  El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Enrique Anderson Imbert
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma, 2001

1.829 – Hacerse el muerto

andres-neuman2  ¿Por qué me gusta hacerme el muerto? ¿Se trata de
una costumbre sádica, como lamentan los amigos o cónyuges más sensibles? ¿Por qué me fascina desde niño, y seguimos siendo niños, quedarme indefinidamente inmóvil, como una momia de mi propio futuro? ¿De dónde sale el agrio placer de asistir al cadáver que todavía no soy?
La explicación podría ser sencilla, y por tanto misteriosa.
Al ver el mundo mientras no miro nada, al seguir pensando sin proponerme pensar, al notar en mí, con poderosa certeza, la selva de las arterias y la montaña rusa de los nervios, no solo confirmo que sigo vivo, sino algo incluso más impresionante. Experimento la única, pequeña, posible forma de trascendencia. Sobrevivo a mí mismo. Me deshago de la muerte jugando.
Entra en casa mi hijo. Volveré a respirar.

Andrés Neuman
Hacerse el muerto . Ed Páginas de espuma. 2011

1.828 – Amores perifrásticos

carmela greciet2  — Subraye las perífrasis del texto, indique si son de obligación o devoción y adivine, por último, quién llama.

Me estoy enamorando de una mujer que no es la mía, pero no he de enamorarme, porque tengo que atender a mi propia esposa, a la que debo permanecer fiel, como así tengo jurado desde hace tantos años. No puedo evitar pensar en la otra y a veces creo que estoy a punto de cometer adulterio, pero voy a dejarme de tonterías y a empezar a cumplir con mi deber. Seguiré estando felizmente casado hasta que termine de vivir, como así vengo haciendo, como así acostumbro a hacer y como asimismo tengo pensando seguir haciendo siempre. Suele pasarme esto de enamorarme a destiempo —lo que viene a decir que me ocurre más a menudo de lo que debiera suceder—, pero siempre que comienzo a enamorarme de otra, la mía, que no acaba de acostumbrarse a ello, rompe a llorar y se pone a echarme en cara mis devaneos sin dejar de lamentarse, por lo que yo vuelvo a reconducir mi matrimonio una y otra vez. Así lo estoy llevando, peor o mejor, desde que me casé hace muchos años, porque así lo tengo decidido, como tantas veces he dejado dicho. Me lo ando repitiendo todo el día a mí mismo: «He de hacer lo que hay que hacer. No puedo enamorarme y punto». Y ahora debo interrumpir este relato porque lleva sonando sin cesar el teléfono desde su comienzo. Debe de ser ella. Ay.

Carmela Greciet
http://www.revistaclarin.com/505/carmela-greciet/#sthash.OQ1Nsocr.dpuf