Ernesto el embobado

josemariamemdez_morm_0204Elena Estévez -española extremeña- era extraordinariamente elegante, exquisita. Emanaba efluvios enervantes; evidenciaba energía, espíritu. En escueto elogio: encantaba. Encontrándola empezaba el embrujo. Esto experimentó Ernesto Echegoyén, emigrante europeo, ex emperador estoniano. Enamoróse.
Encontrábase entonces Ernesto en el Ecuador, en “El Exeter”. Ella emergió en el espejo, esplendorosa, escotada, envuelta en encajes. Efectivamente estaba en escalera.
Enardecido, exaltado, Ernesto empezó espetándole exabruptamente escandaloso exordio:
¡Escaso ejemplar!
Ella, endiabladamente elástica, escapó, envolviéndolo en enigmático ensueño.
Ernesto estaba ebrio, en eclipse, en el Edén.
Elenita empezó esquivándolo. Empero enseguida entendiéronse. Escarceos en esquinas. Enternecidas epístolas. Enojos, explicaciones. Ensueños, éxtasis, etcétera.
Epílogo: enlace.

José María Méndez

Fracaso

Choan_C_GalvezDecidido a acabar con mi vida, me arrojo al paso del tranvía. Un joven se tumba junto a mí, sin pedir permiso, mientras el convoy llega y no llega. Al poco, una pareja se acomoda a nuestro lado.
Cuatro personas tendidas son suficientes para alertar al tranviario, que comienza a frenar la marcha del vehículo. Cuando el tranvía se detiene a un palmo de mi brazo izquierdo, los individuos tumbados en el suelo se pueden contar –hay quien lo hace– por docenas.
El mundo del arte me loa y me concede el no deseado título de Rey de la intervención urbana y considera la Tumbada sobre las vías como mi primer gran éxito.
Yo, que la considero un fracaso, me decanto por el salto al vacío.

Choan C. Gálvez

El Mundo y el pantalón (EL SEGUNDO CIRCULO DE MENTIROSOS)

jean claude carriereComo presentación de su libro El mundo y el pantalón (1989), Samuel Becket colocó este breve diálogo:
 
EL CLIENTE: Dios hizo el mundo en seis días y usted no ha sido capaz de hacerme un pantalón en seis meses.
EL SASTRE: Pero, caballero, mire el mundo y mire su pantalón.
Jean-Claude Carriere

Tranvía

andrea_bocconiPor fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. «Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos», pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.
 
Dudó. Ella bajó.
 
Se sintió divorciado: «¿Y los niños, con quién van a quedarse?»
Andrea Bocconi

Lo scolatone

Carmen_huici_2Hay que reconocer que tengo  un aspecto elegante. Sin llegar a ser tan apuesto como  el secretario de su Santidad,  se nota de lejos que soy de una distinguida familia romana de toda la vida. Soy  alto y delgado y tengo el pelo rubio pajizo y los ojos de un azul muy  claro.
El primer cometido que me han encomendado como empleado vaticano ha sido una tarea humilde pero delicada. A las puertas de la basílica debo señalar a aquellas personas que no llevan la ropa adecuada que no pueden entrar de esa guisa. Me he de fijar en el largo de los pantalones o en si las camisetas son o no de tirantes. En el caso de que se trate de una mujer le ofrezco un chal para que su atuendo resulte decoroso en el interior del templo. A veces en ese intercambio y mientras la  chica, pues se  suele tratar de mujeres jóvenes, se envuelve en el chal  me premia con una sonrisa en la que hay una ligera provocación. De todas maneras lo más difícil es calibrar si el escote que lucen es  aceptable o no.  En ocasiones  no lo es pues los pechos  se exhiben  blancos y  tersos como de alabastro. Una rápida mirada me basta para ordenar con un gesto  imperioso a su dueña que se cubra su escote , mientras le doy el chal casi sin  mirarla. Lo mismo  sucede cuando se desbordan apretujados desde una camiseta dos tallas más pequeña  de la apropiada. Que yo creo que el verbo apechugar debe venir de ahí, o de su antecedente  más directo, los escotes de balconcillo que glosaba Voltaire. Pero otras veces, las cuestión es más sutil,  pues he de deslizar mi vista sobre un canal suave que  acaba ocultándose  bajo la blusa. Esa decisión siempre me trae problemas, la incomodidad inicial de las señoras  o el que  un superior pueda enmendarme la plana después si divisa a una dama de atuendo indecoroso dentro de la  basílica. Mis compañeros para burlarse  de mi  me han puesto de mote lo scolatone* en alusión  al Braghettone,  el pintor que cubrió el impudor de las figuras de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. En realidad, ese mote sólo indica la envidia que me tienen mis compañeros heterosexuales.
(*Scolatone: De socolatura= escote)
Carmen Huici