Te quiero a las diez…

Jaime Sabines 4Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.
Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.
Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?
Jaime Sabines

Tres cosas antes de morir

sandro centurionPlantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro. Podía morir tranquilo. Sin embargo cuando le llegó la hora se dio cuenta que jamás había viajado en barco, ni había escalado una montaña, ni se había emborrachado con tequila, entonces se puso en campaña para hacer esas tres cosas antes de morir. Las hizo en poco tiempo y ya en su lecho de muerte cayó en la cuenta de que jamás había cazado un tigre, ni había buceado en aguas cristalinas, ni le había cantado una canción al oído a una muchacha. Se levantó de un salto y salió corriendo. Un tiempo después estuvo a punto de morirse pero recordó que nunca había comido helado de chocolate en la mañana, ni había arrojado flores al río, ni había cantado ópera bajo la ducha.
Dicen que anda haciendo cosas increíbles por el mundo. Sólo tres cosas más antes de morir, dice y sigue viviendo.

Sandro Centurión

Comienzo

juan_romagnoli2Fue recién con la invención del reloj que comenzó a correr el Tiempo. Pero aquel era un Tiempo incipiente, de primeros pasos inseguros, y había que darles cuerda a los relojes diariamente, o el Tiempo se detenía. En la actualidad, ya más afianzado en sí mismo, el Tiempo transcurre solo, sin necesidad de ayuda, por lo cual a los relojes modernos no es necesario darles cuerda, aunque todos creen que es porque son digitales, o por alguna otra clase de designio tecnológico.

Juan Romagnoli

Comida china

DelfinBeccarEntré al Kuong Tong y vi al Jefe sentado a la cabecera de la mesa acompañado de su guardia pretoriana. Al verme levantó la mano y me señaló una silla. Tomé posición frente a él y en cuanto intenté hablar me calló con un seco:
 —Primero comida, luego negocios.
 
Apareció el mozo con un plato de arrolladitos primavera con salsa agridulce y una porción de Chop Suey de pollo. Ansioso por lo que podría pasar tragué como pude aquellas delicias asiáticas.
 
—Sabes cómo es el negocio, el que las hace las paga –me dijo con total frialdad–. Rumores dicen que te quedaste pagos que no eran para ti. Ya está hecho, ya me lo cobré; que no vuelva a pasar. Ahora come, cuando termines te vas.
 
Preocupado llegué a casa, Hua-Fuzhou no estaba. En la cama había una nota: “No la vas a volver a ver nunca, igual quédate tranquilo que la vas a llevar adentro por siempre”.
Delfín Beccar Varela

Literatura

julio torriEl novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del Sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.
La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; y la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al escribir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.
Julio Torri

El rayito de sol

juan ramon jAl niño chico lo ha despertado en la cuna un rayito de sol que entra en el cuarto oscuro de verano por una rendija de la ventana cerrada.
Si se hubiera despertado sin él, el niño se habría echado a llorar llamando a su madre. Pero la belleza iluminada del rayito de sol le ha abierto en los mismos ojos un paraíso florido y májico que lo tiene suspenso.
Y el niño palmotea, y ríe, y hace grandes conversaciones sin palabras, consigo mismo, cojiéndose con las dos manos los dos pies y arrullando su delicia.
Le pone la manita al rayo de sol; luego, el pie -¡con qué dificultad y qué paciencia!-, luego la boca, luego un ojo, y se deslumbra, y se ríe refregándoselo cerrado y llenándose de baba la boca apretada. Si en la lucha por jugar con él se da un golpe en la baranda, aguanta el dolor y el llanto y se ríe con lágrimas que le complican en iris preciosos el bello sol del rayo.
Pasa el instante y el rayito se va del niño, poco a poco, pared arriba. Aún lo mira el niño, suspenso, como una imposible mariposa, de verdad para él.
De pronto, ya no está el rayo. Y en el cuarto oscuro, el niño -¿qué tiene este niño, dicen todos corriendo, qué tendrá?- llora desesperadamente por su madre.

Juan Ramón Jiménez