Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.
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2.084 – Una infusión…
2.083 – Literal
Mi mente es literal. Cuando les sugerí que probaran la fruta del árbol, quise decir exactamente eso. No es culpa mía si ellos tomaron mis dichos, inocentemente gastronómicos, en un sentido metafórico que irritó al dueño del jardín -dijo la serpiente.
David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed. Menoscuarto.2007
2.082 – Sociedad de consumo
Un sonido acuchillante como el de la puerta de un ascensor al cerrarse de golpe: una guillotina. Mientras él es nuestro prisionero le tenemos reservado un infierno de sonidos para que no olvide el miedo, para que no deje de preguntarse a cada segundo qué es lo que le aguarda.
Aguanta en silencio, desesperado, atento, girando la cabeza sin lograr enterarse de nada. A veces le ponemos una venda en los ojos, otras lo dejamos a oscuras, atado y amordazado, y nos movemos con sumo sigilo por la pieza pero no con sigilo completo, justo el necesario para que intuya que hay presencias amenazadoras que lo rondan. Podríamos matarlo de un susto o simplemente enloquecerlo. Se merece cualquiera de estas alternativas que no ponemos en práctica porque no somos sádicos, no señor, somos profesionales.
A todos nuestros prisioneros los alimentamos regularmente pero siempre a oscuras para desconcertarles el gusto. La escalada de amenazas debe ser calibrada con sabiduría. Con arte. Acabamos de contratar a Martorelli, el conocido sonidista de Radio Nacional, para que haga los efectos especiales más escalofriantes. Ahora funciona mejor el trabajo y, cuando le quitamos la mordaza, el prisionero grita de terror, proporcionándonos un material invalorable para futuras sesiones.
En la cámara de torturas hemos instalado un equipo de sonido cuadrafónico que es una verdadera joya. El sistema se torna cada vez más complejo y por lo tanto más costoso pero poco nos importa porque ellos parecen dispuestos a pagar. Nuestra propuesta es de alta eficacia y hasta indolora, si se la mira bien.
No deja huella. Si los negocios marchan como hasta ahora vamos a poder aplicar el rayo láser que permite un precisión maravillosa en diversos aspectos, así como otras glorias de la tecnología de avanzada. Se puede decir que ya contamos virtualmente con estas mejoras, porque cada vez es mayor el número de altos ejecutivos -oficiales o no- que requieren nuestro servicio personalizado. Ellos también pretenden saber de qué se trata. Ellos quieren experimentar en carne propia lo que los otros no vivirán para contarles. No quieren perderse experiencia alguna, y nosotros estamos acá para satisfacer todas las exigencias del mercado.
Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008
2.081 – El gerundio del olvido no me gusta
Todo lo que quiero es aprender a olvidar tu triste nombre mientras una muchacha se desata frente a mí su única sonrisa tan cenicienta como una premonición tan reciente como una mentira tan frágil como el recuerdo o el hojaldre. Todo lo que quiero es aprender a olvidar tu triste nombre pero no sé si emborracharme como casi nunca o llorar porque no hay nada en este instante tan irrelevante tan familiar tan educadamente estúpido como las únicas palabras con las que me consuelo ingenuamente: su tabaco, gracias.
Raúl Vacas
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009
2.080 – La estafa
Dos agentes cruzaron muy de madrugada el cuidado jardín y se acercaron a la puerta principal del magnífico chalet, emplazado en el barrio residencial más lujoso de la capital. Llamaron y se dieron a conocer al mayordomo. El señor, en batín y pañuelo de seda anudado al cuello, les recibía minutos después. Estaba detenido por presunto delito de estafa. Le concedieron unos minutos para que se vistiera y despidiera de los suyos. No quiso despertar a los niños, pero su mujer, agitada y nerviosa, le abrazó con fuerza y trató de animarlo… «Tenías que haberme dicho que las cosas no te iban bien, cariño. No te preocupes. Pediré dinero a papá… ¿Cuánto debes?». El hombre no dijo nada e inclinó la cabeza. «¿Un millón, dos, tres…?». El hombre permanecía en silencio. «¿Son diez, veinte… cien?». La mujer, impaciente y nerviosa le recriminó: «¡Habla, dime algo, por favor…!». El hombre, sin atreverse a mirarla bisbiseó: «Mil doscientos millones, querida…». Más tarde, la mujer, en la soledad del dormitorio, se consolaba pensando en lo importante que era su marido.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.079 – La ruleta de los recuerdos
Cargo mi revólver marca Browning, con un montón de recuerdos de mi vida. Giro un par de veces su cilindro como queriendo alejarlos de la memoria, pero al fin, coloco el cañón sobre mi sien y disparo. El recuerdo que me tenía que matar falla. Tengo curiosidad por conocer el contenido que me ha perdonado la vida. Intento abrir el proyectil fallido, pero enseguida me arrepiento y lo dejo. Quizá el siguiente aclare las cosas y me brinde la oportunidad de la muerte. Me preparo y… Esta vez no falla.
Sin duda era uno de los recuerdos más queridos de mi vida, piensa mientras muere.
Alfredo Castellón
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.078 – Traducción simultanea
El portavoz dice en su discurso que se deben priorizar las imbricaciones del desarrollo sostenible para la base del crecimiento específico de todos los sectores implicados, y me mira, sonriendo, como diciendo ahí queda eso y allá te las apañes.
Al otro lado de la cabina, los demás eurodiputados se ajustan los auriculares y carraspean mientras yo dudo (ya sé que no debo), antes de comenzar la traducción simultánea. Tardo un poco porque primero tengo que encontrar esas palabras extrañas en mi propia lengua y luego, pasarla a las otras sin que pierdan sentido, pero tampoco ampulosidad y desconcierto.
De eso se trata, parece. De que aquí no se entere ni Dios, dicen mis compañeros veteranos en el breve descanso del café. O en la pausa del almuerzo. Aquí nunca se sabe con los horarios. Desayunan antes del amanecer y cenan en nuestra merienda. Ellos están acostumbrándose, a mí me cuesta todavía. Igual que caminar sobre la nieve, soportar la ventisca o dormir sin cortinas.
Te noto lenta, dice el portavoz por la tarde, después de verme casi atrapada en la traducción de una casuística indiscriminada que deriva de una incidencia superadora de elementos afines.
Trago saliva y le prometo que en unos días acabo el rodaje, que no se preocupe. Que el problema es que aún me cuesta pasar de lo abstracto a lo concreto, sintetizar, vamos. Y que en otras lenguas no se utilizan tantos rodeos para no decir nada ni tanta palabrería barata que no puede traducirse a ningún idioma. Esto último lo pienso, pero no lo digo en voz alta, por supuesto.
Cuando acaba la sesión, sigue nevando fuera.
Por la noche, en su cálido apartamento del centro, a años luz de mi piso congelado de la periferia, el portavoz dice que me metería de todo menos perras en el banco y que va a hacerme un traje de saliva, estrecho, estrecho, para que se me noten estas pedazo de tetas que tengo. Tetazas, para ser más exactos.
Te noto lenta, como ausente, vuelve a decirme.
Trago saliva, y me digo que en unos días acabaré el rodaje, que no debo preocuparme. Que el problema es que aún me cuesta pasar de lo concreto a lo abstracto, evadirme, vamos, creer que esta no soy yo y que no me está pasando a mí, pero no lo digo en voz alta, por supuesto.
En cambio, sonrío para ganar tiempo, pongo los ojos en blanco y comienzo la traducción simultánea de ayes y quejidos.
Claro que estoy ausente, acabas de hacerme volver del paraíso, susurro.
Y él, que no tiene ni idea de idiomas, me mira satisfecho, y gruñe algo intraducible, justo antes de quedarse dormido.
Tal y como están las cosas cualquiera se arriesga a perder un trabajo.
Y encima sigue nevando fuera.

