El hombre tímido y discreto, que todas las mañanas barre afanosamente los corredores y pasillos de la cárcel, es un famoso banquero, acusado de haber estafado millones y millones. Sus memorias las está publicando un semanario de gran tirada, y sostiene —por supuesto— que es inocente y víctima de un complot. Le han dado mucho dinero por la exclusiva y con su importe ha ordenado comprar una fábrica de escobas. Todas las que se utilizan en la cárcel son de su fábrica. Y él barre, dando ejemplo, con furia incontenible. Sale a escoba por día.
Autor: carlos
1.223 – Tabú cultural
A causa de algún tabú cultural que aún no comprendemos, los nativos no quieren aceptar la colaboración de nuestros científicos para averiguar por qué se malogra, una y otra vez, la cosecha de humanos en esos campos sembrados que llaman cementerios. ¡Cuando sería tan sencillo lograr que fructifique!
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida.Ed. Páginas de Espuma 2009
1.222 – Proyecto de trampa para rinoceronte n° 1
El rinoceronte es un animal probablemente mitológico que las leyendas sitúan en las tierras bajas de Elbor. Según las descripciones de los viajeros, su talla corresponde más o menos a la de nuestro unicornio doméstico, pero a diferencia de éste su cuerpo está cubierto de placas escamosas y su cuerno carece de propiedades mágicas, así que no se comprende por cuáles razones habría que armar trampas para cazarlo.
Rosalba Campra
1.221 – El cuarto oscuro
Hace poco tuve una pesadilla terrible. Soñé que la madre Dolores me ponía unas cuentas larguísimas que nunca me salían. Sumaba una columna y me olvidaba cuánto llevaba, y tenía que empezar de nuevo y. los ojos de la madre Dolores se ponían rojos como los de los monstruos de los dibujos. Como me puse a llorar la madre me cogió de las orejas y con su carcajada de bruja me encerró en el cuarto oscuro hasta el día siguiente.
Mi esposa no me cree y quiere saber dónde estuve toda la noche.
Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009
1.220 – La familia unida
Nunca me llevé bien con la familia. Desde la abuela Felicia, con ese don para esparcir cizaña, hasta el patán de mi hermano Ricardo, todos parecían puestos en escena para que la mía fuera una existencia desgraciada. Eran parientes artificiales, implantados en mi vida como órganos ajenos, que mi cuerpo rechazaba con furia desde niño. Durante años fantaseé con ser un niño adoptado. Pero el pulgar en forma de martillo no dejaba espacio para la duda acerca de mi ascendencia. Todo lo que hice para alejarme de mis parientes, resultó inútil. Acabé con la mandíbula de la abuela encajada en uno de mis fémures, las costillas de Ricardo sobre mi coxis y al lado, el cráneo de papá. Juntos y revueltos en el mismo nicho, obedeciendo la costumbre familiar.
Araceli Esteves
Velas al viento. Los microrreelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2010
1.219 – Carne de espejo
Hoy mi espejo se puso furioso porque llegué tarde a la cita matutina.
Cuando salí de la ducha estaba empañado, su única manera de cerrar los párpados y hacerme un desdeño. A él sin duda le corre más sangre que a mí por las venas. Desde que Teresa me dejó, a mí la sangre, más que correr, me camina. Cuando lo compré, el anticuario me preguntó: ¿Espejo de mujer o de hombre? De hombre, casi siempre de hombre, le respondí tensando la mandíbula.
¿Y para cuántos?
Creo que se está encariñando, y como me sobrevivirá he estado averiguando seguros de vida y asilo para espejos. Espero que no me suceda otro, ya hemos sido suficientes. Quiero, al morir, mudarme a su vastedad y cerrar la puerta tras de mí. Él está de acuerdo.
Cada cierto tiempo se pone tétrico y huele a charco podrido. Entonces lo empaco en el auto y lo llevo a la playa para que frente al mar, las imágenes se diluyan y se le amanse un poco la memoria.
Hay días en que no sé qué hacer con él, es impredecible. Cuando espero ver mi réplica, resulta que a él no le basta, se cree un artista, un esteta, y me planta un bigote, un lunar, o se acelera y me devuelve ya canoso, o aún peor, le vienen sus ínfulas de prisma y me desmantela cromáticamente. Demoro horas en fijar mis colores y redefinir contornos para salir con decoro a la calle.
Los domingos tiene día libre y no funciona. No me atrevo a mirar dentro, por respeto a su privacidad, claro, pero más que nada por miedo. Para esos casos cuelgo un cucharón en cuyo reflejo me afeito.
Cuando vuelvo a casa, cavernoso de tiempo, escalfado de traje, es cuando más me reconforta sumergirme en él. El celofán de su piel es límpido, crujiente de ahora, una segunda oportunidad. El se suma a mí, me completa.
Quisiera saber qué hace cuando no lo veo, dónde desemboca. Sospecho que en mis sueños.
A veces pienso que más que reflejarme, se vacía en mí, se hunde en mi carne: para sentir, me suplanta. Entonces me da terror, ganas de acuchillarlo, de hacerlo sufrir de a poquito, pero no lo hago. La mitad de mí ya es suya, la mitad de él ya es mía. Quiero envejecer con él, conmigo, con todas las posibilidades que sugiere o me impone. Él evoluciona y me reinventa. Yo soy el que envejece, él quien trasciende y me arrastra.
Isabel Mellado
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2010
1.218 – Retrato de mujer sentada
Ella se basta,
nada desea
salvo el orgullo de ver siempre claro
hasta dejar de ver.
(Fernando Pessoa)
La señora Agustina era una vieja repulida y cegata, que no se cansaba de ser buena todos los días del año, se cambiaba de sayas por lo menos una vez a la semana, se recogía el pelo en un moño tieso y atrevido y parecía no ver a nadie a través de sus gruesas lentes, que le agrandaban los ojos, como en un acuario, y le ponían en la cara un gesto de asombro permanente. A las seis de la mañana en verano y a las ocho en invierno, ya estaba sentada a la puerta de su casa, en una silla baja de anea. Había tenido cinco hijos, que la fueron abandonando poco a poco, en un continuo chorreo de desgracias próximas y noticias lejanas. Del marido ya ni se acordaba. Pero la señora Agustina seguía allí sentada, inmóvil, indiferente, con su bondadosa cara de plácida resignación, inmutable a las ausencias y al discurrir de las decepciones. Los que pasaban la saludaban con un movimiento de cabeza o con una palabra amable de reconocimiento, a lo que nunca contestaba. Después de muchos años, los vecinos se dieron cuenta de que estaba completamente ciega, además de sorda, lo que no sorprendió a nadie por la inexorable usura del tiempo y su poca vista de nacimiento. Que además estuviera muerta, les pareció a todos de lo más natural.
Luciano G. Egido
Retrato de mujer sentada (Cuentos del Lejano Oeste, ed. Tusquets. 2003)
http://es.wikipedia.org/wiki/Luciano_G._Egido
http://www.lecturalia.com/autor/1019/luciano-g-egido
1.217 – Todos los viernes
Para Carmina,a quien tanto me hubiera gustado parecerme.
Todos los viernes llego del instituto con un hambre feroz de patatas fritas. Voy todo el camino pensando en un plato enorme, repleto, puesto en el centro para acompañar la carne. Doraditas, grandotas y gordas como le gustan a mi hermano José María, pequeñas y crujientes, como yo las prefiero. Se me hace la boca agua al imaginarlas. Llevo desde las siete de la mañana sin comer y a las tres llego rabiosa. Mi madre lo sabe, y nos fríe muchas patatas para que empecemos con fuerza el fin de semana.
Todos los viernes, subo las escaleras, abro la puerta y me recibe el olor de las espinacas que he dejado cocidas por la mañana y los filetes que mi marido acaba de hacer para que los encuentre calientes. Y me doy cuenta de que por conductos, arterias o venas cuyo nombre se me escapa, aún viajan de la cabeza al corazón y de ahí al estómago, aquellos días mágicos en que el amor olía a aceite de oliva y la felicidad inundaba el rellano.
Pilar Galán
Paraiso posible. Ed. De la Luna libros. Abril 2012
1.216 – Diario ínfimo(II)
El escritor se sienta y escribe. Pero lo que finalmente escribe es siempre una sombra de lo que pretendía escribir. Por su parte, el lector se sienta y lee. Pero lo que finalmente interpreta o metaboliza es siempre una sombra de lo que el autor escribió. En cuanto a lo que el lector finalmente recuerda tiempo después, es siempre una sombra de lo leído. Una sombra de una sombra de una sombra.

