Siempre me advirtieron que no moviera la copa y jamás les hice caso. Yo recorría las letras del tablero y me tronchaba cuando veía sus caras descompuestas, cuando escuchaba sus respiraciones entrecortadas, cuando sentían de pronto la caricia helada de mis manos.
Una noche partí la copa y cundió el pánico. Quise decirles que había sido yo, pero ya era demasiado tarde. Sin embargo, no se quedaron en casa ni hubo que clausurar aquella habitación como hizo mamá la última vez. Se fueron como almas cargadas por el diablo y yo hasta ahora les echo de menos.
Los nuevos inquilinos nunca juegan con el tablero, y a mí me da vergüenza mover las cosas sin que me llamen.
Autor: carlos
1.323 – Origen de los ancianos
Un niño de cinco años explicaba la otra tarde a uno de cuatro que entre muchos de ellos se mantiene la más rigurosa pureza sexual y ni siquiera se tocan entre sí porque saben -o creen saber- que si por casualidad se descuidan y se dejan llevar por la pasión propia de la edad y se copulan, el fruto inevitable de esa unión contra natura es indefectiblemente un viejito o una viejita; que en esa forma se dice que han nacido y nacen todos los días los ancianos que vemos en las calles y en los parques; y que quizá esta creencia obedecía a que los niños nunca ven jóvenes a sus abuelos y a que nadie les explica cómo nacen éstos o de dónde vienen; pero que en realidad su origen no era necesariamente ése.
Augusto Monterroso
1.322 – El hada
He tenido un sueño maravilloso. Se aparecía en mi celda una bellísima señora, un hada o algo parecido, y me preguntaba qué deseaba más en esta vida. Yo le respondía que poseerla. Me golpeó suavemente con su varita —me imagino que «mágica», como se estila en estos casos— diciéndome: «Concedido». Me despertó la habitual visita de control del funcionario de prisiones. «¿Y eso, qué hace eso ahí?», me preguntó, inquisitivo, dirigiendo su mirada hacia el catre. No supe qué decirle. Parecía, era, una prenda interior femenina. Quedé atónito, estupefacto. Recogió la prenda y se la llevó. Minutos más tarde apareció el director, indignado. «¿Quién ha estado aquí esta noche?». Le conté la verdad.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.321 – El hijo de Venus
1.320 – Superpoblación Hitita
Los jefes estudian controlar la natalidad o fomentar el suicidio.
Orlando Romano
1.319 – Sirenas
Estoy desquiciada. Con lo que me ha costado conseguir a mi hombre. Él de nacimiento y como hobby es… el perfecto mujeriego. Como todas tenemos lo mismo, aunque a unas les luce más que a otras, utilicé la inteligencia… y me llevé el gato al agua.
Le encanta el mar. Tiene una zodiac y vamos de Santa Pola hasta la isla de Tabarca. Nos dicen que con el motor de la zodiac es una locura, pero él es así. Un temerario. Me subo al bote con el corazón en la garganta porque soy de secano, ni sé nadar, ni llevar una barca…, el pescado me da alergia.
Durante meses ninguna nube oteó en nuestro horizonte. La soledad de la barca nos unía lo que nunca pude imaginar. Pescaba, se daba un chapuzón y volvía a mí, que permanecía leyendo en aquella chalupa.
Una tarde nos quedamos los dos ensimismados con una puesta de sol maravillosa, las manos unidas, mi cabeza sobre su hombro y de fondo… un canto melodioso. Nos recreamos en el sonido hasta que sentimos un peso en el lateral. Miramos a la vez y nos encontramos con una sonrisa preciosa y un busto de mujer meciéndose entre las olas. Su cola de pez se bamboleaba a un ritmo hipnótico. La melodía seguía acariciando nuestros oídos. Cerré los ojos y los volví a abrir dos veces porque no me creía lo que estaba viendo.
Lo que es la aparición pasaba de mí. Solo tenía ojos para él y él no apartaba de ella su mirada. Sus ojos le decían a ella lo que nunca me había dicho a mí.
Aquel ser mágico con su mirada y su sonrisa le prometía un mundo maravilloso. La atracción se hacía patente. Mi hombre se levantó haciendo que la barca se moviera con gran peligro y sin previo aviso se hundió en el Mediterráneo.
Sigo sin reaccionar. La sirena desapareció con él… y yo estoy mar adentro.
Marieta Alonso Más
Futuro imperfecto. Ed. de Clara Obligado. Colección Nuevos narradores/6
Foto: Ángeles Alonso
1.318 – Postales que nunca fueron enviadas
Mi abuela murió con el deseo de visitar aquellos lugares que la vieron crecer. Nos enteramos después de su muerte, cuando desocupamos su casa para venderla. En el cajón de su mesita de luz, un montón de fotos y postales que nunca fueron enviadas, escritas y con destinatarios; amarillas, despintadas, sin fecha. Todas recrean su lugar de infancia, Miskolc. Su patria, sin embargo -ella se cansó de repetirlo-, siempre fue ésta, donde nacieron sus hijos, sus nietas y la pena por el regreso.
Ildiko Valeria Nassr
El límite de la palabra. Menoscuarto ediciones – 2007
1.317 – Sorprender
Los artistas de circo nos preguntamos con desesperación cómo sorprender a los espectadores. Ser perfectos en la tradición no basta. Intentamos, entonces, el exceso en las suertes conocidas: un salto mortal con cinco vueltas en el aire, malabares con diez yunques y diez plumas, tragamos un paraguas, o un poste de alumbrado, sostener en la cuerda floja una pirámide humana del tamaño de una pirámide egipcia, entrar a una jaula con trescientos cincuenta leones y dos tigres, hacer desaparecer para siempre a los enemigos de una persona del público elegida al azar.
¿Cómo sorprender a los espectadores? En los nuevos circos, adornamos los viejos trucos con el vestuario, con la coreografía, con las luces, con la actuación.
Pero a medida que envejecemos nuestros cuerpos ya no resisten los excesos, y ya no somos lo bastante bellos, lo bastante cómicos, lo bastante elásticos, lo bastante ingeniosos para formar parte de los nuevos circos. ¿Cómo sorprender a los malditos, a los cínicos espectadores que ya lo han visto todo? En un intento de brindar el espectáculo supremo, nos dejamos morir entre aplausos sobre la arena y no es suficiente, no es suficiente. Eso lo hace cualquiera.
Ana María Shua
Fenomenos de Circo. Páginas de espuma 2011
1.316 – Náufragos
Se encontraban en el límite de sus fuerzas. Se había hablado de efectuar un sorteo para que alguien de los seis fuese inmolado, devorado, comido por los demás, pero la idea no prosperó. La balsa se movía en medio del océano, a merced de las corrientes. Por la noche pasaban un frío terrible y durante el día el sol los abrasaba. Cierta noche, de luna llena para ser precisos, uno de los náufragos se dedicó a observar atentamente las nalgas de uno de sus compañeros, que dormitaba boca abajo, cubierto con un sucinto taparrabos. Observando que era el único que se mantenía despierto, se acercó lenta y cautelosamente al cuerpo tendido, bañado por los pálidos rayos de luna y decididamente echó un mordisco a la nalga derecha del compañero. » ¡Ay!», dijo el otro, despertándose sobresaltado. El hambriento, sorprendido, musitó «perdón» y se retiró a una esquina de la balsa, visiblemente turbado.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.315 – Canción de cuna
No duermo hasta que mamá se sienta en el borde de la cama y me canta Aurtxo Seaskan con una dulzura que me transporta a Leizarán donde las hojas de los árboles, por la noche, se susurran secretos al oído, murmuran las aguas frías del río mientras buscan en el valle su antiguo cauce y el rumor va creciendo hasta tornarse rugido, como el trueno que con sus rodadas precede a la tormenta y ahoga la nana que mamá me canta y que ahora oigo a lo lejos, acolchada, devuelta por un eco blando.
Y el golpeo del río abre la puerta e inunda el dormitorio y yo querría que mamá, de irse, se diluyera, ahogara su canto entre burbujas, pero no es así porque la fuerza de la corriente le arranca los brazos, y las piernas y le arranca la cabeza que sigue cantando y que vuelve el agua de un color rojo que en mi sueño me lleva a imaginar que tal vez si quisiera, tal vez si pudiera, me levantaría y con un gesto, con un maldito gesto, podría separar las aguas del río de sangre que cada noche se lleva a mamá y guardarla por siempre a mi lado mientras canta Aurtxo Seaskan sentada en el borde de la cama.
