1.370 – Circo pobrísimo

 En Argentina, el Circo Papelito recorre todavía los pueblos de provincia, pintoresco y modesto. Su primera carpa estaba hecha con bolsas de arpillera y los espectadores tenían que llevar sus propias sillas.
Pero hubo un circo más pobre todavía. Además de llevar sus propias sillas, los espectadores tenían que sentarse, fingir que miraban la pista, imaginarla.

Ana María Shua
Fenomenos de Circo. Páginas de espuma 2011

1.369 – Carnaval

federico fuertes guzman5 El hombre disfrazado de regicida se acercó, sacó su pistola de plástico y dio un tiro al hombre disfrazado de rey. Los disfrazados de populacho aplaudieron pero los policías disfrazados abortaron cualquier intento de sublevación. Llevaron al hombre disfrazado de regicida a un inmenso decorado que representaba la corte suprema donde un grupo de hombres disfrazados con trajes militares (con sus galones y todo) lo encontraron culpable. La condena a muerte se ejecutaría de manera inmediata. El disfraz del pelotón era impecable, así como el del capitán que, sable en mano, dijo las tres conocidas palabras: preparados, apunten, fuego, esta última con algo más de ímpetu, si cabe. El regicida cayó al suelo y la sangre, bien disfrazada de sangre, manó de su pecho.
Es-to-es-car-na-val, o algo así, vino a decir el fusilado.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros,2008

1.368 – Sin perdón

 El día de mi funeral, nadie vino a consolarme. Mis amigos pasaban por delante de mis narices con cara de afligidos, pero besaban a mi esposa y a mis hijos como si ellos tuviesen alguna parte en este oscuro viaje. Jamás perdonaré tanto abandono.

Antonio Serrano Cueto
http://antonioserranocueto.blogspot.com/

1.365 – Perversión

 Diez años llevaba en la casa sirviendo y en ese tiempo había almacenado un odio feroz e incontenido contra los dueños de la misma. No soportaba la altanería del matrimonio ni las impertinencias del hijo, un niño de nueve años a quien había visto prácticamente nacer y criado. Le retenía la retribución que percibía, más elevada desde luego que la del resto de las compañeras que conocía. Su resentimiento y ánimo de venganza lo desahogaba con el muchacho. Todos los sábados tenía que bañarlo. Y cuando lo enjabonaba lo hacía con fruición, con malicia, con morbosidad, con delectación… El muchacho, excitado, nervioso, sin saber exactamente por qué, se aferraba a ella histéricamente, con el instinto del púber, que ignora los misterios de la vida. Y ella, en ese preciso momento le propinaba una sonora bofetada, al tiempo que le devolvía a la realidad de todos los días.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010