Cuando lo conocí era apuesto como un príncipe, pero en seguida empezó a redondeársele el vientre. Más tarde, mientras encogía poco a poco, los ojos se volvieron saltones, el cuello fue desapareciendo y un buche enorme creció bajo su mandíbula. De un tiempo a esta parte se le ha cubierto la piel de verrugas. Lo peor es la sospecha de que soy yo quien tiene la culpa, por no haber dejado de besarlo en los últimos treinta y cinco años.
Autor: carlos
2.393 – El cazador de leyendas urbanas
-En uno de los hielos de mi bourbon ha aparecido el cadáver criogenizado de Walt Disney. Haga el favor de venir a por él, si es tan amable -me pidió horrorizado mi último cliente. Con el mono de trabajo y la mascarilla nadie me reconocía, pero no era dificil localizarme. Aparecía en,las páginas amarillas, por la letra «C». «Cazador de leyendas urbanas.» Las llamadas no siempre son fiables. En ocasiones se trata de falsas alarmas. Esta vez el cliente estaba en lo cierto. Allí estaba el viejo Walt desnudo, con el bigotillo y las manos pegadas a las paredes del cubito. Al llegar a casa lo metí en el congelador, junto al abominable hombre de las nieves y un par de caimanes albinos de las alcantarillas de Nueva York que nos servirían de cena esa noche a mi esposa y a mí. Conocí a mi mujer por la llamada de un conductor de Wyoming que se la encontró en una carretera comarcal. Desde que me casé con la chica de la curva mi vida es más tranquila. Nos fuimos a vivir a una islita desierta en medio del triángulo de las Bermudas. Al principio solo teníamos la compañía de varias de esas ratas con las que cocinan las hamburguesas en el McDonald’s, pero hemos adoptado otra mascota, el perrito de aquella niña que iba a dar una sorpresa a Ricky Martin en televisión. Como solo se alimenta con foie gras, nocilla y mermelada, se ha puesto orondo. Quizá por eso lo hemos llamado como a mi hermano gemelo: Elvis. Él vive en la isla de al lado con uno de los extraterrestres que se estrellaron en Roswell en 1947, pero no nos hablamos. Así somos los Presley. Cosas de familia.
Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto, 2015
2.392 – Contrafuertes
Debido a las pesadillas, decidimos que mi hijo viniera a dormir conmigo, mientras pasa la temporada de desvelos de mi pequeña hija, quien duerme con su madre en la habitación contigua. Desde ese día, cuando en las noches mi hijo se levanta con el espasmo del mal sueño, le invento cualquier historia y le digo lo que ya todos saben, que estando conmigo (su padre) nunca le pasará nada. Parece que eso lo tranquiliza y al rato, en efecto, vuelve a cerrar sus ojos apaciblemente. A la mañana siguiente, durante el desayuno, mi hijo le cuenta a mi mujer lo sucedido. Yo lo escucho decir lo que ya todos saben: que conmigo no siente miedo. Que, conmigo, se siente protegido. Obviamente, lo que nadie sospecha es que a mí me sucede lo mismo. Y que en las noches, cuando me aferro a su brazo y entre murmullos le advierto que nada pasa, que esos abismos no existen y que ya pronto vendrá la clara mañana, no es a él a quien hablo, sino a mí mismo.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.391 – Bosques y árboles
Filosófica, la mamá recomendó a su hijo:
-No llores porque las nubes te impidan ver el sol ya que las lágrimas te impedirán ver las estrellas. Paradójica, la madre insistió: -Está bien, al menos no llores porque ni siquiera podrás ver las nubes cuando se retiren. Determinante, la madre zanjó la conversación. -Llora al menos con un motivo -dijo a su hijo mientras daba por tres veces con su zapatilla en el infantil trasero.
Entonces, cantó el gallo.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. e.d.a. libros. 2008
2.390 – El fin del romanticismo
Ni subido a una escalera conseguiría besarte. Llevo días dándole vueltas al tema y no se me ocurre nada. Yo no puedo saltar tanto y la escalada nunca fue mi fuerte. He pensado en llamar a los bomberos para que me presten la escala, pero dudo que consideren lo mío una emergencia. También pensé en comprar cien globos e hincharlos de helio pero creo que eso sólo funcionaría si yo fuese un dibujo animado. Al final no voy a tener más remedio que bajarte del pedestal. Tanto romanticismo no es práctico.
Sara Barberá Sánchez
Relatos en Cadena 2009-2010 – Alfaguara. 2010
2.389 – La cita
El dormitorio era rojo y el aire espeso, vegetal, como de selva amazónica. Penélope dejó resbalar el quimono hasta el suelo y se tumbó de costado en la cama.
-¿No te desnudas? -preguntó en tono meloso, dando palmaditas en el colchón.
No era bellísima. Lo que sí tenía, le pareció a Damocles, era unos ojos de gata y una piel tostada que, unidos a su exuberante juventud, se bastaban y se sobraban para avivarle el deseo a cualquiera.
Damocles se quitó la chaqueta y, al ir a colgarla en la silla, se fijó en una fotografía enmarcada que había sobre la cómoda. Mostraba a Penélope riendo junto a otra mujer. Nada especial, salvo que la otra mujer era Noelia. Su hija Noelia. Cogió la fotografía y, alzando las cejas, se la enseñó a Penélope.
-Es mi amiga Sheyla. Trabaja en el club Tropical, en la carretera de La Coruña. ¿Te gusta?
-Mucho -dijo Damocles, apoyándose en la cómoda para no desplomarse, y pensó con desmayo que hay puertas en la vida que no se deben abrir jamás.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.388 – El túnel
2.377 – Laconismo
2.376 – El espejo en que te miras
Cuando vi a la anciana con los mofletes amoratados y con los tubos metidos en la nariz y las sondas en las endebles venas en la cama del Dunedin Hospital -al que no había ido desde aquella piedra en el riñón que casi me mata-, no pude evitar pensar en lo estorbosa que se hace la vejez cuando nos medra la fuerza indispensable para mantenemos en pie, o ser capaces de ir y volver del baño, o cruzar una calle, o siquiera llevarnos la cuchara a la boca. Quiero decir lo indispensable, pues. Quizá por eso no pude evitar escuchar las quejas que escupe la enfermera cuando la anciana -que puede ser tu madre, o tu hermana o prima- le llama para pedirle que le ayude a reclinar un poco la cama o el sillón en el que está sentada, o para abrirle la ventana o ponerle en la espalda un cojín, o quitarle los zapatos, o simplemente para conversarle dos, tres palabras, y así con ello tapiar la soledad que cómo la invade desde que sale el sol hasta que se mete, y los reniegos, también, de los familiares a los que la anciana llama para que vengan a visitarla aunque sea cinco minutos, familiares que prefieren mejor no contestarle el teléfono y que deciden seguir comiendo la sopa caliente de codito sin imaginar siquiera que los ojos de la anciana, y el corazón anciano que tiene, y toda su piel que es un pergamino, inservible al parecer ya, todavía siente, y respira todavía -con espasmos, sí, pero aún respira-, y todavía puede mirar cómo esos que la esquivan o le dan con la punta del pie -escupitajos, empellones por la espalda, etcétera- van también al mismo lugar a donde ella va, sin saber que incluso pueden llegar antes que ella. Porque la muerte es así: una perra que no respeta amo y que muerde toda mano, incluida aquella que, por supuesto, le da de comer.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.375 – El presidente
El Presidente quiso tener a su pueblo cerca, por eso mandó a sus tropas a reclutarlo.
De las clases más bajas le trajeron a un varón, a un loco, a un pocero, a un anciano y a un niño. Colectaron también a un sano y a un ciego, a un rico y a un pobre, a un cojo y a un justo. Y a una santa y a una puta; y a un valiente y a un miedoso, que al poco murió de miedo. Pensó entonces el Presidente que su muestra estaría incompleta sin el alma indescifrable de los artistas. No bien lo pensó prendieron a un pintor, a una musa, a un poeta. Y a uno bajo y a otro alto, y a un triste y a un despreocupado; a uno que lloraba, a otro que una vez dudó; a una mujer fea y a otra bella, a un inquieto, a un tranquilo, a un atleta.
A todos los encerraron en el Palacio de Gobierno, donde el Presidente, cerca al fin de sus súbditos, estudiaría sus reacciones, les hablaría, quizá les comprendería y, al comprenderles, podría gobernarles mejor.
En definitiva, les amaría. Y amándoles a ellos, calculaba, amaría a su pueblo entero. -Pero los malditos no lo entendieron. Trataron de escapar. Protestaron, lloraron, se revolvieron; enarbolaron palos y revoluciones, organizaron sangrientas revueltas, anunciaron huelgas de hambre y tejieron disturbios, que fueron reprimidos con la violencia diáfana del despecho.
Entristecido, el Presidente terminó por matarlos a todos, sin comprender que, ahora sí, al matarlos mataba a su pueblo entero.



