El camino a casa

kafka¡Cuánto poder de persuasión tiene el aire después de una tormenta! Mis méritos se me aparecen, y me abruman aunque no les ofrezco ninguna resistencia.
Voy caminando, y mi marcha va al ritmo de este lado de la calle, al ritmo de esta calle, al ritmo del barrio. Por justicia, soy el responsable de todos los golpes a las puertas o sobre los tableros de las mesas; de todos los brindis, de las parejas de amantes en sus lechos, en los andamiajes de las nuevas construcciones, o las que están pegadas a los muros de las casas en las calles oscuras, o las que yacen en las otomanas de los prostíbulos.
Sopeso mi pasado junto a mi futuro, mas ambos me parecen magníficos. No puedo dar primacía a ninguno de los dos, y solo puedo hacer reproches a la injusta providencia que tanto me ha favorecido.
Pero cuando entro en mi habitación estoy algo pensativo, si bien al subir las escaleras no he hallado nada que justifique una reflexión. Poco me ayuda abrir la ventana de par en par, y que en algún jardín todavía estén tocando música.

Franz Kafka

Maniquí

angel guacheLas dependientas la llamaban Patricia y era maniquí en uno de los escaparates de un comercio familiar. Yo iba a verla varias veces al día. Me parecía la más bella, siempre sonriente y delicada. Los focos la iluminaban como a una rosa de coral en un acuario. A mis diez años, os juro, amigos, que la amé. Con un amor platónico y desesperado a un tiempo. Hasta que un día vi cómo la desvestían y la desmontaban, le quitaban los brazos para cambiarle la ropa. A partir de aquel día ingrato, empecé a amar a las niñas de mi edad.
Hoy la vi en un almacén trastero, en los fondos de aquel comercio familiar, entre otros maniquíes rotos, cajas de ropa vieja, alfombras raídas, frascos de añejos perfumes, polvorientos juguetes pasados de moda, bicicletas oxidadas y numerosos cachivaches atacados por el tiempo. Habían pasado cuarenta años, se dice pronto: cuarenta años, estaba rota y sin peluca ni brazos. Y era la viva imagen del tiempo que huye y todo lo destroza, incluidos los sueños.

Ángel Guache

El parte

alejandra diaz ortizLas últimas mil trescientas siete cenas que habían compartido juntos, siempre, habían seguido el mismo guión: Marta en la cocina, Pedro poniendo la mesa. La televisión encendida como música de fondo. No recordaba ni una noche sin aquel sonido.
De hecho, casi ni recordaba cómo era la voz de su marido, siempre tan callado. Nada hacía presagiar que aquello cambiaría. No tuvieron hijos que los sacaran de la rutina. No hubo madres ni padres mayores que atender, ambos llegaron al matrimonio huérfanos. Nunca, tampoco, habían cenado fuera de casa, si acaso salían a comer o, si era cumpleaños de alguno, iban al merendero, pero a las nueve -como muy tarde- volvían a casa, puntuales a ver el Parte.
Los sábados eran la excepción: al irse a la cama, se daban tres besos.
Así pues, aquella noche de martes era como otra cualquiera.
Pedro se sentó a esperar su plato, mirando fijamente las imágenes del más reciente desastre en el mundo. Se sobresaltó al ver a Marta delante de él, sin las viandas en la mano, vestida tan sólo con un alegre picardía rojo.
Con el pelo suelto y una mirada de leona, cegó al miope de su marido. Dirigió la punta de su pequeño pie hasta tocar la entrepierna de Pedro, quien, sorprendido, no acertaba ni a hablar, ni a moverse, ni a respirar. Marta se contoneaba, moviendo las caderas y rozando, con su boca, la boca de él. Le cogió la mano y le chupó, pausadamente, cada uno de los dedos, sensual y lasciva.
Los ojos de Pedro se abrieron enormes, y ella aprovechó que también abrió la boca para meter uno de sus pechos en espera de su lengua. Pedro se estremeció. Entonces, con decisión, fue a bajar la cremallera: su marido tenía listo lo que ella tanto necesitaba. Se montó en él. Cabalgó hasta el éxtasis. Él, inmóvil, la dejó hacer.
Una vez terminada la faena, Marta, desconcertada por la placidez de su marido, se despegó de él.
Se fue a la habitación, se puso el vestido que tenía preparado para el domingo. Apagó la luz de la cocina. Apagó el televisor. Cerró la cremallera de su marido. Cerró los ojos de Pedro y llamó a Urgencias.
Marta se sentó a esperar, mientras se juró a sí misma que nunca más cenaría con la televisión encendida.

Alejandra Díaz-Ortiz

Celoplastia

Jose_urriolaMis amigos, quizá hartos de los lamentos por mi más reciente despecho, me regalan una muñeca inflable. Me la encuentro al regreso del trabajo, desnudísima, acostada sobre mi cama, con una flor plástica en la boca y una nota sobre el pecho: “Me llamo Juliana, de ahora en adelante seré tu nuevo amor”.
Me produce una extraña combinación de risa, ternura y desagrado. Pero la tomo con cariño y la coloco sentadita en una silla del cuarto.
Recibo una llamada telefónica. Mi ex, que me quiere ver, tomar algo, charlar un rato. Me visto y salgo, dejando a Juliana con la puerta cerrada bajo llave.
Regreso tarde en la madrugada a casa. Juliana me espera en la sala fumando un cigarrillo, nostálgica, mirando por la ventana.
—¿Estabas con la otra, verdad?—me dice sin dignarse a voltear. Y adivino una lágrima sintética que se le escurre mejilla abajo.
Yo, más que asustado, me quedo francamente preocupado. Porque a esta también, a pesar del plástico, tendré que inventarle excusas verosímiles.

José Urriola

Los hombres sabios

marco_denevi_2La reina de Saba era la mujer más hermosa y más rica de su tiempo. Visitó a Salomón para proponerle una alianza comercial, pero debajo de ese guante ocultaba las uñas de su verdadero plan: el matrimonio. Un matrimonio, por lo demás, que al hijo de David le venía como anillo al dedo porque las campañas bélicas, la construcción del Templo, de la Casa Real y de las veinte ciudades nuevas que le regaló a Hiram de Tiro y la vida fastuosa que llevaba (sesenta consortes, ochenta concubinas incluidas) habían vaciado sus arcas. Seducido, pues, por la belleza de la reina y por la posibilidad de calafatear sus finanzas, Salomón estaba dispuesto a quebrantar una vez más las prohibiciones de la ley y a casarse con una extranjera. Pero la reina de Saba, una noche, al término de un festín, tuvo la ocurrencia de poner a prueba, con acertijos, con enigmas, con preguntas embarazosas, la sabiduría del rey sabio. Salomón se encontró con una rival que casi estaba a su altura. Debió sudar la gota gorda para salir del paso, pero la reina regresó a Saba sin socio y sin marido.

Marco Denevi

El aparatito

Luisa-ValenzuelaLos años pasan, los recuerdos quedan, se congelan y se llenan de aristas y dobleces. El amable señor de edad avanzada, tan atildado y recto, un verdadero dandy, se nos acercó en el aeropuerto con la sana intención de impresionarnos, a mi hija y a mí. Piloto de fórmula uno, había sido. Ni mosqueamos. Había tenido un yate para navegar por el Caribe; sonreímos distraídas. Prestamos más atención cuando dijo que su gran amigo de juventud había sido el Che Guevara. «Yo le apretaba el aparatito a él, él me apretaba el aparatito a mí», agregó. Ni tiempo tuve de alzar las cejas. El señor tan atildado -saco de tweed, chaleco color canario- se apresuró en tranquilizarnos: «Los dos éramos asmáticos», aclaró como al descuido.

Luisa Valenzuela

Capítulo VI, primera parte

juan ramon santosMientras su gruesa mujer y sus llorosas hijas se afanaban por quemar en el brasero, en medio de la calle, todas aquellas sobadas y releídas novelas del oeste, mientras los vástagos de Marcial Lafuente Estefanía y de Zane Grey se retorcían agonizantes entre las llamas, golpeados y deshechos en cenizas por la acción encarnizada de la badila, arriba, en su dormitorio, Teófilo Durán, de pie en calzoncillos largos frente al enorme espejo oval del pesado armario ropero, observaba en tensión, desconfiado y amenazante, su exacto reflejo y exclamaba frunciendo el ceño, «Ha llegado su hora, sheriff Flanagan», empuñando con seguridad el crucifijo de madera, dispuesto a meterle a aquel sucio traidor, una bala certera entre los ojos.

Juan Ramón Santos

Materialismo amoroso

DelfinBeccarEscatimaba besos y caricias. Según él, las palabras de amor debían racionarse y ser dichas únicamente en algunos momentos puntuales.
-El exceso de oferta provoca una inevitable merma en el valor intrínseco de cada uno de estos gestos-, argumentaba con aire catedrático.
Ella, con una mueca mezcla de dolor y de sorna:
– Lástima que las leyes del mercado sean tan duras… ahora que tu amor se ha devaluado tendré que invertir en otro negocio.

Delfín Beccar Varela