Cómo perder al marido

marco_denevi_2 Para que Jasón no la abandonase, Medea andaba cargada de amuletos, preparaba filtros mágicos, suplicaba, invocaba, maldecía, lanzaba anatemas, modelaba figuritas de cera y les clavaba alfileres, organizaba ritos de maleficio, toda clase de hechicerías, obligaba a su marido a beber pociones contra la infidelidad. Jasón se le escapó tras una muchacha, Glaucea, sólo porque Glaucea, cuando él (tanto como para pasar el rato) le propuso acostarse juntos, contestó: « Con una condición. Que después no nos veamos más».

Marco Denevi

La herida

angel guache A los ochenta años, casi al final de su vida (se iría a los ochenta y tres), mi padre conoció al individuo que le había pegado un tiro en el último año de la guerra. Disparo que estuvo a punto de enviarlo al otro mundo antes de tiempo. Era un catalán que estaba de paso. Se tomaron juntos unos vinos y al hablar sobre la guerra, a la que ambos habían ido adolescentes, descubrieron que habían combatido en los mismos lugares del frente del Ebro. Cuando mi padre empezó a describir dónde y cómo le habían pegado un tiro, el catalán continuó con el relato pormenorizadamente. Reconoció que después de pegarle el tiro, siguió disparando a todo aquel que intentara acercarse a auxiliarlo. Mi padre no se desangró gracias a que tuvo la feliz idea de atarse la pierna con el cinturón. Después de esperar en campo abierto toda la tarde, al llegar la noche, ya semiinconsciente, se le acercó un compañero que consiguió arrastrarlo hasta su zona. Luego se sucedieron años de hospital y, cuando llegó a la casa familiar, se encontró con que su madre, a quien tanto quería, había muerto. Aquel tiro, al final de la guerra, había cambiado su vida. Y ahora tenía ante él al responsable. Mi padre y el catalán del disparo se lo pasaron maravillosamente recordando aquellos terribles años. Brindaron, bebieron, se emborracharon, hablaron interminablemente y se hicieron amigos. Mi padre volvió a casa entusiasmado: había rescatado unos años de su juventud.

Ángel Guache

Todo es historia

orlando romano A lo largo de los años, apaciguó los continuos requerimientos de su esposa con historias, miles de historias -siempre distintas- que le susurraba al oído mientras ella, en éxtasis feliz, lo recibía dentro de su cuerpo: fue un pirata que la violaba en las Antillas, un secuestrador que la amaba (con los ojos vendados) en su escondite, un escolar de doce años en un aula vacía con su maestra…
Jamás se vio a dos seres tan eternamente enamorados, tan fieles, tan fogosos y tan satisfechos.
Todo gracias a las historias, a las que él susurraba y también a las otras, más deliciosas y prohibidas, que ella se contaba a sí misma.

Orlando Romano

Aquella victrolera

pedro-orgambide Siempre me gustaste, Rosa, siempre. Y ahora que somos viejos te lo puedo decir. Antes no: eras la mujer de Ignacio Braceras. ¡Mira que casualidad, venir a encontrarnos aquí, en el café donde vos trabajabas! ¡Cómo pasa el tiempo, che! Parece mentira, Rosa, que estés charlando conmigo. Yo era muy pibe cuando venía al café para verte. Eras la diosa del barrio, Rosa, la diosa del café. Allá en lo alto, en el palco de la victrolera, camapaneabas a los giles. No, el palco ya no está. Y ya nadie escucha tangos, Rosa. ¿Te acordás? Vos ponías los discos en la victrola y nosotros te mirábamos las piernas. Indiferente, mirabas la pared. Me acuerdo, Rosa; me acuerdo de tus medias corridas y me dan ganas de llorar. Yo cerraba los ojos y me hacía la ilusión de que eras vos la que cantaba y no Libertad Lamarque, Azucena Maizani o la Merello. Eras vos, la más linda de todas. Nunca te lo pude decir porque yo era un pibe y a vos te vigilaba tu hombre, ese cafiolo de barrio que te llevó al trocen. Tomaban el tranvía y se iban juntos a la pieza. Después pasó lo que pasó, Rosa, esa desgracia que salió en los diarios. Supe que Ignacio Braceras te faltó, que te dio la biaba y que vos lo tiraste bajo un tren. No llorés, Rosa, ya pasó, ya pasó. Estuviste mucho tiempo en la gayola, es cierto, y eso jode a cualquiera. Pero aquí estás,otra vez. Giraron muchos discos, muchas noches y yo siempre me acordé de vos. Si te parece, si no lo tomas a mal, si no tenés otro compromiso, me gustaría que vinieras a mi bulín para tomar unos mates y escuchar unos tangos. No, no es tarde. Nunca es tarde cuando la dicha es buena, dicen. Y ¿sabés una cosa, che? Me compré una victrola, como la de antes. La lustro todos los días. Está linda. Sólo faltas vos.

Pedro Orgambide

Enviar actualización

chica-celular-clase Y le dijo que sí. Que aceptaba ser su novia. Ella, emocionada, sacó su celular con el cual actualizó su perfil en Facebook, MySpace y el Hi5, para que sus “amigos” vieran que ya estaba en una relación. Por último, mandó un mensaje a su twitter. Todos debían enterarse. Ella no se dio cuenta, que mientras escribía todo eso, él se estaba fijando en otra.
Joaquín Guillén Márquez

Aeropuerto de Barajas, Madrid

alejandra diaz ortiz4-¿Que de dónde procedo?… Pues verá: mi bisabuelo materno era francés: un franchute que no tuvo mejor idea que robarse a mi bisabuela, una joven y hermosa india de la tribu Yaqui, esos que son primos hermanos de los Apaches, pero del desierto mexicano.
Del lado paterno, otro tanto de lo mismo: un chino cantonés que trabajaba en las obras del ferrocarril de San Francisco, se escapó y fue a dar a Sinaloa, donde se emparejó con la madre de mi padre.
De mis padres, poco más que decir: él se fue a Bolivia, dizque para hacer la revolución con el Che. Mi madre se quedó conmigo y con un medio ruso, medio oaxaqueño, al que siempre he llamado padre.
Así pues, siguiendo la tradición familiar, no es extraño que yo me dejara robar el alma por uno de los suyos y me brincase el enorme charco atlántico para venir a parir a esta linda andaluza de piel blanca, rizos negros, ojos rasgados y acento confuso que, seguramente, tendrá unos hijos rubios y de ojo azul, como su padre…
El agente selló el pasaporte con el visado de entrada al país.

Alejandra Díaz-Ortiz

Los sueños de Helena

eduardo galeano1 Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba:
-Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.
Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía al sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.

Eduardo Galeano

Los animales en el arca

marco_denevi_2 Sí, Noé cumplió la orden divina y embarcó en el arca un macho y una hembra de cada especie animal. Pero durante los cuarenta días y las cuarenta noches del diluvio ¿qué sucedió? Las bestias ¿resistieron las tentaciones de la convivencia y del encierro forzoso? Los animales salvajes, las fieras de los bosques y de los desiertos ¿se sometieron a las reglas de la urbanidad? La compañía, dentro del mismo barco, de las eternas víctimas y de los eternos victimarios ¿no desataría ningún crimen? Estoy viendo al león, al oso y a la víbora mandar al otro mundo, de un zarpazo o de una mordedura, a un pobre animalito indefenso. ¿Y quiénes serían los más indefensos sino los más hermosos? Porque los hermosos no tienen otra protección que su belleza. ¿De qué les serviría la belleza en un navío colmado de pasajeros de todas clases, todos asustados y malhumorados, muchos de ellos asesinos profesionales, individuos de mal carácter y sujetos de avería? Sólo se salvarían los de piel más dura, los de carne menos apetecible, los erizados de púas, de cuernos, de garras y de picos, los que alojan el veneno, los que se ocultan en la sombra, los más feos y los más fuertes. Cuando al cabo del diluvio Noé descendió a tierra, repobló el mundo con los sobrevivientes. Pero las criaturas más hermosas, las más delicadas y gratuitas, los puros lujos con que Dios, en la embriaguez de la Creación, había adornado el planeta, aquellas criaturas al lado de las cuales el pavo real y la gacela son horribles mamarrachos y la liebre una fiera sanguinaria, ay, aquellas criaturas no descendieron del arca de Noé.

Marco Denevi

Paternidad responsable vv

enocasiones Era tu padre. Estaba igual, más joven incluso que antes de su muerte, y te miraba sonriente, parado al otro lado de la calle, con ese gesto que solía poner cuando eras niño y te iba a recoger a la salida del colegio cada tarde. Lógicamente, te quedaste perplejo, incapaz de entender qué sucedía, y no reparaste ni en que el disco se ponía rojo de repente ni en que derrapaba en la curva un autobús y se iba contra ti incontrolado. Fue tremendo. Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantado de sangre, volviste de nuevo tus ojos hacia él y comprendiste. Era, siempre lo había sido, un buen padre, y te alegró ver que había venido una vez más a recogerte.

Carlos Alfaro