El donante

alonso-Ibarrola2 He donado todo lo que se puede donar. Ojos, riñones, cerebro… Pueden quedarse con todo. No me importa que despedacen mi cuerpo, que me destripen, que me abran en canal… Ya no sufriré. ¿Sabían que a muchas personas las entierran vivas, considerando que están clínicamente muertas? Un doctor francés investigó en numerosos cementerios y vio ataúdes por dentro. Las tapas estaban arañadas, encontró uñas clavadas en la madera del cajón, dedos consumidos, cuerpos retorcidos… Y es que en los hospitales, en las clínicas, lo hacen todo deprisa y corriendo. Y si uno muere en casa, los familiares sólo se preocupan del tinte, de las velas, de las esquelas. Como en los aviones. Cuando van a despegar, más vale gritar, por si acaso: «¡Esa puerta!», porque algunas veces las dejan abiertas…

Alonso Ibarrola

Platonicol complex

margarita Creen que es alergia, pero es amor. Mamá está preocupada. Ya no sabe si son las camisas, la lactosa o el centeno. El director y los otros me miran como si me fuera a morir en cualquier momento, y ninguno quiere estar delante cuando ocurra.
A mí me da igual, porque, a eso de las once, jadeo un poco y toso con un ruido como de arrastrar sillas. Abren la ventana de clase para que respire. Saco la cabeza y te veo venir por la calle Bergamín, con tu falda de cuadros y los calcetines caídos.
¡Qué buen jarabe, tu sonrisa! Fresca, brillante, antihistamínica.

Gabriel de Biurrun Baquedano

Miedo

cupido_muere Creen que es alergia, pero es amor. Y se compran mascarillas y se vacunan y por precaución, dejan de besarse en los saludos.
Si es que son tontos. ¿Antes? Antes bastaba con rozar su piel, pero ¿ahora? Ahora, llegan a casa, detectan las pupilas dilatadas, sienten la roja opresión en el pecho y se lanzan a telefonear a urgencias. ¿Qué tengo, doctor, qué tengo?, preguntan como idiotas. Lo que tenéis es miedo. Mucho miedo. Más miedo que nunca, pensó el chico rubio, sacudió sus alas y cuando llegó su turno, depositó arco, flechas y carcaj en la ventanilla del paro.

Isabel González González

El olfateador

corbatas Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata fue uno de mis primeros éxitos como olfateador.
Tenía los ojos vendados y toda la oficina mirándome. Enseguida supe que era la administrativa. Después otra mujer pasó sus dedos por mi pelo y adiviné que era la documentalista. Tampoco fallé cuando el diseñador gráfico me sacudió la caspa de los hombros. Al regresar a mi mesa de trabajo la recepcionista, a modo de despedida, me tocó la punta de la nariz, lo cual desencadenó en mí una terrible convulsión. Desde entonces, cuando llego a trabajar entro con un pañuelo en la nariz. Creen que es alergia, pero es amor.

Beatriz Alonso Aranzabal

Hijos de la nada

corbatas Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata. Dio tres pasos hacia atrás, y nos observó a todos detenidamente. Luego, me señaló con el dedo, «el más bajito», dijo, como si yo hubiese hecho algo malo.
-¿Cómo te llamas? -me preguntó.
-Manuel.
-¿Tienes hambre?
-Sí, ¿usted tiene pan?
-Claro que tengo pan, en casa tengo todo lo que quieras.
-¿Y allí no caen bombas?
-No, cariño, es un lugar muy seguro, incluso tengo un tiovivo.
-¿Qué es un tiovivo, señora? -ella sonrió.
-No me llames señora, llámame mamá.
Ahora sí que no entendía nada.

Jesús Arribas Navarro

El asiento

corbatas Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata, o quiénes eran esos niños que correteaban y me llamaban «papá», demasiadas cosas que averiguar. Desde que desperté del coma y la operación de estética mi vida se había convertido en una sinrazón.
Cuando dormía veía imágenes del avión en llamas y de los gritos y de los muertos, todos muertos. También recuerdo al hombre nervioso que me dijo al despegar: «¿Le importaría cambiarme el asiento? Tengo vértigo». Sin saberlo me estaba cambiando algo más que su asiento. Y su mujer ¿no lo intuía? ¿Tampoco su amante?
Intenté olvidar, sólo temía encontrarme algún día con mi verdadera mujer.

Miguel Ángel Córdoba Saelices

Años perdidos

espejo No reconocí al hombre que tenía frente al espejo y eso me inquietaba. El reflejo era el de alguien mayor que yo, así que no podía tratarse de mí. Él, por su parte, parecía igual de contrariado porque me contemplaba con la misma expresión de extrañeza. ¿Acaso nos habíamos visto antes? Su rostro me resultaba terriblemente familiar pero no lograba ponerle un nombre o relacionarlo con un lugar. Quise preguntarle quién era, pero de pronto me dio miedo la respuesta. Lo mejor era ignorarle. Tenía otras cosas de las que preocuparme. Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata.

Marina de la Fuente Martín

Peligro en el camino

eduardo galeano35 Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas.
Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino.
Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral.
El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice:
-En mi hambre, mando yo.

Eduardo Galeano