El olfateador

corbatas Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata fue uno de mis primeros éxitos como olfateador.
Tenía los ojos vendados y toda la oficina mirándome. Enseguida supe que era la administrativa. Después otra mujer pasó sus dedos por mi pelo y adiviné que era la documentalista. Tampoco fallé cuando el diseñador gráfico me sacudió la caspa de los hombros. Al regresar a mi mesa de trabajo la recepcionista, a modo de despedida, me tocó la punta de la nariz, lo cual desencadenó en mí una terrible convulsión. Desde entonces, cuando llego a trabajar entro con un pañuelo en la nariz. Creen que es alergia, pero es amor.

Beatriz Alonso Aranzabal

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