Tatuaje

 En cierto recóndito paraje de su anatomía, Jezabel ha soportado un complejo tatuaje. Muchos han pagado por verlo. Los que, gracias a su habilidad o a su fortuna, pueden contarlo, dicen que el dibujo representa un mapa teñido de colores suaves (esa combinación de las tintas con el tono natural de la piel). En el mapa está señalado el punto en el que se encuentra el observador y la ruta que lo llevará a la salida.

Ana María Shua

Los auxilios de la medicina

 Mi señora siempre tan terca, doctor. Pero a usted lo respeta. Convénzala, por favor, de que se quede quieta, de que no se levante descalza en mitad de la noche, de que no revolee los ojos delante de las visitas, convénzala usted, que tiene influencia sobre ella, de que los muertos verdaderos no se mueven ni se quejan, o bien no están muertos del todo, pero por favor, que se decida de una vez, doctor.

Ana María Shua

Los hijos del súcubo

 En cierta habitación del fondo de su casa, un hombre casado mantiene relaciones con un súcubo. Cuando el hombre muere, el hijo de la diablesa pretende heredar la casa. Su medio hermano nacido de mujer amplía la base en litigio demostrando que una parte del infierno le corresponde como bien ganancial de su padre. Presenta un proyecto en el que propone parquizar el sector, dotándolo de electricidad, agua corriente y cloacas, con calles asfaltadas para beneficio de la comunidad. Consultados los peritos, se inclinan por las ventajas del infierno original destacando el peligro ecológico de modificar el hábitat de las almas condenadas. Finalmente el juez entrega la casa al hijo diablo (pero hay sospechas de soborno o amenazas).

Ana María Shua

Alí Babá

 Qué absurda, qué incomprensible me parecía de chica la confusión del hermano de Alí Babá: casi un error técnico, una manifiesta falta de verosimilitud. Encerrado en la cueva de los cuarenta ladrones, ¿cómo era posible que no lograra recordar la fórmula mágica, el simple ábrete sésamo que le hubiera servido para abrir la puerta, para salvar su vida?
Y aquí estoy, tantos años después, en peligro yo misma, tipeando desesperadamente en el tablero de mi computadora, sin recordar la exacta combinación de letras que podría darme acceso a la salvación: ábrete cardamomo, ábrete centeno, ábrete maldita semilla de ajonjolí.

Ana María Shua

Conquista de la Nueva España, II.

 -No soy Teúl, estoy hecho de carne -dijo Mutezuma. Y, levantando sus vestiduras, mostró su cuerpo-. Soy tan humano como ustedes -afirmó con osadía, ocultando dudas.
Así tradujo doña Marina, nuestra lengua.
Meses después cientos de miles de guerreros muy bien apercibidos cargaban contra nuestros aposentos. Por consejo de Doña Marina, salió fuera Mutezuma, en la esperanza de moderar sus ímpetus. Allí resultó herido de tres piedrazos, que uno fuera en la cabeza y de él murió.
Dícese y soy testigo que fue aquella la primera, única, última traición de Doña Marina, celosa de la inicua pasión por cierta prohibida carne que sólo ella en Fernán Cortés conocía (pero que cabalgaba en todos los rumores).
Ana María Shua

La lectura

angel guache Abro un libro y desde él me observa Neruda con ojos de sapo. Afuera sopla un viento frío y llueve. Me quedo a leer toda la tarde esos versos torrenciales, palpitantes. Rescato sensaciones de cuando los leí por vez primera. Y vuelve el tiempo aquél, desde tan lejos, el tiempo aquel que estaba agazapado en el silencio, entre capas de olvido.
Ángel Guache

Brevísimo drama ruso

luisavalenzuela Desde mi dacha en K. viajé a la lejana ciudad de L. en respuesta a un imperioso llamado anónimo. Allí quien me esperaba para darme una sorpresa era el idiota de N.
¡Plinseskaia! ¡Nashisdrovi! ¡No vale la pena recorrer en troica tantas vestas por la nieve para adelantar apenas un par de letras en el abecedario!

Luisa Valenzuela

Dios y el Diablo

 Mi padre tuvo durante algún tiempo en casa una incubadora artificial. Se trataba de una caja de madera, con la tapa de cristal, en cuyo interior, gracias a unas bombillas especiales, había una temperatura constante. Aunque nos dejaba contemplar el artefacto a cierta distancia, siempre quedó claro que el juguete aquel era suyo, lo mismo que el tren eléctrico. De repente, un día se presentaba en casa con un cucurucho de papel lleno de huevos que colocaba cuidadosamente en el aparato. Creo que los polluelos nacían al cabo de tres semanas, y la espera era excitante. Recuerdo haberme colocado clandestinamente en el desván, que era el lugar de la incubadora, y pasar horas en la contemplación de aquellos huevos, intentando imaginar las sustancias que se espesaban en su interior para dar lugar a ese curioso bicho de dos patas y pico que para mí, pese a su domesticidad, siempre tuvo algo de animal quimérico, como el ornitorrinco.
Muchas veces asistí al nacimiento de los polluelos, que se anunciaba con un breve temblor en el huevo. A continuación la cáscara se quebraba ligeramente en algún punto y en seguida aparecía el animal, amarillo, húmedo, perplejo. Lo más impresionante de aquel espectáculo incomprensible era precisamente el rostro de perplejidad del bicho. Miraba a un lado y otro con la expresión del que ha salido del metro en Marte por error. Una incubadora no es lugar para venir a este mundo.
-Y pensar que hay gente que no cree en Dios -decía mi madre intentando dar una clase de religión práctica.
Yo no decía nada, porque en casa estaba muy mal visto disentir de las manifestaciones teológicas, pero pensaba que los pollos de incubadora tenían todas las razones del mundo para ser unos ateos redomados. Quizá lo fueran. Ahora bien, visto cómo han evolucionado las cosas para estos pobres animales proveedores de dioxina, quizá hayan acabado creyendo en la existencia del diablo. Es lo que decía mi madre también en sus últimos días, al enterarse de los progresos de la ingeniería genética:
-Y pensar que hay gente que no cree en el diablo.
Juan José Millás

El emigrante

alonso-ibarrola2-300x200 Volvió al pueblo con la carta de despido de la fábrica alemana donde había trabajado durante siete años, en el bolsillo. No le hicieron el mismo recibimiento que en anteriores ocasiones. Le preguntaron, en la taberna, sarcásticamente, por el reloj de oro y el coche. El primero lo vendió, el coche era alquilado… Y por lo que respecta a sus ahorros y la indemnización percibida, lo había invertido todo en un piso en la ciudad. Lo malo es que su cuñado se lo alquiló en un precio superior al que le correspondía, ya que era de «renta limitada». El inquilino denunció el contrato y se negó a pagar. Finalmente, el emigrante tuvo la suerte de colocarse en la misma taberna del pueblo, en la cocina. Trabajaba doce horas diarias, incluidos los domingos. Se quedó con el apodo de «el alemán», y él, entre dientes, solía decir: «¡Qué más quisiera Yo!»

Alonso Ibarrola

Otro pájaro azul

f ayala02 “Mira, mira qué pájaro tan hermoso, allí, en el árbol, allí arriba; qué colores”, casi gritaste corriendo hacia la ventana, llamándome a la ventana.
Habíamos pasado un rato en silencio, y escuchábamos a los pájaros cantar fuera, en aquella neblina, con aquel viento. “Esos pobres petirrojos se obstinan en cantar –había observado yo-. Por más que llueva y haga un viento frío, ellos cantan: reclaman la primavera prometida.” Y fue entonces cuando viste tú agitarse allá al fondo, grande, azul, en lo alto de una rama, a ese pájaro de belleza única, y me atrajiste a compartir tu admiración, tu júbilo.
Pero en seguida pudimos darnos cuenta de que no era tal ave. Lo que se movía en el árbol extendiendo y agitando con frenesí su oscuro azul, no era un ave; era quizá un trapo, un girón de tela prendido a las ramas en el viento.
Por consolarte, te dije yo (y así lo sentía): “Querida: es más hermoso y me gusta más que si hubiera sido de verdad, porque ese pájaro lo has creado tú, tú lo has inventado, es obra tuya.” Pero al mismo tiempo que te lo decía me acudió este pensamiento: Si no seré yo también una invención de tus ojos magos, y algún día, en algún momento…
Francisco Ayala