La mayúscula eyacula minúsculas en fila.
2.764 – Algunas noches…
2.763 – Vendedor nato
Pocas veces visitaban la exposición clientes de tanta importancia. El Jefe del Departamento Internacional de Ventas estaba contento, más bien excitado, ante la magnitud de la operación. Los individuos, cinco en total, parecían africanos, quizá árabes. No se sabía exactamente en qué idioma se expresaban… Mostraban gran interés por el moderno armamento exhibido. Los encargos los verificaban utilizando los dedos de las manos. Cinco tanques, tres cañones antiaéreos, dos cañones de tamaño medio, un lanza-cohetes, cien ametralladoras, mil fusiles, mil bombas de mano… (cien veces uno de ellos mostró sus diez dedos). Cuando la lista de petición de material estuvo preparada, uno de los individuos en cuestión se dispuso a estampar su firma, mejor dicho, su pulgar derecho. De repente, sus ojos repararon en un vulgar pisapapeles de bronce fundido. Inquirió con la mirada sobre su utilidad y el Jefe del Departamento, ni corto ni perezoso, lo cogió con su mano derecha y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la cabeza de uno de los vigilantes de la exposición, que cayó al suelo fulminado. Los individuos, sorprendidos y sonrientes, se pasaron media hora indicando con los dedos que querían doscientos mil pisapapeles del modelo aludido.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.762 – Montón
Ese maravilloso viaje que le habían prometido sus padres con la mirada fija en el suelo y la sonrisa de comer limón, Corfú; la garantía de unas gafas de sol enormes, diecisiete tarjetas que venían con las flores, una copia de la esquela, una foto en la cuna, el certificado, un suplemento semanal, instrucciones de una crema para el pecho, la ecografía y la amniocentesis; prospectos de yodo, prospectos de hierro, la factura de la clínica y la del hotel. Habitación individual. Todo eso sobre la mesa, en ese orden. Y la ventana. Y al otro lado de la ventana, nada de nada.
Gabriel de Biurrun Baquedano
http://propilogo.blogspot.com.es/p/relatos-en-cadena.html
2.761 – Por algo se empieza
Estuve cenando en casa de unos buenos amigos, demócratas de toda la vida, y a los postres se habló de la falta de flexibilidad de los sindicatos para adaptarse a los tiempos modernos. Al principio entendí que la mención a los tiempos modernos era un sutil juego de palabras, pero luego advertí que no había intención irónica: o no habían visto la película homónima de Charlot o no la recordaban. Lo curioso es que la concepción que tenían del tiempo, y de la modernidad, no era muy diferente de la que se criticaba en aquella historia muda.
Luego se habló también de las supuestas conexiones entre el CESID y la red de ex agentes suyos dedicada al espionaje industrial, lo que inevitablemente condujo al asunto de Al Kassar. Tuve la osadía de indignarme un poco por todo este intercambio de intereses entre las mafias y el Estado y me dijeron que era tonto: hay que aceptar que en defensa del interés general los aparatos del Estado tengan que moverse a veces en las sucias aguas de la delincuencia. Lo que les molestaba no era eso, sino la torpeza con que delinquían las personas dedicadas a la construcción del bien común.
Hablaban en un tono seguro y reposado, y aunque ninguno de ellos procedía de Harvard -ni siquiera sabían inglés-, habían adquirido en algún sitio una sabiduría que les indicaba cuándo debían indignarse y por qué. Comprendí que representaban alguna clase de vanguardia de la que yo, sin darme cuenta, la verdad, había ido autoexcluyéndome, porque hablaban todo el tiempo de la importancia de las formas. Deduje que el gusto por los contenidos era una pasión propia de las clases menos ilustradas. Además, es verdad, si te paras a pensarlo los contenidos, como la moral, sólo les interesa a quienes no tienen otra cosa. La moral es asunto de las clases medias y bajas: una ordinariez, en fin. O sea, que me sentí como un zoquete y me retiré al cuarto de baño para meterme dentro del cuerpo un Alka Seltzer, que no es lo mismo que un Al Kassar, pero por algo se empieza.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.760 – El caballo volador
En todas las versiones de este cuento clásico el caballo es de madera o de metal. La princesa es siempre bellísima y está encerrada más allá de las nubes. Su lujosa prisión suele ser un palacio que flota en aire por arte de magia y otras veces una torre muy alta.
Un príncipe, es el héroe: monta en el caballo volador y se gana el amor de la princesa. En algunas versiones el caballo despliega sus alas. En otras, vuela llenando la tripa de aire.
Curiosamente, el inventor de semejante prodigio es un sabio feo, insignificante, en ocasiones malvado, que entregaría con gusto la facultad de inventar caballos voladores a cambio de ser hermoso y valiente, a cambio de ser el príncipe, a cambio de lograr el imposible amor de la princesa.
Exactamente lo mismo le pasa al autor del cuento.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
2.759 – Cartas perdidas
En Amalia, al sur de la Isla del Recuerdo, hay un lago de buzones formado por el fenómeno atmosférico conocido como Viento de la Guerra. En aquellos países azotados por este huracán, los buzones son arrancados de cuajo y transportados hasta esta isla donde se precipitan como lluvia de metal. En ocasiones se ven mujeres vestidas de blanco que caminan entre el agua de aluminio, dicen que vienen a buscar la carta que nunca les llegó.
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2015/03/cartas-perdidas.html
2.758 – Desidia
2.757 – Espinas
2.756 – La camiseta
Su pasión era el fútbol. Mejor dicho, «su equipo» de fútbol. Era, quizá, el reflejo de una frustración… que se acrecentó cuando «su equipo» perdió el Campeonato… por culpa de su «eterno rival». Al día siguiente, lunes, cuando iba a su casa y cruzaba un descampado, donde jugaban al fútbol unos niños, se topó casualmente con uno de ellos, que enfundaba la camiseta… del equipo rival. Lo llamó cariñosamente. El niño acudió solícito y sonriente. Le preguntó amablemente si la camiseta que vestía era de su equipo favorito. El niño respondió afirmativa y orgullosamente y añadió que también era el equipo de su papá. Entonces, el hombre, de rodillas, mirando fijamente al niño, serio, y con sus brazos colocados en los respectivos y pequeños hombros, en plan «de hombre a hombre», le dijo lentamente: «Dile a tu padre que eres un hijo de p…». El niño parecía no entender. Él insistió. «¿Me entiendes? Dile… a tu.., padre… que eres un hijo de p…». «¿Te acordarás?». El niño se echó a llorar y él se fue apresuradamente para que la gente no pensara otra cosa…


