2.833 – El doble

leon_de_aranoa  En el país al que nos referimos aquí había un doble del Presidente, humorista muy popular, nacido en el humilde barrio de La Tampita, a las afueras de las afueras. El extraordinario parecido de sus rasgos físicos sólo era superado por la lealtad con la que el humorista reproducía sus gestos, el tono monocorde de su voz, su risa extemporánea y una forma de caminar característica.
Su repertorio de imitaciones incluía la célebre Inauguración del Pantano de La Grieta, su Tropezón el Día de la Pascua Militar ante la Tribuna de Personalidades o La vez que le sorprendieron saliendo de un conocido hotel del centro de la ciudad con la reina de la canción ligera Adela Galván, siendo esta última, por su naturaleza mundana, particularmente apreciada por sus seguidores.
El parecido entre los dos hombres era tal que, en cierta ocasión, habiendo sido recibido el artista en audiencia privada por el Presidente, llevó varias horas a los responsables de seguridad de Palacio discernir al término del encuentro cuál de los dos era el auténtico.
Cuando a los pocos meses, víctima de un mal repentino, murió el Presidente, sus asesores, temiendo perder privilegios, enviaron a buscar a su doble, que continuó gobernando hasta el final de la legislatura. Bajo su mandato el país vivió un período de gran bonanza económica, y, lo que es más importante, excepcional sentido del humor.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.832 – Habitación # 4

alejandra-diazortiz23  Mientras esperaba en el salón, Sofía pensaba en lo mucho que le gustaba la primera misa.
Disfrutaba del paseo por el jardín que la llevaba hasta la capilla. A esa hora estaba más que animado por el alboroto de los pajaritos, anunciando la pronta llegada de la primavera. Sí, en ese momento se sentía plenamente feliz.
El escuchar su nombre por el pequeño altavoz la volvió a la realidad de golpe:
-Sofía, te espera un cliente en la habitación número cuatro…
Al levantarse, se alisó la falda. Se miró al espejo, repasó el carmín de los labios y sonrió: le gustaba lo que veía. Se dirigió hacia la habitación indicada. Al entrar vio una espalda que le resultaba familiar. Le saludó y el hombre se volvió.
Tras la sorpresa, apenas atinó a decir:
-¡Sr. Obispo!
-¡Sor Teresa! -balbuceó abochornado.

Alejandra Díaz-Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial – 2009

2.831 – Apolonio

Ruben-Abella-copia  Carmen salió a abrir y era Apolonio.
-Ya sé que llego tarde, cariño. Me he liado en la oficina.
-Pero hombre, usted otra vez… -dijo Carmen apenada y, suspirando, lo dejó pasar.
Apolonio la besó en la mejilla y, mientras la puerta se cerraba, preguntó por los niños.
Quince minutos después, como siempre, vinieron por él los del psiquiátrico.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

2.830 – Lo que faltaba

ana maria shua 3_b  Joven rosada rozagante lleva a componer reloj de péndulo. Relojero desarma maquinaria. Al volver a montarla, sobran piezas. Joven rosada rozagante acude a retirar artefacto. Se le entrega reloj en perfecto funcionamiento y paquete con piezas sueltas. Joven encañona relojero exigiendo devolución horas faltantes. Botón de alarma disimulado en el piso. Intervención policial. Declarada inimputable, joven pierde color y lozanía internada en institución pública. Relojero ladrón vive más de lo que hubiera merecido.

Ana María Shua
Botánica del caos

2.829 – El regreso del héroe

alba_omil2  Retornó a su Ítaca con el vigor intacto (ni viejo, ni cansado; sólo envejecido, provisionalmente, por la Diosa) y su rotoso zurrón cargado de prodigios.
Semiadormecido por el vino, los tendió en la galería de la choza mientras el porquero atendía su piara. Entrecerró los ojos para revivirlos mejor, y pudo ver cómo relucían bajo el último sol de la tarde.
Pronto tendría lugar el encuentro. ¿Cómo sería ahora ella? ¿Cómo aparecería, ahora, él a los ojos de ella?
Lo fascinaban lo desconocido, el misterio, la conquista.
Bajo el brillo de las hogueras entre el hedor de la muerte y los aromas azufrados de los sacrificios, se irguió la reina, deslumbrante y desmesurada por la gracia de Palas.
Latió fuerte el corazón del astuto guerrero, más de ansiedad que de temor.
Ella no reparó en el desconocido.
Más tarde, la vieja nodriza, al lavarle los pies, reconoció la antigua herida.
Esa noche, en el inviolado lecho de olivo, marfil y oro, un hombre y una mujer, en los umbrales de la vejez, repetían antiguos rituales, sin la magia de la novedad, del misterio, de la conquista.

Alba Omil
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015

2.826 – Naturaleza muerta

raul ariza escritor 01  Eva es delgada y alta, con un aspecto que escora hacia la armonía, y tiene esa belleza limpia y fresca de joven que debiera ser feliz.
En ella todo es como de miel. Dorado y meloso. Su carácter y también su cabello, rubio, liso y recogido en lo alto con una diadema de color blanco. Su peinado, despejado sobre la frente, descubre unos ojos claros, una mirada inquieta y un moratón sobre el pómulo izquierdo.
Su figura, en medio de esta estancia que con la creciente claridad tiene un algo de ábside gótico, parte y dispersa el haz de luz primeriza que entra por el amplio ventanal del estudio en el que, hasta anoche mismo, confiaba en la remota posibilidad de ser feliz junto a Jaime.
A Eva nada le calma más que la pintura cuando se siente mal. Así que, de pie frente al caballete, observa concentrada el lienzo que a modo de terapia comenzó a pintar de madrugada, tras el último manotazo que le dará este Jaime de ahora, tosco, amargado y siempre incómodo con la espontánea felicidad de ella. De momento apenas se vislumbra un bosquejo al carboncillo de lo que apunta será el retrato de su pareja, que se mantiene queda y muda sentada en el sillón, con los brazos relajados y la cabeza ligeramente ladeada, como en posición casual. Tiempo habrá para los matices y los colores, para el detalle de la herida en la cabeza, para conseguir ese blanco roto que capte su pálido semblante, o para acertar con el rojo terroso que mejor represente el color de esa sangre ya reseca.

Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed Talentura. 2012