Decidieron fugarse, al igual que lo habían hecho tantas parejas de enamorados a lo largo de los siglos. A su vuelta, ante el hecho consumado, los padres de la muchacha no tendrían más remedio que aceptar la situación. El plan salió a la perfección, pero se sintió molesto al regreso, ante la efusiva alegría de los padres de la muchacha, que en momento alguno tuvieron palabras de reprobación. Se casaron de inmediato y meses más tarde, tomando café en casa de sus suegros, pudo enterarse por ellos, gracias a una trivial conversación en torno al carácter fantasioso e infantil de su hija, de lo propensa que había sido su mujer a fugas y escapatorias. Lo achacaban a la lectura de novelas, a la televisión, al cine, a las malas compañías… «Desde luego, usted fue el único que se atrevió a presentarse con ella», afirmó la madre, mirándole con ojos agradecidos y tiernos.
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1.585 – Pizca de sal
A ver, señora jueza, usted me va a entender… ¿Sabe su señoría el tiempo que se lleva una en la cocina para hacer unos buenos pimientos rellenos?… Para empezar, hay que ir al mercado a escoger los más rojos y hermosos. Hay quien los prefiere verdes, pero a mí me gustan rojos, que salen más dulces… Luego hay que asarlos, con cuidado para que no se cuezan. Quitarles la piel y desvenarlos. En eso ya se fue media mañana.
Hay que conservarlos en un paño húmedo mientras se prepara el relleno. Así que se pone un kilo de carne picada en una cazuela, con su chorro de aceite, cebolla picada, dos ajos enteros, tomate picado, patata en cuadraditos, zanahoria muy pequeñita, un puñado de pasas, tres rodajas de piña en almíbar en trocitos, perejil, apio y un par de chiles o guindillas enteras, sólo para dar gusto.
Esto, señoría, se lleva su hora larga de preparación, y otra más al fuego.
Luego viene la salsa. Porque, claro, una nos los sirve así, sin gracia. Se hace a base de nata espesa y queso curado, con un chorrito de vino blanco y un suspiro de pimienta blanca. Al final, cuando se quita del fuego, hay que agregar las nueces picadas.
Entre rellenar los pimientos, meterlos al horno diez minutos, disponerlos en la fuente para llevar a la mesa, bañarlos con la salsa muy caliente y adornarlos con granos de roja granada, llegó la hora de sentarse a comer, sin un respiro.
Y todo, ¿para qué?… Para que venga el zoquete de mi marido y diga: «A esto le falta una pizca de sal…».
¿Acaso usted no le habría reventado la cabeza con el plato de pimientos?… ¡Vamos!… ¡Y tan a gusto que se queda una!…
Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012
1.578 – Amores de pago
La risa un poco ronca y una barba que siempre pincha. Así es él. No es decir mucho pero es lo primero que Lola recuerda al pensar en él.
Sus compañeras se ríen porque está enamorada.
—¿Cómo te llamaba tu madre de pequeña? —nunca se lo habían preguntado—.
—Pues así te llamaré yo —le dice el hombre de la risa ronca.
Se ven cada día. Un ratito porque tiene que seguir trabajando. La Vero le ha dicho que ese amor le partirá el corazón. Pero para la Lola es lo único bonito de su vida, el único que la besa justo antes de que Lola tenga que cobrarle el servicio.
María José Villarroya Durá
Cadena SER – Relatos en cadena – Finalista 21/06/2012
http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2012
1.571 – Tin sítulo
-Llega usted tarde, López -dijo el jefe.
-No soy López, jefe, sino Facundo.
-No se haga usted el listo y haga el favor de incorporarse a su puesto -respondió.
Encontré a López metiendo mis cosas en una caja. -¿Pero qué haces? -pregunté.
-No te hagas el tonto, López, lo sabes muy bien -dijo él.
El caso es que no lo sé, pero a la noche he cenado con sus hijos y yacido con su mujer, no están los tiempos que corren como para perder el trabajo por culpa de un quién es quién.
Alberto Corujo
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.564 – La frase final
No consigo olvidarte. Y me dueles.
Este es el final de esa carta que hoy ya ha reescrito tres veces. Una frase contundente. Piensa. Contundente y emotiva. Se dice con una sonrisa complaciente.
Luego la ha firmado con su inicial, como hacía con los mails que le envió hasta conseguir enamorarla, y la ha metido en un sobre.
Pero aunque esta noche se acueste convencido de lo contrario, mañana no llegará a enviarla. Seguro que la sueña conmovida. Quizá incluso la imagine leyéndola con los ojos arrepentidos. Temblorosa, ante esta confesión de amor nocturna. Pero ni aún así llegará a mandarla.
Mañana, a la luz de la rutina, cuando lo cotidiano le impida volver a proyectar el color de su sonrisa, la voracidad de sus besos, o la forma de su cuerpo ovillado en el sofá, recordará que tampoco fue tan feliz a su lado. Conduciendo hacia el trabajo se dirá que la quiso mucho, sí, pero que ya no recordaba la última vez que ella le dio motivos para saborear el temblor del goce, o el pálpito de la aventura. Que la quiso de verdad, sí, pero que desde hacía ya mucho tiempo sus manías le resultaban trincheras insalvables, y aquellos feroces prontos de su genio, disparos imposibles de esquivar. Y entonces romperá el sobre, haciéndolo añicos y esparciéndolos al viento mensajero.
Pero cuando de nuevo se le venga encima la tarde temprana, cuando acabe la jornada y regrese al silencio de su casa, cuando vuelva a pasar por delante del espejo en el que un día se positivó el contorno de su hermosura, volverá a coger el bolígrafo y un puñado de folios.
Raul Ariza
La suave piel de la anaconda – ed. Talentura – 2012
1.557 – La cucharada estrecha
Un fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber una gran cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue horrible: esta señora renunció a sus comentarios mordaces, fundó un club para la protección de alpinistas extraviados, y en menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante, y en todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos.
El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasco de virtud. Pero lo mismo sigue vivendo solo y triste. Cuando se cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan respetuosamente y desde lejos. No se atreven siquiera a hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que tienen de contaminarse.
Julio Cortazar
Historias de Cronopios y de Famas
1.550 – Primera Comunión
Teresina se mostraba muy nerviosa y era natural. Todos los niños experimentan lo mismo, días antes, cuando van a hacer su Primera Comunión. Y llegó el día, y a la niña la vistieron de blanco, como si fuera una novia. Radiante estaba Teresina y su madre, y sus abuelos, y sus tíos y demás parientes por parte de madre. Todos juntos, en varios coches, se dirigieron a la iglesia parroquial. La ceremonia resultó muy emotiva, el fotógrafo hizo las fotos de rigor y luego se fueron todos a casa, para celebrar el hermoso día en torno a una copiosa mesa donde no faltó el espumoso. Casi todos los niños, al final de la jornada, suelen sentir una enorme pena cuando se desprenden del traje de su Primera Comunión. El día feliz ha terminado. Pero Teresina fue a la cama, feliz, rendida y contenta. Sabía que el domingo siguiente celebraría su Primera, mejor dicho, Segunda Comunión, con su padre, sus abuelos, sus tíos y demás parientes por parte de padre. En otra iglesia, con otro sacerdote, pero siempre con seres queridos. Y volvería a repetir el almuerzo en casa de su padre, con sus abuelos… Y volvería a recibir muchos regalos. Le preocupaba solamente una cosa: ¿Se repetirían los regalos? ¿Su padre y su madre se habrían puesto de acuerdo? ¿Sus abuelos habrían hablado antes? ¿Y los tíos? ¿Y los padrinos? La madrina era hermana de su madre y el padrino hermano de su padre. Desde cuando sus padres se habían separado, jamás supo si se hablaban entre ellos. La verdad es que tampoco le había importado mucho. Y llegó el día tan esperado. Y de nuevo volvió a comulgar, por vez segunda, con el mismo traje de la primera vez y sus zapatos blancos. Y de nuevo cortó en casa de su padre la tarta. Y todos aplaudieron. Cuando el lunes regresó al colegio y contó a sus compañeros y compañeras de clase lo de su segunda comunión, todos sintieron envidia de Teresina. Y muchos niños, al volver a casa de sus padres, se sintieron frustrados al verles juntos viendo la televisión, sin hablarse casi siempre… De todos modos, era lo mejor que podían hacer, porque cuando abrían boca era para iniciar una de sus habituales discusiones, interminables y desagradables. Y más de un amiguito de Teresina envidió a ésta y deseó fervientemente que sus padres se separaran de una vez por todas… Para algunos era la primera cosa que le pedían a Dios.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
1.543 – Todos somos tú
En el año 2001*, resultó sorprendente el partido de fútbol entre los equipos de Treviso y Génova.
Un jugador del Treviso, Akeem Omolade, africano de Nigeria, recibía frecuentes silbidos y rugidos burlones y cantitos racistas en los estadios italianos.
Pero en el día de hoy, hubo silencio. Los otros diez jugadores del Treviso jugaron el partido con las caras pintadas de negro.
Eduardo Galeano
Los hijos de los días – Siglo XXI – 2012
* 21 de junio de 2001
1.536 – Burbuja inmobiliaria
Para empezar, un dúplex fue su mayor ilusión. La pasión arriba y la cocina abajo.
Tres años más tarde, fue suficiente con una sola planta.
Al colmarse el salón de juegos infantiles, se adosaron a un chalet.
Cumplido el ciclo, los hijos desplegaron las alas. Desde entonces les basta con dormir en soledades separadas.
Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012
1.529 – Mujer portátil
Una mujer que aprenda mi nombre a besos cada día. Mujer que ronque como roncan las notas de un bandoneón. Mujer duplicado de mis llaves. Mujer hoja del árbol que soy; palabra de cuanto hablo. Una mujer que no tenga país de origen. Que cuando diga su nombre: llueva.