1.672 – Seguro de vida

alonso ibarrola El agente de seguros llamó a la puerta y con su insistencia y verborrea consiguió entrar y sentarse en el sofá del salón-comedor, junto al cabeza de familia. Éste, al principio escéptico y esquivo, se fue mostrando al rato, interesado en el asunto. El agente trataba de convencerle para que suscribiera una póliza «seguro de vida». Insistió mucho en el futuro de su mujer e hijos y en los peligros que ofrece la vida moderna -accidentes de coche, de avión, el cáncer, los infartos de miocardio, los ladrillos que caen de los tejados…- y tanto reforzó estos argumentos, describiendo un panorama tan negro para la presunta viuda y los presuntos huérfanos que, el hombre, en un momento determinado, prorrumpió en sollozos incontenibles. Alarmada, acudió su mujer a consolarle, al mismo tiempo que enojada gritaba al agente de seguros: «¿Qué le ha dicho usted a mi marido?». El agente, cabizbajo, se fue pronunciando confusas palabras…

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.665 – Primera línea de playa

 pilar galan5 Desde la terraza del apartamento se ve solo un poquito de mar entre las torres de los hoteles. No importa, a la terraza no salen casi nunca, porque es enana y está abarrotada de colchonetas y cubos. Además, a partir de las nueve de la mañana, el sol cae a plomo sobre los baldosines sin toldos, un lujo, como el aire acondicionado no incluido en el alquiler. Se supone que la vida hay que hacerla en la playa, de ahí las incomodidades del piso, pero a las cuatro de la tarde el Mediterráneo es un caldo incluso para los pequeños, que nunca duermen siesta, aunque aquí, a pesar de los cuarenta grados, caen enseguida.
Aún son las ocho de la mañana y ya se ve el movimiento de las terrazas, los camiones de reparto, el rumor de las mangueras sobre el cemento que arde.
Mientras desayuna, hace mentalmente la lista de la compra, prepara el menú, y selecciona qué se pondrán hoy. Luego, recoge lo poco que se puede recoger y empieza a barrer la arena del pasillo, sorteando maletas y zapatos. Queda una hora para que se levanten todos y comience el desenfreno de tazas y turnos de ducha. No sabe qué hacer, porque, aunque ha traído libros, no hay sitio para la lectura, salvo la terraza, donde ha empezado a calentar hace ya rato. En el salón duermen los cuñados, y el baño y la cocina no tienen luz suficiente. Solo queda echarse a la calle y sentarse a tomar otro café hasta que la llamen.
En el portal se cruza con otra mujer que lleva un libro en la mano. Sonríe, porque intuye que ni siquiera es original en esta angustia de calor y agobio, en este sentimiento horrible de contar cuántos días faltan para que se terminen de una vez las malditas vacaciones.

Pilar Galán

Paraíso posible. De la Luna libros. 2012

1.658 – El cine…

cine El cine estaba atestado. Yo temblaba como el adolescente que era. Después de mucho pensarlo deslicé la yema de mis dedos sobre el dorso de su mano, en la nervadura de sus venas. Su pelo desprendía un aroma a jazmines estrujados que me turbaba el sentido. Había una fiesta en casa de Bette Davis, recuerdo. Respondió a mi caricia apresándome el pulgar con trémula suavidad. Lo he buscado, pero no he vuelto a encontrar un momento de pasión semejante en toda mi vida.

César Vicente

http://www.revistaparaleer.com/premiosms2011/mas_votados/19/10

1.651 – La huida

Abuelos (1) Desde la habitación de su hermanita oye a los abuelos que planean fugarse.
—Ponte el traje Damián, huyamos con cierta elegancia —la abuela mantiene sus prioridades.
—Me han dicho que es precioso —dice el abuelo—. Allí siempre es primavera, como a ti te gusta.
Oye cuchicheos, secretos susurrados que se deshacen en las paredes. Quizás besos. Le parece imposible que huyan porque su abuela está inválida, pero se equivoca, le sorprenden dos portazos que suenan rotundos. Primero se habrá fugado uno y luego el otro.

Ander Balzategi Juldain

Relatos en cadena. Cadena SER – Finalista del 21/2, semana 18

Ilustración: http://soulnoe.blogspot.com.es/2012/07/26-de-julio-dia-de-los-abuelos.html

1.644 – La fábula de un feo

agustin martinez valderrama2 Se despertó y aseguró que ya no era un hombre, sino una nevera.
No es fácil, no, de un día para otro, y para unos padres de mediana edad y talento, hacerse a la idea, advertir, que un hijo, su hijo, por muy feo que sea, ya no es un hijo, su hijo, sino que es, en su fábula, un electrodoméstico de cocina.
No es fácil, no.
A pesar de que éste se despierte y lo diga así, de seguido.
Todavía feo, sí, pero con tal convencimiento y afán que nadie en la casa osa llevarle la contraria.
En la casa y alrededores.
Nadie.
Y eso a pesar de la falta más que evidente de display: accesorio propio, indiscutible, en la fisonomía de cualquier nevera moderna, más allá de gamas y modelos. Y más allá, también, de la supuesta existencia o no -aunque esto ya serían conjeturas a falta de lo que dictaminase la autopsia- de compartimentos interiores, cajón de zona cero o huevera para los huevos.
Pero tal era la certeza del feo, su persistencia.
Incluso, por un instante, se escucha el ruido del compresor.
Prrp, prrp, prrp.
O algo así.
Serían sus tripas, ¿no?
Puta fábula.
Que en fin, que qué se le va a hacer.
Pues nada, seguir.
¿Y luego?
Tirar la vieja, enchufar al feo a la corriente, pegarle un imán, dos.

Agustín Martínez Valderrama

1.637 – Romance

 Azucena Rodríguez La aldeana parió dos hijos el mismo día desventurado. Su suegra le hizo juicio de adulterio. La nuera alegó: “No só culpable, que yací con mi señor marido dos vezes en una misma noche.” El tercer hijo dio en ser morenico a los pocos meses de nascido. La suegra volvió a protestar y la aldeana a atestiguar: “Que la nodriza morena es, e su leche le oscureció”. La suegra quedó conforme, ca ella alimentó al su hijo con leche de cabra e, ya marido, tornóse cabrón.

Adriana Azucena Rodríguez

1.616 – Los asesinos precavidos

 fernando-leon-de-aranoa02 Los científicos de la Antigüedad creían que, al morir, quedaba grabada en la retina de nuestros ojos la última imagen que habían visto. Suponían, por tanto, que buscando en ella encontrarían el rostro del asesino en el momento de asestar la puñalada definitiva, como si se tratara de una placa fotográfica, revelando su identidad. Por ese motivo, las víctimas de crímenes violentos aparecían con frecuencia con las cuencas de los ojos vacías.
Hoy sabemos que no es así.
Sin embargo, los asesinos, precavidos, siguen matando por la espalda.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013