925 – Un caso de alcoholismo

 Conozco a un editorialista que nos explica el mundo cada día desde las páginas de su periódico, pero que no es capaz de comprender lo que le pasa a su mujer.
-Hace cosas rarísimas -me cuenta-. El otro día se le cayó al suelo una taza de café y se echó a llorar como si hubiera sucedido un drama.
-¿Estaba llena o vacía? -pregunté para ganar tiempo.
-No sé, creo que tenía agua.
Le sugerí que quizá no fuera agua, sino ginebra. Muchas mujeres beben detrás de las puertas y sienten por ello una culpa insoportable. Mi amigo reconoció que había descubierto varias botellas vacías bajo el fregadero, aunque negó la posibilidad de que su mujer fuera una alcohólica clandestina. Fíjense: un hombre al que le parece verosímil que Clinton bombardee Afganistán para desviar la atención del caso Lewinsky, no era capaz de entender que su mujer bebiera a escondidas.
Comimos juntos y me hizo un análisis minucioso del panorama nacional e internacional. Me costó mucho entender la devaluación del rublo y la caída de las bolsas asiáticas. No me excité con los arrebatos pasionales de Pujol por Duran, ni de Marqués por Cascos, o viceversa, pero asentí a todo para que dejara de analizar, pues se trata de un analítico compulsivo y despieza la realidad con la misma crueldad que un niño un juguete.
-Lo que no entiendo -dijo al fin- es que mi mujer se haya dado a la bebida. Si tiene todo lo que quiere.
-Clinton también, y se ha entregado a los bombardeos porque las felaciones no le llenan. La gente es muy rara.
-No compares a mi mujer con Clinton -respondió-. Ella no mataría ni una mosca para ocultar un adulterio.
Sin embargo, pensé yo, lo mismo se mete dos botellas de ginebra al día para soportar los razonamientos de su marido. Unos atacan hacia fuera y otros hacia dentro. Le sugerí que escribiera un editorial intentando explicar lo que le pasaba a su mujer, a ver si eso le ayudaba a comprenderlo. Pero no me ha vuelto a llamar.

Juan José Millás

924 – Fantasías eróticas

 Fantasías eróticas se amontonan en el ángulo superior del Cuarto Veintisiete. Están a disposición de los clientes: ¡los hay tan poco imaginativos! Su condición mental las hace más livianas que el aire y el viento de los deseos frustrados las empuja hacia el rincón más alejado de la puerta. Algunos las miran durante horas enteras sin decidirse por ninguna. Para que esa fascinación no ocasione pérdidas a la Casa, se cobra por entrar al Cuarto Veintisiete una tarifa equivalente a la que pide La Que No Está.

Ana María Shua

923 – Tras la pared

  Los oigo copular a todas horas, tras la pared de mi habitación. Quizás debí emparedarlos por separado.

Óscar Sipán
Ganador del III Concurso de Microrrelatos de Terror y Gore (2009), que organiza el Festival de Cine de Terror de Molins de Rei (Barcelona).
Velas al viento. Los microrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía, 2010

921 – Mendigos

 

 Algunos mendigos son monótonos en sus peticiones callejeras. Todos los carteles que escriben dicen lo mismo v los transeúntes terminan por aburrirse y pasan indiferentes. Tengo una idea. No expondrían problemas personales, ni situaciones angustiosas. Un cartel, renovado cada día, indicando el título del espacio más interesante que la televisión emitirá por la noche, así como su hora de proyección y el canal. Sería algo útil, provechoso v llamaría la atención. Un cartel que diga, más o menos: «Hermano, estoy sin trabajo y sin televisor. Esta noche no podré ver la película tal y tal, protagonizada por fulano y zutano… y usted sí. Ayúdeme, por favor». ¿Les conmoverá?
Temo que aprieten el paso para llegar a tiempo y no perderse el comienzo del film anunciado.

Alonso Ibarrola

920 – Revelación

 Por casualidad ella entra en la cafetería Riofrío y ve a su amante en una mesa del fondo, charlando con unos amigos. Lo conoce desde hace dos meses y está muy ilusionada, pues intuye que por fin ha encontrado al hombre de su vida, alguien que la entiende y la respeta, que colma sus anhelos más íntimos, dentro y fuera del lecho. Pide un cortado en la barra. Saca del bolso el teléfono móvil y, con la piel sublevada, viéndolo sin que él la vea, lo llama para darle una sorpresa y, por qué no, proponer una cita rápida en el cercano hotel NH. En la cafetería empieza a sonar una insulsa melodía electrónica. Él mira la pantalla del teléfono, pero en vez de contestar se la muestra a sus amigos y, con un gesto burlón, corta la llamada. Ella, desconcertada, llama de nuevo. Vuelve a llenar el aire el soniquete machacón y sin matices. Él corta otra vez la llamada. A continuación teclea un mensaje y, antes de enviarlo, lo hace circular por la mesa para que todos lo lean. Ella lo recibe unos segundos más tarde: “Estoy reunido, amor. Luego te llamo”. En la mesa no paran de reírse. Llega el cortado. Presa de un temblor repentino, ella deja unas monedas sobre la barra y se va sin probarlo.

Rubén Abella
Velas al viento. Los microrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía, 2010

919 – Detrás de los muros

 Los viernes en la noche suelo verla.
El restaurante barroco acostumbrado, que elige ella… Única, resplandeciente, seductora.
Un leve temblor me asalta siempre. Se esfuman mis años cuando la miro. Estas emociones a mi edad, pienso…
Persigo cada movimiento suyo.
Ella intuye mi presencia. Se aproxima a la mesa reservada, se sienta.
Su sonrisa me pertenece, aseguro.
Finalizada la cena, en el tocador arregla su pelo, colorea sus labios.
Escondido detrás de los muros, contengo esta pasión adolescente, mientras su marido paga la cuenta, la toma del brazo, roba la sonrisa y se la lleva a su casa.

María Fabiana Calderari
Velas al viento. Los microrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía, 2010

918 – Tormento de un marido engañado

 Palacio real de Tebas. Medianoche. Alcmena, desvelada, mira el cielo raso del dormitorio. Su marido, Anfitrión, anda lejos, guerreando con el enemigo de turno. Lenta, silenciosa, la puerta se abre y aparece Anfitrión. Bien, no es Anfitrión, es Júpiter que ha tomado la figura de Anfitrión. En ayunas de la superchería, Alcmena se levanta, corre a abrazarlo.
-¡Has vuelto! Señal de que terminó la guerra.
-La guerra no terminó -dice él mientras se despoja del uniforme-. Me tomé unas horas de licencia para estar contigo. Pero al amanecer debo irme.
-¡Qué gentil eres! –gorjea Alcmena. -Basta de conversación. Vayamos a la cama.
Júpiter es un dios, el más libertino de todos y el más sabio en cuestiones amatorias. Cuando a la madrugada se despide, Alcmena no lo saluda porque todavía boga, sonámbula, por el río de la voluptuosidad. Se comprende que el verdadero Anfitrión, a su regreso, sufra: por más que se empeñe en complacer a Alcmena, ella tendrá el rostro siempre crispado en un rictus de nostalgia y de melancolía.
Cualquier otra mujer, en su lugar, se habría mostrado exigente y después desdeñosa, y recordando los esplendores de la noche jupiterina le habría gritado finalmente a Anfitrión: «Ya veo. Se te agotó pronto el vigor».
Pero Alcmena es una criatura delicada y honesta que hasta el fin de sus días atormentará a Anfitrión con aquel triste semblante de esposa defraudada.

Marco Denevi

917 – Caperucita ‘reloaded’

  Mientras los gritos del leñador rasgaban el silencio del bosque, Caperucita escuchó la caricia de sus palabras como una canción de cuna: «No te preocupes, mi niña; que yo no dejaré que te coma». Caperucita se abrazó a su cuerpo caliente como si fuera un enorme peluche y con todas sus fuerzas deseó que todo tuviera un final feliz. De pronto la puerta de la cabaña reventó en mil pedazos y entró aullando como una bestia, con el camisón todo ensangrentado.
-¡Escóndete en el armario, Caperucita!
Desde su escondite Caperucita oyó los gruñidos, las dentelladas y los crujidos de los huesos cuando se rompen. ¡Pobre, Caperucita! Primero mamá, después el leñador, ahora el lobo… ¡Mierda de abuela!

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009