Aquella mujer se dejó llevar por el deseo compulsivo de comer yeso. Falta de calcio, pensaba; hasta que un día empezó a crecer alto, muy alto, y en medio del pecho le apareció, abierta, una ventana.
Leticia Herrera Álvarez
Sin mi mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.
-Lo sé -respondió-, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizás ya innecesaria.
Los hombres salen del salón y se enfrentan en la calle polvorienta, bajo el sol pesado, sus manos muy cerca de las pistoleras. En el velocisimo intante de las armas, la cámara retrocede para mostrar el equipo de filmación, pero ya es tarde: uno de los disparos ha alcanzado a uno de los espectadores que muere silencioso en su butaca.
Contó con pelos y señales cómo lo habían atado a un palo y cómo la multitud lanzaba piedras y más piedras contra él. Una de ellas le alcanzó en el rostro y ya no sintió nada.
Debieron ser muchos, me confesó algunos años después. Treinta millones de piedras no las tiran sólo cuatro idiotas.
Ella andaba siempre de aquí para allá, preguntando por alguien a quien nadie conocía. Hasta que un avispado paseante le dio pelos y señales del lugar donde encontrar a quien buscaba. Entonces supo que aquel ser monstruoso, producto de su imaginación, se había hecho realidad. Tenía nombre y apellido. Esperaba en una concreta dirección de la ciudad a que ella, inevitablemente condenada, llamara a su puerta.
Aquel escritor era tan vanidoso, que se ofendió mortalmente con su editor porque no lo había incluido en una antología de los grandes plagiarios del siglo.
Cada amanecer ella abría la ventana y allí abajo estaba el lago. Y en el lago el monstruo y en el monstruo el barco que el monstruo se había engullido de un solo bocado. Y en el barco estaba el capitán apuesto y en el capitán su corazón de oro.
Ella entendió muy pronto que el capitán era el hombre de su vida, y cada amanecer al abrir la ventana ella saludaba al hombre de su vida, en la panza del monstruo, y también ¿por qué no? al monstruo que era invisible.
Al que no saludaba jamás era al lago porque temía que el lago, decidido a devolverle el saludo, subiera hasta su ventana sin el monstruo ni el barco y menos que menos el hombre de su vida. Había oído decir que se trataba de un lago muy celoso, como son celosas algunas pistolas.