975 – Ladrón de sábado

 Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: «¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.
A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.
Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.

Gabriel García Márquez

 

 

 

974 – Se vende

 Al salir esta tarde del cine, me he quedado de una pieza al oír a una vendedora de cigarrillos que ponía en venta mis lágrimas. No daba crédito a sus gritos que, sin embargo, no parecían impresionar a los demás transeúntes. Levanto el cuello de mi abrigo y camino hasta casa tratando de no darle importancia. Pero en la carnicería de la esquina ha llamado mi atención una brillante asadura que lucía colgada de un gancho de acero y ostentaba en un mugriento cartelito su procedencia: era mi nombre. Subo las escaleras de dos en dos y, ya en casa, entreabro temerosa mi abrigo: descubro un hueco donde debía estar mi vientre. Como ya me parece demasiado corro a buscar confirmación en el vecino de enfrente. Después de aporrear su puerta me abre y, con un ejemplar del ABC en la mano me dice encantado que vaya suerte la mía, resulta que mi esquela es la más grande y ostentosa del diario.

Natalia Pérez

973 – Dragón

 Todos los hombres que visitan esta casa más de un par de noches seguidas quieren quitar el mueble del pasillo. Tienen una fijación con la bestia oscura que nos limita el paso entre la cocina, el baño y el salón. Al principio todos proponen la misma idea-objeto: hacha. Los que perseveran (en seguir entrando en casa) refinan un poco la violencia del método: desencolar, serrar, desencajar. Hubo quién, tras acechar al monstruo día tras día, descubrió que estaba hecho igual que los de IKEA, y ducho en la materia, se ofreció en cuerpo y alma para acabar con él en los tres días mágicos (viernes-sábado-domingo) de que gozan los mortales para las tareas sobrehumanas. Prometió que así la luz llegaría a este reino.
El dragón sigue en el pasillo.
El caballero se rindió, dejó de luchar con el dragón y, con ello, de entrar en la casa.
En su huida perdió, además de nuestra admiración, la clave para matar al animal. Pero aún no nos hemos puesto manos a la obra, por si acaso no vuelven hombres a esta casa cuando ya no tengan ninguna bestia que aniquilar.

Elena García de Paredes
Relatos relámpago, Editora regional de Extremadura. Mérida, 2007

971 – IV Centenario

 Desde que leyó que al Quijote le sobraban cuatrocientas páginas, las que van desde en un lugar de la Mancha hasta se murió cuerdo, anda un poco malamente. Ahora le ha dado por arrancar páginas. Del Quijote y de otros libros. Dice que no ha leído en su vida una crítica más certera.

Pilar Galán
Relatos relámpago, Editora regional de Extremadura. Mérida, 2007

970 – Revelación

 Estaba sentado en el sillón del living, leía un libro. Cuando escuché el timbre me sobresalté. No esperaba a nadie: nunca espero a nadie. Pocas veces alguien toca mi timbre. Algunas mañanas el portero del edificio, cuando limpia el tablero de la puerta de entrada. A veces algún vendedor, o religiosos a quienes jamás atiendo. De modo que, en mi sillón, leía un libro, escuchaba música, tomaba un trago, una copita de licor irlandés, y escuché el sonido del timbre. Pensé en quedarme así, sentado en el sillón. Después de todo no tenía por qué atender a nadie. Era sábado por la tarde, mi día de descanso. Había trabajado toda la semana, y me quedaría allí para disfrutar de mi licor Baileys, de mi libro de Carver, del disco de Chet Baker. Pero de pronto pensé otra cosa. Fue como una revelación. Podía ser ella. Sí, podía ser ella que volvía. Podía ser ella, que volvía a buscarme, a decirme que no se había olvidado de mí. Me levanté de un salto y corrí hasta levantar el auricular del portero eléctrico. Grité «hola, hola, sí, quién es, hola». Pero nadie respondió. Abrí la puerta y salí al pasillo. Como el ascensor no funcionaba debí bajar los tres pisos, saltar rápido los escalones de dos en dos. Abajo tampoco había nadie. Mala suerte, me dije, y emprendí el lento ascenso de los tres pisos. En casa la música se había terminado y ya no quedaba licor. Quedaba el libro, pero ya no tenía ganas de leer.

Diego Paszkowski
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

969 – Amores cansados

 Érase un mascarón que vivió en la proa de un barco viajando a lo largo y a lo ancho de los mares. No hubo rincón ni playa ni paraje alguno que pasara desapercibido a sus ojos ávidos de todo. Pero a lo largo de los años comenzó a sentir el deseo de asentarse en tierra firme, de conocer a alguien que llenara con besos el vacío que no llenaban ya los mares. Para entonces, su hermoso traje azul y sus ojos soñadores habían perdido el color consumidos por la sal.
Cierta vez, en uno de los puertos a que arribó la nave, descubrió en un pequeño escenario de titiritero a una hermosa marioneta que soñaba con viajar. Había vivido siempre en ese puerto mirando llegar y partir los barcos, y había soñado con conocer a alguien que la llevara a recorrer el mundo, a visitar con sus ojos lo que sólo visitaba con la imaginación. El viento marino despeinaba sus cabellos lacios y su cuerpo de madera repetía, mecánicamente, las palabras del titiritero.
Así se conocieron el mascarón y la marioneta. Se besaron. Visitaron la playa cercana y se amaron en la arena, prometiéndose una colección de muñequitos de madera a los que darían un nombre y llevarían a la escuela, ayudarían a crecer y a ser felices. Y así durante varias noches, en las que el barco estuvo anclado en la bahía a la espera de buen tiempo y después durante varios inviernos, hasta que el cansancio del mar y el cansancio de la tierra les trajeron la indiferencia y el desamor.

Fernando López
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

968 – Rúbrica

 Disfrazados de operarios de telecomunicaciones -rollos de cables y caja de herramientas- llegaron a la puerta del departamento.
-Venimos a verificar cómo anda su teléfono.
-Era tiempo. Entren -dijo la esbelta anciana con la más inocente disposición de ánimo. Su esposo dormitaba en su sillón de paralítico. Dos canarios gorjeaban en su jaula en un rincón del living room.
Cuando, ya adentro, uno de los asaltantes puso el cerrojo en la puerta, la desesperada intuición de la mujer no tuvo tiempo de explotar. Un manotón velludo le tapó la boca y dos brazos robustos le trabaron todo movimiento, arrastrándola hacia el lecho conyugal. El esposo despertó sobresaltado por el bullicio. Quiso gritar a su vez; pero un golpe feroz con una barreta de hierro quebró su voz en el acto. Y un tramo de cinta emplástica cruzó la mueca atroz borrándola para siempre.
Sujetos de pies y manos con cables, la búsqueda de joyas y dinero fue una tarea cómoda y prolija. Los tres jóvenes revolvieron todos los muebles y vaciaron vasos y floreros en donde la astucia suele esconderlos o disimularlos.
El botín era escaso.
De improviso, con ademanes de holgorio, el menor señaló bajo un cuadro el orificio de una caja de seguridad embutida en la pared. Corrió a la cama y alzando su navaja sevillana en inminente amenaza, arrancó la mordaza:
-Diga dónde está la llave de la caja o la mato.
La anciana, semiinconsciente, no pudo articular palabra. Un par de cachetadas la despabilaron.
-Diga dónde está la llave de la caja o la mato -vociferó de nuevo, broncamente.
-Es …tá… den …tro… la… jau…la… ¡A…se…si…no!…
-¿Asesino, yo? Ahora tenés razón, y sañudamente cayó el rayo mortífero de la navaja en su pecho.
Despojado todo el caudal, ya tomadas las previsiones de la fuga antes de sacarse los guantes, el menor llevó la jaula a la ventana de un patio interior y soltó los canarios.
-Hiciste bien, pibe.
-¡Vamos, escabullámonos!
En el horror del crimen fue el rasgo que rubrica la ternura de los monstruos.

Juan Filloy
El límite de la palabra. Ed. de Laura Pollastri. Editorial Menoscuarto 2007

967 – Hay solamente una

 Anoche vino otro fantasma y ella se puso a examinar sus huellas sutiles: pelusas de niebla, uñitas de alas de zancudo, cabellos minúsculos deshaciéndose en el aire, como pompones de diente de león. Ella descifró sus andares de osezno sobre la tenue pátina de polvo y descubrió los surcos de musgo que sus deditos de nieve dejaron en la superficie satinada de los álbumes. Pero no era su olor. No era su fantasma. Si hubiera sido él ella lo habría sabido, porque las madres siempre reconocen a sus hijos.

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009

966 – Los novios

 Veinticinco años de noviazgo eran muchos años. Así lo estimaban los dos, es decir, el novio y la novia. Sólo tenían una alternativa: casarse o separarse. Probaron la separación. Imposible. Ella prorrumpió en llanto al doblar la esquina, ante el asombro de los peatones. Él la llamó por teléfono ansiosamente por la noche a su casa, jurándole que no podía vivir sin ella. Decidieron casarse. La noticia conmovió a la madre de la novia. Lloró, sollozó sin tregua ni pausa. «Mi hija, mi pobre hija -decía-, casarse así… tan de repente».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010