Flora llegó a Los Albaricoques con once mil kilómetros de océano apretujados en la maleta y sesenta euros de futuro. También llevaba la foto de Lucía y una dirección. Cuando su novia virtual abrió la puerta, se lamentó de tanta agua.
Etiqueta: Miércoles
1.793 – El deseo
Imagino que a usted le gustaría entrar en el establecimiento, curiosear por los expositores, tocar esa mercancía tan provocadora, conversar con la joven rubia que le está invitando a pasar desde el fondo y que, cada vez que alza la mano, deja al descubierto un dragón azul ovillado en torno a su minúsculo ombligo. Imagino que no es la primera vez que sucede, porque usted parece uno de esos tipos que viven en una encrucijada constante, dubitativo en la antesala de las dos puertas en litigio: la del deseo y la de la renuncia. Imagino que buena parte de su vida ha consistido en ignorar los arrebatos de la química por obedecer sumiso las leyes estables de la física. Imagino que no habría sido distinto si hoy se hubiese usted escapado del grupo, tomado el metro hasta Blanche y caminado solo por el bulevar de Clichy, porque, en lo tocante al deseo, no hay testigo más incómodo que uno mismo. En fin, imagino que la señora que le tira con fuerza del brazo para conjurar sus malos pensamientos ante el escaparate del Musée de l’Érotisme es su querida esposa, la misma que un día le confesó que no quería morirse sin haber visto París.
Antonio Serrano Cueto
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1.786 – La seis dedos
La llaman (los que saben y han probado) La Seis Dedos, pero el sexto es retráctil y nada en esa mano perfectamente lisa parece insinuar su existencia. Y corre el rumor de que sólo a veces y sólo para algunos se asoma ese sexto extensible y velloso gusano rosado, capaz de hacer que el mundo estalle en rítmico placer, sólo para los mejores, como yo, dicen todos, y quién será el primero en confesar que no lo ha visto, que nunca lo ha sentido.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.779 – Lámpara suiza
Cada mañana el señor oscuro se ocupa de la disección del lenguaje sobre la gran mesa de madera de la cocina, bajo la potente luz de la lámpara suiza. Desnudo, peinado y perfumado, cubriendo gran parte de su níveo cuerpo con el acostumbrado delantal azul ultramar, embutidas sus manos en guantes de látex hasta la mitad de sus brazos, armado de cuchillos, cinta métrica y báscula, y teniendo muy cerca de su mano derecha la bandeja con el instrumental de disección: bisturí, pinzas, tijeras… da comienzo al diario ritual de la metamorfosis, abriendo en canal los párrafos y las frases, deshuesando, con extrema delicadeza, nombres, verbos y adjetivos, desangrando los profundos cauces de su sentido hasta dejar los significados vacíos y pálidos como paisaje de venas tras el paso de un vampiro. Viene luego el tiempo del limado, limpiado y abrillantado de cada fonema, con el mismo esmero y mesura con los que se maquilla a un muerto.
Las palabras, entonces, ya anodina masa inerme, linaje de la morgue, pueden ser troceadas al gusto, sus minúsculas partes se unen luego con otras desconocidas surgiendo así sonidos turbadores, extraños, que nadie entiende pero que engalanan a quien las pronuncia con una suerte de aureola de misterio y sabiduría.
Julia Otxoa
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1.772 – Túnel de lavado
Metí mi Seat Ibiza en un túnel de lavado y me devolvieron un Mercedes último modelo. Cuando el empleado me abrió la puerta con una sonrisa servil, me sentí obligado a darle una propina muy superior a la habitual. Llegué a mi casa, que ahora era una gran mansión en cuyo jardín crecían yucas y ciruelos chinos. Dejé el coche junto a un árbol de una especie para mí desconocida. Varias decenas de gorriones descansaban en sus ramas superiores. Oí la voz de mi mujer llamándome desde el interior de la casa. «¿Te has acordado de mis revistas?», me preguntaba. «Sí», contesté, porque bajo el brazo llevaba una revista de modas y dos de decoración. Entré en el salón, cuyos amplios ventanales daban a una extensa superficie de césped y a una piscina con la forma de una inmensa oreja. Cuando se me acercó, yo pensé que quería darme un beso pero lo único que hizo fue recoger sus revistas. «Corre a vestirte, que no hay mucho tiempo», me dijo, subiendo ya por las escaleras. En el otro extremo del salón estaba la mesa del comedor, que dos doncellas preparaban para la cena. Conté el número de sillas: seríamos ocho los comensales. Mi mujer volvió a apremiarme desde el piso superior: «¿Es que no me has oído? Tenemos solo media hora». Subí también yo y entré en una habitación elegida al azar.
A1 ver sobre la cama una camisa limpia y un traje de mi talla comprendí que ahora dormíamos en habitaciones separadas y aquella era la mía. Abrí el armario y me entretuve escogiendo una de mis corbatas y contando mis pares de zapatos. Una vez vestido bajé al piso inferior y me senté a mirar la piscina, que a esas horas de la tarde estaba ya iluminada. Poco a poco fueron llegando los invitados, a los que yo recibía con anodinas fórmulas de cortesía. Durante la cena hablamos de todo un poco. Yo me mantuve la mayor parte del tiempo en silencio y, cuando me pedían mi opinión sobre algún asunto, decía que lo conveniente en ese caso era tomar medidas drásticas. «Medidas drásticas», repetían ellos con admiración, y luego alguno sacudía la cabeza y agregaba: «Está claro. Medidas drásticas. Lo hemos entendido». Después de cenar salimos al jardín y nos servimos unas copas de whisky. De repente descubrí que mi mujer estaba bellísima en su vestido de noche negro. Estaba además tan animada que deseé quedarme a solas con ella. Esperé apenas un cuarto de hora para levantarme y decir que todos esos asuntos de los que habíamos hablado merecían una reflexión reposada. En cuanto se despidieron subimos al piso de arriba. Ahora era yo quien se sentía animado. Mi mujer, en cambio, dijo que se moría de sueño y me indicó la puerta de mi dormitorio. Ya por la mañana, me despertó el trinar de unos pájaros y al asomarme a la ventana vi el mismo árbol desconocido de la tarde anterior. Luego vi mi coche, con el techo y el capot repletos de cagaditas de pájaro. Lo primero que hice después de desayunar fue llevarlo a lavar. Metí el Mercedes en el túnel y me devolvieron mi Seat Ibiza. Di al empleado una propina modesta y decidí pasar por casa. Como el ascensor estaba estropeado, tuve que subir andando. Al ir a abrir la puerta comprobé que el cerrojo estaba echado. Llamé al timbre y oí la voz furiosa de mi mujer en nuestro pequeño recibidor. Me decía que estaba harta de mis aventuras nocturnas. Me gritaba: «¿Qué historia me vas a contar esta vez? ¡Me cuentes lo que me cuentes, no me lo voy a creer!».
Ignacio Martínez de Pisón
1.765 – Mercado
Fuimos a buscar un abuelo nuevo, porque el que teníamos estaba ya muy viejito y no nos servía para nada. El primero que nos enseñaron era de muy buena calidad, elegante, perfecto para las fotos de familia y a juego con los muebles del salón, pero parecía bastante aburrido y salía un poquito caro. A mí me gustó el que contaba chistes verdes, lo que pasa es que traía diabetes y tenía mal aliento. También intentaron vendemos un par que, si te los llevabas juntos, te hacían descuento y te regalaban los bastones, pero no nos pareció práctico. Así que finalmente nos quedamos con este, que viene con dentadura de recambio y sabe volar cometas.
María José Barrios
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.758 – Chasco por Navidad
Si reservas con tiempo coges vuelos baratos. Si no reservas con tiempo mejor te vas en coche. Si te vas en coche revísalo antes de viajar. Si no lo haces lleva al menos cadenas en el maletero. Si no llevas cadenas mejor no salgas de casa. Si no vas a salir de casa compra con tiempo. Si no compras con tiempo cierran los supermercados. Si no tienes comida prepárate para reservar. Si no reservas con tiempo no hay sitio en los restaurantes. Si no compras con tiempo te vas a quedar sin regalos. Si te quedas sin regalos mejor no salgas de casa. Si coges un vuelo barato a ver qué haces sin regalos. Si llevas cadenas y nieva a ver si sabes ponerlas. ¿Y luego allí qué haces? En medio de la nieve, en la cima de la montaña y con el maletero lleno de regalos. Te vas andando al bar más cercano y está cerrado. El móvil sin batería y tú sin cargador. ¿Dónde se compran cadenas? Envías un SMS: «Una grúa, por favor». Está una noche preciosa: «Feliz año nuevo».
Luisa Castro
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.751 – Ni chico ni grande
Cuando llegó la Nochebuena, la abuela llevaba varias semanas muerta, pero no lo sabía. Nadie se atrevía a decírselo. La familia lloraba a escondidas para evitarle un disgusto. A los niños no se lo expliquéis tampoco, que no se traumaticen, dijo mi cuñada, que había hecho secretariado. La abuela seguía el compás de los villancicos con los nudillos, lo mismo que si estuviera viva, mientras tomaba anís en una copa con forma de campanita al revés.
En medio de un “Ay del chirriquitín, chiquirriquitín”, apareció el abuelo, con su sombrero, en la puerta de la cocina. Ella chilló como se chilla al ver a un muerto. Todos guardaron silencio. Menos los pequeños, que seguían jugando a ser prisioneros bajo la mesa. Cuando se dio cuenta de que nadie más se había asustado, dejó de gritar. Se fue calmando hasta quedar callada y pensativa. Entonces, se levantó, cogió un último pestiño y, agarrándose del brazo del abuelo, echaron a andar lo mismo que cuando iban a la feria. Desaparecieron por la misma puerta de la cocina. Miré bajo el mantel y los más chicos se habían ido durmiendo, aún presos, sin sospechar que la abuela había muerto del todo.
Miguel Ángel Flores
1.744 – La princesa calva
Desde que ha descubierto un castillo en miniatura bajo el bonsái que le regaló su tío sus días son menos tediosos. Las horas vuelan mientras alimenta con migajas a los minúsculos (aunque voraces) cocodrilos que habitan el foso. Hoy, una bandada de colibrís magenta ha anidado en una almena. A veces juega a estornudar para espantarlos, y ríe cuando le hacen cosquillas en la nariz con su frenético revoloteo. En el interior hay un príncipe. Es delicado y solitario, y al atardecer baila claqué sobre el puente levadizo, aunque su danza posee una cadencia triste. Ella sueña con el día en que termine de menguar (cada día se nota más liviana) y, ya diminuta, puedan ser amigos y jugar a adivinar el animal en el que tornará una nube, o el color que adquirirá el sol justo antes de perder el horizonte. “Pero eso tendrá que ser mañana. Ahora debes descansar, pequeña”. Dice la enfermera, cogiendo su arbolito y dejándolo junto a la ventana. Y ella protesta débilmente, porque allí no puede verlo bien. Apenas consigue vislumbrar los multicolores fuegos de artificio que escupen ya las esbeltas torrecillas, todos en su honor, dándole la bienvenida.
Maria Jesus Lavado Jimenez
http://madseasonenserie.blogspot.com.es/2013/06/la-princesa-calva.html
1.737 – Incidente
M. se dirigía con el coche y toda la familia en su interior hacia el campo, dejando tras sí la gran ciudad, con sus ruidos, olores y colapsos en la circulación. De repente, un coche le surgió de una calle lateral sin detenerse, ni señalar nada. Un brusco frenazo salvó la situación, pero rabioso comenzó a tocar histéricamente el claxon. El autor del lance, un hombre corpulento y barbudo, detuvo unos metros más adelante su coche, impidiendo el paso del que protestaba y arrimándose altaneramente a la ventanilla del airado conductor, preguntó: «¿Le ocurre a usted algo?». M. calló y el hombre volvió a su coche, arrancando pausadamente. M. no fue feliz en el resto de la jornada.