El ingeniero montó a su lado y dijo: «¡Vamos!». El aspirante a obtener su carné de conducir arrancó y con la mirada fija ante el parabrisas y las manos agarrotadas en el volante se adentró en los complicados vericuetos de la circulación ciudadana. Marchaba sin novedad hasta que, de repente, una señora se lanzó a cruzar la calle distraídamente y con celeridad. El examinado no pudo por menos que atropellarla. La señora lanzó un «¡ay!» desgarrador, pues para cuando frenó era demasiado tarde… Se arremolinó la gente, el ingeniero, desplazando imperiosamente al conductor, cogió el volante y se llevó a la mujer a un centro de asistencia urgente. El aspirante, solo, en medio de la calle, se preguntaba si tendría alguna posibilidad de aprobar el examen…
Etiqueta: Jueves
1.801 – Epílogo de las Iliadas
Desde el alcázar del palacio lo vio llegar a Ítaca de regreso de la guerra de Troya. Habían pasado treinta años desde su partida. Estaba irreconocible, pero ella lo reconoció.
-Tú -le dice a una muchacha-, siéntate en mi silla e hila en mi rueca. Y ustedes -añade dirigiéndose a los jóvenes-, finjan ser los pretendientes. Y cuando él cruce el lapídeo umbral y blandiendo sus armas quiera castigarlos, simulen caer al suelo entre gritos de dolor o escapen como del propio Áyax.
Y la provecta Penélope de cabellos blancos, oculta detrás de una columna, sonreía con desdentada sonrisa y se restregaba las manos sarmentosas.
Marco Denevi
Falsificaciones. Thule ediciones S.L. – 2006
1.794 – Almez
Luego, con el mismo bastón, dibujó insondables garabatos en la tierra…: persiguió el improvisado lápiz de su edad alguna hormiga, se demoró en un lento esbozo de paralelas, de círculos y elipses. Se imaginó entonces regresando hasta un otoño adolescente, casi de canicas, una vastedad de años atrás, cuando tantas tardes en aquel mismo jardín perdido más allá de la abierta curiosidad de las eras se tendía junto a Alina a la salida del colegio y aprendía en su boca el primer abismo de los besos, disimulado apenas en el juego de robarse de entre los dientes aquellas dulzonas bolitas del almez que ella, ya más alta, más mujer, le alcanzaba de unas ramas que él, recién estrenado en ecuaciones y caricias, confuso de polinomios y de piel, tardaría aún años en rozar.
Hipólito G. Navarro
Por favor, sea breve. Edición de Clara Obligado. Ed. Páginas de espuma. 2001
1.787 – Tu sangre en otro mundo
Si postulo la existencia de un universo donde todo sea transparente, ¿veré latir tu corazón enamorado de mí? ¿Veré tu sangre oscura paseándose lentamente por las venas? ¿Veré la sangre roja y veloz de tus arterias alimentando nuestro amor?
¿O también allí vas a querer a otra?
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009
1.780 – La voz de la experiencia
“Anda, muchacho, ve a por ella, no seas tímido. Haz caso a la voz de la experiencia. Ella te está esperando, puedes creerme. Tú no te has dado cuenta, pero yo lo he visto de inmediato: le gustas, te ha mirado al pasar. Si le hubieras hablado entonces, se habría girado a escucharte. Venga, deja en paz esa limonada, deja de ser un crío de una vez por todas. Atrévete a dar el primer paso, acostúmbrate a perseguir aquello que deseas.”
Y el chico se levanta por fin, a regañadientes, y se dirige hacia la mesa del fondo de la cafetería, donde acaba de sentarse una rubia efervescente, cuyo tránsito por el local se ha llevado por delante las miradas de casi todo el personal. Llega junto a ella, se inclina y parece que le dice algo al oído. La chica tarda un poco en reaccionar, pero acaba sonriendo y el muchacho toma asiento junto a ella. Al cabo de un minuto, los dos ríen a un tiempo y piden una copa al camarero.
Entonces, el abuelo apura a sorbos la limonada de su nieto y mira alrededor con aire de satisfacción. Es consciente de que ha puesto en marcha la azarosa maquinaria del destino, y está orgulloso de que el chaval obtenga lo que ni él mismo –de joven- pudo nunca aspirar a conseguir. Entre otras razones, porque jamás se atrevió a intentarlo.
Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/2013/09/la-voz-de-la-experiencia.html
1.773 – Llueve con ganas
Empezaría a llover hacia las doce, o puede que después incluso; bueno, no sé: qué más da; el caso es que la lluvia sonaba en la ventana y era ya un poco tarde (o muy tarde más bien, según se mire); y al final lo que importa es que lloviese, porque en la vida (o por lo menos yo lo siento así) las cosas pueden ser demasiado distintas según llueva o no llueva, y lo cierto es que anoche llovía. Se había hecho muy tarde y llovía con ganas. Así lo dijo Marta. «Llueve con ganas ¿verdad?» Y al decirlo me abrazó más fuerte, o más por dentro, no sé, debajo de las sábanas que olían intensamente a su piel tibia, a final de domingo, a esas palabras dulces y pese a todo precavidas que es lícito decirse entre amantes recientes («¿Me quieres? Te quiero. Pues dímelo otra vez. Te quiero. Te quiero mucho»), y borrarlas después sin encono, con disimulo casi, mientras se recuperan pantys o calcetines entre el desorden de la habitación (la ventana empañada por el vaho de octubre), como quien pasa una bayeta gris por el cristal de la ternura.
«Llueve con ganas ¿verdad?», me dijo Marta anoche; y según lo decía me abrazó de otro modo, o más, o muy por dentro, o algo, y yo habría querido decirle: «Sí. Llueve con ganas»; aunque tal vez solo le dije «Bueno», o «Está lloviendo un poco, sí»; no sé muy bien lo que le dije; eran seguramente más de las doce, y oíamos la lluvia infatigable correr (hacia dónde) por los patios de octubre y correr más allá por las calles atroces del final del domingo; y a mí me habría gustado decirle a Marta: «Sí. Llueve con ganas», aunque tal vez solo le dije: «Bueno», o «Está lloviendo un poco, sí»; pero sé que lo dije tan dentro de su abrazo, tan a resguardo ya, dentro de esa ternura inusitada que la lluvia, de pronto, había vuelto antigua, que no era deseable, ni posible siquiera, borrar esas palabras precavidas que es licito decirse entre amantes recientes; y fuera, en la ventana, estaba oscuro, o quizá se notara un poco más de frío dentro de la habitación (ya no quedaba vaho en los cristales), de modo que me oí decirle a Marta: «¿Tienes que irte?»; y al final lo que importa es que la lluvia sonaba todavía por las calles desiertas, tocaba con sus dedos el alero del patio, más fuerte cada vez, y era ya un poco tarde (o hasta muy tarde incluso); y hay veces que en la vida las cosas pueden ser demasiado distintas según llueva o no llueva (o por lo menos yo lo siento así), o así fue como lo sentí anoche, al final del domingo, perdido en la tibieza de las sábanas que la lluvia de octubre había vuelto de pronto reconocible y nuestra, cuando Marta me dijo: «Puedo dormir contigo si tú quieres»; y yo le dije: «Entonces quédate».
«No quiero que te marches.» «Llueve con ganas.»
Ángel Zapata
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.766 – Meditación del vampiro
En el campo amanece siempre mucho más temprano.
Eso lo saben bien los mirlos.
Pero tiene que pasar un buen rato desde que surge la primera luz hasta que aparece definitivamente el sol. Manda siempre el astro en avanzadilla una difusa claridad para que vaya explorando el terreno palmo a palmo, para que le informe antes de posibles sobresaltos o altercados. Luego, cuando ya tiene constancia de que todo está en orden, tal como quedó en la tarde previa, se atreve por fin a salir. Su buen trabajo le cuesta después recoger toda la claridad que derramó primero. Por eso se ve obligado a subir tan alto antes de caer, para que le dé tiempo a absorber toda esa luz y no dejar ninguna descarriada cuando se vuelva a hundir por el oeste.
Luego en el campo, paradójicamente, se hace de noche también muy pronto.
Los mirlos apagan sus picos naranjas y se confunden con el paisaje.
Y agradecido yo, me descuelgo y salgo.
Hipólito G. Navarro
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
1.759 – Mariposas
No soy un ingenuo. Las mariposas cuyos aleteos produjeron los terribles terremotos de Haití, Chile y abrieron las fauces del volcán de Islandia están muertas hace ya mucho tiempo. Para provocar semejantes catástrofes, la distancia espacio-temporal que ha de haber entre aleteo y consecuencia es de decenas, tal vez cientos de años. Solo este paréntesis convertirá la posibilidad en espantosa realidad.
Sin embargo, pese a lo que podáis pensar de mí, no renuncio a encontrar a la maldita mariposa que, con su aleteo culpable, sacó a Sonia de mi vida.
Jesús Esnaola
Mar de Pirañas. Edición de Fernando Valls.Menoscuarto ediciones.2012
1.752 – Usted no existe
Había decidido no preocuparse. Ni a la entrada del avión, cuando no le saludaron, ni cuando la azafata le sirvió el último zumo de naranja a su compañero de asiento. No he tenido suerte, pensó.
Tampoco se molestó cuando los periódicos se agotaron al llegarle el turno, y eso que no recibió ni una palabra amable de disculpa a cambio.
No quiso darle importancia cuando apretó repetidas veces el botón para llamar a la azafata y nadie vino: supuso que se había estropeado.
Ni se sorprendió cuando, al sonreír a la joven de ojos claros que aguardaba junto al cuarto de baño de la cabina de clase turista, ésta no acusó siquiera su mirada. No era la primera vez que le sucedía.
Durmió el resto del vuelo, y no soñó.
Lo peor vendría luego, en el control de aduanas. El policía amable examinó su documentación, comparó la fotografía con su semblante cansado, tecleó sin resultados, y llegó a la terrible conclusión: usted no existe.
Le pidieron que se hiciera a un lado y aguardara. El pasajero obedeció, presa de un temor irracional.
Hizo acopio de valor y llamó a su mujer, pero nadie respondió.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.745 – Libertad
Esa tarde, al salir de la oficina, Ramiro se encontraba más abatido y tenso que de costumbre, así que decidió volver a casa dando un paseo, callejeando despacio por el barrio viejo de la ciudad. Mientras arrastraba con desgana los pies pensaba en todas esas ilusiones aplacadas con los años, en aquellos anhelos antiguos que las rutinas se habían encargado de domesticar. Como su loca obsesión por volar como los pájaros. Por eso, cuando pasó delante del taller de tatuajes y vio unas extrañas alas tribales que parecían llamarlo desde el escaparate, no dudó en tatuárselas en la espalda, albergando el sueño de que en algún momento se desplegaran. Y así sucedió. Esa misma noche la tinta negra comenzó a emerger de la piel tirante e hinchada hasta cobrar volumen, mientras su dorso crujía y sus omóplatos se crispaban en bruscos espasmos. Debatiéndose entre el dolor y el éxtasis corrió hasta la hondonada para abrir los brazos al cielo. Entonces, en el último impulso, las alas se desprendieron del cuerpo en el que estaban atrapadas y salieron volando.
Sara Lew
http://elmicrorrelatista.blogspot.com.es/search/label/Sara%20Lew
http://lanostalgiayelrecuerdo.blogspot.com.es/2012/02/sara-lew.html