Al abrirse la portada del libro sonó la alarma.
Todos los personajes tomaron posiciones mientras el prologuista entretenía al lector, que no tardó en doblar la esquina del primer capítulo. Allí apareció el héroe de la historia recolocándose todavía la vestimenta ante lo imprevisto de la lectura.
Una vez más, recitó de memoria su papel sin dejar de mirar de reojo el borde de la página, desconfiado de que el siguiente figurante estuviera preparado para hacer su entrada.
No hubo ningún problema. Nada más adentrarse en la próxima hoja apareció el villano exponiendo sus intereses, siempre antagónicos a los del que acababa de abandonar el escenario que componían aquellas dos páginas abiertas del libro.
Ante lo extenso y elaborado del discurso el resto de los intérpretes respiraron aliviados, teniendo tiempo de vestirse como era debido, repasar sus papeles e incluso fumarse algún que otro pitillo para aplacar los nervios.
En el momento en que el bellaco estaba a punto de abandonar el marco de la lectura, el autor ya había ordenado correctamente a todos los actores lanzándolos a escena como el que empuja paracaidistas desde un avión.
Uno tras otro, fueron desarrollando la historia que acabó otra vez con la muerte del rufián a manos del héroe.
Apenas cerrado el libro, cuando el elenco todavía estaba felicitándose por la enésima representación de la novela, el prologuista dio la voz de alerta. Alguien había abierto de nuevo la portada del libro.
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1.858 – 7. El discípulo
Durante largo tiempo el discípulo es atendido por un ayudante del Maestro.
¿Cuándo conoceré al al maestro?, pregunta el discípulo. Todas las veces el ayudante le responde de mal modo: Cuando seas digno de él. El discípulo inclina humildemente la cabeza y estudia con ardor para ser digno del Maestro. Hasta que comprende que el ayudante es el propio Maestro y que ha sido él, el discípulo, quien lo rebajó de categoría. El Maestro lo había sabido desde el primer momento y se había vengado con aquella arrogante contestación.
Marco Denevi
Diez ejercicios
1.851 – El festejo de viejas comadres
Fue en aquel viaje de regreso a San Luis Potosí durante la celebración del Día de los Muertos que pude al fin reencontrarme con mis viejas comadres después de cuarenta años. Me vinieron las cuates toditas cadavéricas a buscarme al aeropuerto arrastrando un aire festivo que contagiaba a todo el mundo. Y yo, sintiéndome partícipe de la fiesta, me dejé llevar así nomás, sin máscara ni nada.
-Señorita ¿Me da mi calaverita?-Nos decían los chamacos a nuestro paso reclamando sus golosinas.
En verdad las calles eran un bullicio de procesiones, gentes enmascaradas, como ríos de difuntos que daban a parar al santuario: El camposanto, invadido por una algarabía a la que ya no estaba acostumbrada. Y esquivando familias creí ver la tumba de mi mamacita y quise pararme, pero las comadres me llevaban decididas a un lugar concreto con sus cestos repletos de quesadillas, que me encantan, y panes dulces de muerto. Entonces, frente a tres tumbas solitarias donde nadie festejaba, soltaron los cestos y prendieron llama a los cirios que las rodeaban. Vi sus nombres: Asunción, Guadalupe y Eulalia… Se sentaron ante mí con sus máscaras, comimos, bebimos y celebramos que yo sí huí evitando así mi matanza.
Ana Tomás García
http://estanochetecuento.com/el-festejo-de-viejas-comadres/
Ilustración: http://www.diariocultura.mx/2012/11/dia-de-muertos-en-nuevo-leon/
1.844 – Naufragio
Después de pasar toda la noche braceando en las frías aguas del Atlántico, llegó exhausto a la orilla justo cuando empezaban a clarear las primeras luces de la mañana. Exhausto, se arrojó sobre la arena y, palpando tierra seca, se echó a llorar de rabia y alegría: sabía que estaba a salvo. Cuando se giró para maldecir a ese desaprensivo océano que había tratado de acabar con su vida, vio que allí no había agua sino un inhóspito e interminable desierto. ¡Un desierto! El náufrago se echó a llorar de nuevo. Pero de repente vislumbró a lo lejos un reluciente oasis. Venciendo al cansancio, empezó a correr en dirección hacia el oasis. El suelo, duro y agreste, lastimaba sus pies desnudos. Loco de emoción -el objetivo estaba cada vez más cerca-, el náufrago recobró la creencia de que la felicidad es posible. Aquel pensamiento no duró demasiado, porque a pocos metros de alcanzar el oasis el desierto se cubrió nuevamente con las frías aguas del Atlántico. Su vida volvía a correr peligro.
Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para bracear por segunda vez hasta ganar la orilla. Afortunadamente, en esta ocasión las olas jugaban a su favor. Y también por segunda vez alcanzó la arena, tumbándose sobre ella, más exhausto aún si cabe, ahora con más rabia que alegría, prometiéndose no abrir los ojos bajo ningún concepto. Y en esa posición hubiera estado un día entero de no ser porque su mujer entró en la habitación, vistiendo una raída bata de color fucsia, los rulos en la cabeza y los brazos en jarras, para preguntarle, airada, si tenía pensado quedarse toda la mañana del domingo en la cama, o si por el contrario iba a levantarse de una vez para ayudarle en las tareas domésticas.
El hombre, incapaz de seguir escuchando la voz agreste de su malhumorada esposa, por la que ya no sentía sino hastío, se tapó los oídos y hundió el rostro en la vivificante arena.
Francisco Rodriguez Criado
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010
1.837 – Las manos
Mi mano se encontró con la de aquella desconocida entre las paradas de Entença y Hospital Clínic. Aquejado de una vergüenza infinita no me atreví a mirarla de reojo hasta cuatro paradas después, justo en el momento en que me di cuenta de que había pasado la mía.
Me levanté de improviso pensando que la inesperada unión se truncaría, pero ella me siguió sin soltarse. Como dos colegiales, llegamos hasta la puerta y evitando el reflejo en el cristal, esperamos a que el tren se detuviera.
Tomé la iniciativa. Con un ligero apretón le indiqué que me siguiera hasta la terraza de un bar. Nos sentamos en la misma mesa. Ella pidió café, yo cerveza.
Ninguno rompió el silencio y aunque nuestras palmas permanecían unidas, nuestras miradas seguían sin cruzarse.
A la hora de pagar, y ante la ausencia de presentaciones, pedimos cuentas por separado dirigiéndonos de la misma forma al desconcertado camarero.
Fue ella la que tomó entonces el control. Me arrastró de la mano hacia un paseo por la avenida de Gaudí donde una paloma suicida hizo que lanzara mis brazos al cielo y casi provoca que rompiera nuestro enlace y el mutismo que comenzaba a parecer pactado.
Durante horas anduvimos juntos. Elegimos los mismos caminos, las mismas tiendas, el mismo restaurante.
Fue una decisión unilateral la de vivir en mi casa. Recuerdo con cariño la primera noche en que el pudor hizo que nos ducháramos por turnos; mientras uno estaba debajo del agua, el otro esperaba paciente al otro lado de la cortina.
Tenemos dos hijos. A uno le puse yo el nombre, el del otro lo desconozco.
En cuanto reúna el valor suficiente, le pediré a Carlitos que pregunte a su madre por el suyo y el de su hermano.
Ginés S. Cutillas
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010
1.830 – La montaña
El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.
Enrique Anderson Imbert
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma, 2001
1.823 – Repeticiones
—¿Cómo es que se llama la niña?
—Valeria, abuela —repito—. Se llama Valeria. Y no es una niña. Es mi esposa.
—Ah, claro. Qué día lindo el que hace, ¿no?
—Sí, abuela. Es un lindo día.
—Mucho sol tan tremendo, ¿no?
—Por estos días está haciendo mucho sol, sí, señora.
—Gracias a Dios, ¿no?
—Sí, señora, hay que darle gracias.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—Me voy a trabajar después del almuerzo, abuela.
—Ah, sí. El almuerzo de hoy estaba lo más de bueno…
—Me alegra mucho, abuela. Mañana podemos comer otra cosa, si quiere.
—Huy, sí, es que ya estoy cansada del pollo.
—No hay problema. ¿Qué le provocaría?
—Pollo, mijo. Usted sabe que me gusta el pollo.
—Con mucho gusto, abuela.
—Mijo…
—Dígame…
—¿Cómo es que se llama la niña?
Esteban Dublín
1.816 – Vecindad
Seamos sinceros. A pesar de que siempre coincidimos en el ascensor, entre usted y yo no ha fraguado una verdadera relación de vecindad. No digo que no hayamos cruzado algunas palabras, pero, si usted analiza bien esos encuentros ascendentes y descendentes, nos hemos limitado a convenir sobre el estado del tiempo y a veces, como signo de variación, a cotejar el pulso horario. Todo ello impuesto por ese incómodo silencio que se apodera de los espacios demasiado estrechos, donde las respiraciones se tocan sin pretenderlo y las miradas se evitan sin lograrlo.
No, ese no es nuestro caso. Nosotros jamás bajamos la mirada. Yo lo miro a los ojos y usted me corresponde, siempre me corresponde. Sin embargo, algo molesto, como una lámina de azogue, se ha interpuesto siempre entre nosotros. Y le confieso que en todo estos años, y muy especialmente cuando me correspondió por turno rotatorio ejercer de administrador de la finca, me hubiera gustado verle alguna vez en las reuniones de la junta de propietarios. Créame, son un buen termómetro de la temperatura del estado vecinal y un estupendo campo de cultivo de alianzas ?y también de enemistades y sinsabores, por qué no decirlo? que surgen en la defensa o el rechazo públicos de una propuesta. Connivencias sobrevenidas en algún punto del orden del día con el oficinista del primero izquierda y la universitaria del cuarto derecha nos han allanado el camino para compartir más tarde otras actividades de la común convivencia, como las compras en el supermercado y el disfrute de alguna que otra velada festiva en las noches estivales del barrio.
Le digo todo esto y pienso que quizás usted sea de esas personas que desdeñan las juntas por considerarlas inservibles pero, no obstante, no renuncian a su derecho de exigir que el edificio funcione perfectamente.
Lo admirable, lo que no deja de sorprenderme, es que sea usted tan semejante a mí en los perfiles humanos, y me cuesta creer que no podamos llegar a ser incluso mucho más que vecinos. Es posible que la solución sea romper la barrera que se empeña en separarnos, este maldito espejo que tantas veces nos acerca y otras tantas nos distancia en el ascensor.
Antonio Serrano Cueto
1.809 – Las casas
Éste y no otro es el secreto que mejor guardan los agentes inmobiliarios.
Hay casas en las que, sin que se sepa por qué, se cometen extraordinarios crímenes, con independencia de la ocupación de sus inquilinos y de la renta que pagan por habitarlas. En el interior izquierda del segundo piso del portal 14, en la calle Lucas Romaní, por ejemplo, han muerto a lo largo de los últimos años y en circunstancias muy diversas al menos quince personas. El alquiler es, por tanto, muy bajo.
Hay casas donde el amor florece, tienen los techos altos para que quepan los sueños y muchas habitaciones para los hijos varones que vendrán. Hay, por el contrario, casas propicias para el odio y la infelicidad: los tabiques son por lo general estrechos, y en ellas las rupturas son frecuentes.
Hay casas indicadas para poetas y escritores. Se sabe de buena tinta que la inspiración las visita con más frecuencia. Sus precios son prohibitivos, y las habitan sin excepción agentes de banca y propietarios de aseguradoras.Hay casas en las que se duerme mal y casas en las que la gimnasia es más productiva; casas en las que se cocina mejor, y otras en las que el sexo es más frecuente, sin que se haya llegado a establecer una relación causal con su orientación, el número de cuartos de baño o las calidades empleadas en su construcción.
Hay, por último, casas en las que lo habitual es el olvido. No cabe en ellas rastro de afrentas pasadas o viejos rencores. El contador está siempre a cero y el cuaderno de notas de la memoria se abre cada vez por la primera página; la vida comienza aquí a diario y todo es posible aún, nada es rutina. No hay pasado en ellas ni melancolía, pero nadie que las haya habitado alguna vez las recuerda.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.802 – Anécdota
Su mujer y su hija se van de compras y no acaban de irse nunca. Ya en el coche, le piden el móvil, que siempre olvidan en cualquier parte. Y la hija sale del coche para ir por última vez al baño. Y la mujer entra en casa y vuelve a salir, tras cambiar de idea sobre el calzado que más la favorece. Y aún antes de poner el motor en marcha, quieren que les traiga el paraguas por si empieza a llover. Y cuando se van de una vez por todas, el hombre se queda en la calle, sin llaves para entrar en su hogar. Entonces se sienta en un banco del parque, dispuesto a no dar la menor importancia a un suceso anecdótico. Y se percata de que en su vida todo es anecdótico y sin la menor importancia. Salvo cuando eleva esta clase de pequeñeces a la categoría de problemas. O cuando es incapaz de doblar la cintura ante situaciones que solo requieren un poco de agilidad. O de arrimar el hombro de manera altruista, no como un esfuerzo excepcional sino como una simple declaración de principios. También se da cuenta de que admitir sus debilidades es el primer paso para superarlas. Y de que él tampoco recuerda dónde demonios ha dejado el móvil. Y de que el calzado que lleva puesto no le favorece en absoluto. Y de que tiene ganas de ir al baño. Y de que empieza a llover.