Sentado en el borde de la cama, como cada día a esas horas, pactó con la realidad los límites de la jornada y luego se dirigió al cuarto de baño para comenzar a cumplir su parte del trato. Se duchó y se afeitó, pues, como un hombre real, se colocó encima un traje verdadero y tomó un autobús auténtico en la esquina de costumbre. Llevaba tanto tiempo realizando los mismos gestos que ya no se acordaba casi de la época en que había sido irreal ni lograba explicarse el porqué de esa caída en el universo de las cosas evidentes. Tal vez al dar un traspiés se había colado por alguna rendija que comunicaba ambas dimensiones. En cualquier caso, no renunciaba a encontrar el camino de vuelta. Mientras tanto, disimulaba su condición impalpable para no levantar sospechas. Esa mañana había en la oficina una atmósfera algo turbia: despedían a un compañero que estaba a punto de llorar frente a los canapés de caviar sintético con los que la empresa se lo quitaba de encima. Cuando fue a abrazarle, el despedido le confesó: «Tengo una sensación de irrealidad insoportable, como si todo esto le estuviera sucediendo a otro». «A lo mejor me está pasando a mí», pensó el hombre irreal súbitamente esperanzado. Hubo discursos, más canapés y un diploma para la víctima. El hombre inexistente, en un aparte, dijo a su colega: «En confianza, yo soy irreal, lo más probable es que me estén despidiendo a mí, no te preocupes». El otro volvió a casa, le contó a su mujer que todo había sido un malentendido, e insistió en ello durante las semanas siguientes, pese a que nunca le permitían entrar en la oficina. Cada mañana, sentado en el borde de la cama, pactaba con la irrealidad las incidencias de la jornada y luego se pasaba el día buscando la rendija por la que había caído de una a otra dimensión.
Etiqueta: Jueves
1.871 – Mirando al mar
Al echarle un vistazo al análisis, ha visto que tiene el colesterol por encima de doscientos setenta. Demasiado alto. Y eso a pesar de la medicación. Además, de un tiempo a esta parte ha subido de peso y ahora todavía se gusta menos cuando se mira en el espejo.
Arturo se prometió para este nuevo año que empezaría a hacer algo de deporte, que se compraría un perro y que por fin le diría algo a Marga. Marga vive en su mismo descansillo, es soltera, madre de un chiquillo que es un terremoto, y le tiene totalmente embobado, con su larga coleta y el vaivén de sus caderas. Pero a día de hoy, y ya ha pasado más de un mes desde sus nuevos propósitos, no ha hecho nada de nada.
Le encanta leer novela policíaca, hacer sus pinitos en la cocina y echarse la siesta los días que el trabajo se lo permite. Es oficinista en una gestoría. Solo sale los sábados, siempre con sus cuatro amigos de la infancia, y bebe ron con cola light. Es de masturbase una vez por día, sin excepción, aunque muchas veces lo hace sin ganas.
Ayer domingo se pasó un buen rato mirando fijamente el cuadro que su hermano Juan le regaló estas navidades pasadas. Supuestamente es la copia de una marina famosa. Expresionismo, le dijo Juan al desenvolverlo y entregárselo. Y no creas que me ha costado barato. Concluyó. En una de las pocas visitas que le hicieron Juan y su mujer el año pasado, su hermano, con el que de críos se llevaba mejor de lo que se lleva ahora, se fijó en las paredes vacías del salón y decidió comprarle un cuadro para vestirlas. Arturo supone que Juan vio soledad, en lugar de unas simples paredes vacías.
Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
http://elalmadifusa.blogspot.com.es/
1.864 – Instrucciones
Alba y Rafael habían estado casados muchos años. Llegados a la vejez, Rafael advirtió que, durante toda la vida en común, su mujer se había relacionado con él emitiendo constantes instrucciones. Las cosas que debía hacer, las que no había hecho y las que había cumplido sin satisfacer a su cónyuge se transformaban en instrucciones precisas y ásperas, recibidas por él como descargas eléctricas. «Haz esto», «No hagas aquello» y «No lo hagas así» eran las fórmulas básicas. Rafael no osaba decir nada por miedo a que Alba le respondiera con un conjunto de instrucciones para quejarse. Sólo una vez dejó traslucir sus sentimientos. En el desván encontraron su cadáver con un papel prendido en la solapa, en el que había escrito: «¿Está bien así?».
David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
1.857 – No envejece el amor
La abuela se había casado y enviudado en siete oportunidades. Enterró a su último esposo a los noventa años y vivió hasta los ciento quince.
“El buen sueño es hermano de la supervivencia”, comentaba la familia: ella se encerraba en su dormitorio a las diez de la noche, y aparecía, siempre radiante, bien entrado el mediodía.
Por su diario íntimo se supo que a lo largo de aquellos últimos veinticinco años, por las noches, se consagraba al ardiente recuerdo de los finados, a veces de dos o más al mismo tiempo.
Orlando Romano
1.850 – El hada
Se consideraba una muchacha desgraciada, pero en absoluto resignada con su situación. El comienzo de su vida no había podido ser más triste: se había quedado huérfana a los pocos años y había sido adoptada por compromiso por algunos parientes lejanos y al poco tiempo internada en un hospicio más bien sórdido. De allí la había sacado una bondadosa, pero exigente señora para tomarla a su servicio. Y esa había sido su vida desde entonces: trabajar, comer y poco más. Ni tenía familia, ni amigos, ni ilusiones, pero todo ello la rebelaba y tenía la esperanza de que algún día encontraría la justa compensación a sus tristezas y miserias.
Y su esperanza no fue vana. Un día que estaba sola en la casa, sacando brillo, como siempre, a muebles y suelos que no eran los suyos, se le apareció una hermosísima mujer, toda vestida de blanco, de rostro muy bondadoso y con una varita en la mano.
-Soy el hada de tu guarda -le dijo-. Me ha conmovido tu desgracia, tus trabajos, tu soledad, y estoy dispuesta a darte lo que quieras, lo que más te guste con mi varita mágica.
La muchacha guardó silencio y bajó los ojos humildemente. El hada admirada por su modestia y su recato se propuso hacerle espléndidos regalos. -Mira, qué bonito vestido para ti, y varios más para que puedas cambiarte. Y una casita pequeña, para ti sola, mira por la ventana y la verás en la ladera de aquel monte; y un coche, para que puedas viajar, y…
El hada miró a la muchacha y observó que ninguno de estos regalos parecía hacerle ilusión. Le preguntó entonces qué era lo que ella prefería, que fuese lo que fuese estaba dispuesta a dárselo. -¿Sí? -dijo la muchacha, saliendo de su mutismo-. Quiero tu varita mágica.
José Antonio Ayala
Chispas. Editora Regional. Murcia.2005
1.843 – La memoria de cristal
Tras el Apocalipsis, un radar enviado desde Júpiter para confirmar la extinción del hombre, desciende con lentitud hacia las profundidades del Océano Pacífico, donde algo parece latir. Y es que abajo del todo, en mitad de un silencio vagamente iluminado por criaturas abisales, el único espejo que la gran explosión no ha logrado romper emite en orden cronológico, antes de apagarse para siempre, todas las imágenes que componen su memoria de cristal, demorándose en aquéllas donde aparece la mujer que lo tuvo en su alcoba hasta el fin, una joven risueña que ya no existe, aficionada a bailar desnuda ante él ciertas noches de verano, cuando todo era posible todavía en este rincón de la galaxia.
Javier Puche
1.836 – El chequeo
Le habían dicho que todos los americanos se lo hacen una vez al año; y los suizos también. Más valía prevenir… y aunque gozaba de una salud excelente a sus cuarenta y cinco años, se sometió a un chequeo médico, en una clínica particular. El precio le pareció elevado, pero «la salud no tiene precio» le dijo la bella enfermera que le atendió, muy sonriente. Antes de entregarle en mano el resultado del chequeo, el director del centro clínico quiso hablar con él a solas. Sintió que las piernas le flaqueaban… No debía haber consentido jamás someterse a un chequeo. Seguro que era cáncer… El doctor, amablemente, en tono confidencial, le advirtió que el cheque que les había dejado no lo habían podido cobrar por falta de fondos en su cuenta corriente. Se deshizo en excusas y subsanó el error.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
1.829 – Hacerse el muerto
¿Por qué me gusta hacerme el muerto? ¿Se trata de
una costumbre sádica, como lamentan los amigos o cónyuges más sensibles? ¿Por qué me fascina desde niño, y seguimos siendo niños, quedarme indefinidamente inmóvil, como una momia de mi propio futuro? ¿De dónde sale el agrio placer de asistir al cadáver que todavía no soy?
La explicación podría ser sencilla, y por tanto misteriosa.
Al ver el mundo mientras no miro nada, al seguir pensando sin proponerme pensar, al notar en mí, con poderosa certeza, la selva de las arterias y la montaña rusa de los nervios, no solo confirmo que sigo vivo, sino algo incluso más impresionante. Experimento la única, pequeña, posible forma de trascendencia. Sobrevivo a mí mismo. Me deshago de la muerte jugando.
Entra en casa mi hijo. Volveré a respirar.
Andrés Neuman
Hacerse el muerto . Ed Páginas de espuma. 2011
1.822 – Mi muro
Sus comentarios cesaron de repente en mi muro de Facebook. También, las fotografías y videos en los que salíamos juntos y sonrientes. Del mismo modo, dejaron de aparecer aquellas canciones de amor que me dedicaba a medianoche y aquellos buenos días escritos a primera hora de la mañana. Ahora, por desgracia, ella ha decidido volver con su ex y como cabía esperar, todo ha cambiado definitivamente.
Sobre todo, nuestra discreción.
Daniel Sánchez Bonet
1.815 – Arca
Ayudaron a subir a los otros, aún sabiendo que se quedaban sin lugar. Desde una orilla dorada a punto de desaparecer, saludaron a Noé y a los elegidos, que se diluían a la distancia.
El arca avanzó, llegó a su orilla y dicen que se cumplió una profecía. Y aquí estamos.
Somos los descendientes de los que se salvaron solos.