1.955 – La hora de las hoces

javier Ximens  La tripa se me ha hinchado, al principio lo achaqué a las cervecitas que me tomaba en las largas jornadas sin trabajar. Se acabó el dinero, ya no bebo, pero la barriga se sigue inflando. Debe de ser contagioso pues a mis hijos les ocurre lo mismo. María, sin embargo, ha perdido muchos kilos, durante unos meses ha vuelto a estar joven, pero no se ha mantenido, ya apenas tiene pechos y se le notan las costillas.
Vuelven los tiempos de mesas camillas, braseros, cabrillas en las piernas, sabañones en las orejas, bufandas en casa, luces de diez vatios y Ustedes son formidables. Vuelven las raciones de pan con dedo, las sopas de gallina, el cuartillo de leche y el mañana se lo paga mi madre. Vuelven los dones, don Tal y don Cual, la misa del domingo, la confesión de nuestros pecados y el deme algo por caridad.
Después de unos meses de espera nos han dado hora para el médico de la Beneficencia. Lo que son las cosas, ni nos ha reconocido, ni diga treinta y tres, ni tosa, ni nada de nada. Nos ha entregado una estampita a cada uno —a mí de Escrivá de Balaguer, a María de la Virgen del Rocío, los niños miran con ansia una del Cordero Pascual—, y que les recemos tres veces al día, cada ocho horas, y que si no notamos mejoría nos acerquemos a Cáritas, que allí quizás puedan hacer algo por nosotros y que pase el siguiente.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/05/la-hora-de-las-hoces.html

1.948 – Penélope (I)

manuel moya  No podía creerlo. ¡Con mi mejor amigo! Era ella. Perdón, quiero decir, que es ella, que sigue siendo ella, que es ella misma, vaya, a pesar de esa frialdad, de ese escupirme sus palabras. Mire, durante años he seguido su pista por todas partes. Bien, quizás no me porté bien. Quizás se tomó demasiado a pecho aquella aventura, aquellos malos modos. Usted, que es taxista, sabrá perdonar todas estas pequeñas veleidades domésticas. El caso es que de un día para otro me abandonó y desde entonces no he hecho más que buscarla. Portugal, Francia, Italia, Alemania… el mundo no tiene secretos para mí. Allá donde había una pequeña pista, allá que iba yo, con el corazón en un puño, dispuesto a hacerme perdonar. Once años dando tumbos es mucho tiempo, así que, decepcionado y sin un céntimo, decidí regresar. Pero fue marcar el número de mi mejor amigo cuando, zas, se me apareció su voz. Dios, pensé, cómo no se me había ocurrido. Durante un par de segundos, dudé, pero no, no cabía la menor duda: era su voz. “Llama al número 931 22 45 23 —me dijo—. En este momento no podemos atenderle, pero si desea dejar un mensaje, por favor, hágalo después de oír la señal”, añadió con maligna frialdad, pronunciando cada palabra como si me escupiera a la cara.

Manuel Moya
Caza mayor.Ed. Baile del sol.Tenerife.2014

1.934 – El perro que comía silencio

isabel mellado  Hubo un tiempo en que me llamé croqueta. Así me llamaba mi amo. Mentecato lo llamaba yo a él, pero eso nunca lo supo. Ahora me gritan chucho. A mí me gusta titularme Zorba, el perro.
Y sí, soy un perro free lance de pueblo. Tardé en darme cuenta de que esta vez solo sería eso. No ponía huevos, tampoco tenía cuernos y ni hablar de hacer patinaje sobre hielo.
A los pocos meses de nacer me abandonaron en un vertedero. Me recogió don Mentecato y me apadrinó prometiendo cuidarme toda mi perra y su aún más perra vida, pero como era de esperar no cumplió su palabra y no se lo reprocho. Viene a mi mente el dicho «errar es humano, perdonar es perruno». A lo largo de mi vida he comprendido que casi ningún hombre tiene palabra, pero todos tienen silencios y eso es lo esencial.
Es muy difícil mentir con el silencio. Para mí es un recurso natural, como el agua. Hay días en que solo me alimento de eso, y claro así estoy también flaco como perro; o como bromearía mi compadre pastor alemán: no es que sea flaco, es que tengo los huesos bien afuera. Además parezco de gamuza con la tiña que agarré al revolcarme con una perrita choca de los suburbios y que me da un look bohemio.
Mis silencios preferidos son el silencio del hueso y el silencio de los enamorados que huele a bistec y anhelo. En cambio, el silencio de los cónyuges suele ser turbio y estrecho y no es solo uno compartido, sino al menos dos, por lo general antagónicos. A mí personalmente me ponen la carne de gallina y eso bien se sabe que para un can no es nada bueno.
Soy zurdo convencido. Meneo la cola con oficio de izquierda a derecha, me despierto de izquierda a derecha y si el tiempo me permite elegir, planto preferentemente el mordiscón en el muslo izquierdo del masticable contrincante.
¿Que por qué me fascinan los gatos? Porque son algo así como el resumen de la noche, sobre todo los negros. Pienso que si logro finalmente despedazar a alguno, liberaré todos los amaneceres que contiene. Soy re patiperro, creo en el espacio abierto y en la posibilidad de las esquinas.

Isabel Mellado
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía.2010

1.927 – La melancolía de los gigantes

angel olgoso 2  Sin compasión, hunde la hoja de su arma en el centro de mi cuerpo indefenso. No hubo provocación alguna por mi parte. Una ira ciega alienta cada tajo, cada incisión arbitraria y salvaje de la carne. Los míos dijeron que no opusiera resistencia, que ello involucraría a los demás en nuevos peligros. Él, mientras tanto, profundiza la herida. Qué puedo hacer yo ante quien contraría de ese modo la ley natural sino sentir una vaga tristeza y esperar aquí, bajo el camino de estrellas, la bárbara amputación final, el momento en que me desplome sin más quejidos que los de mis frondosas ramas al golpear agonizando contra el suelo.

Ángel Olgoso
Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del vigía. 2010

1.920 – Casting

caniche  Circulaba por la ciudad, en pleno entierro de la sardina, cuando me dieron el stop en un checkpoint con farolillos rojos. Allí, una mujer disfrazada de letraherida, se subió al coche y me indicó que continuara. Llevaba (cómo no) unas Ray-Ban de espejo, una kaláshnikov y un perro faldero. Olía a gasolina: la mujer; el perro parecía recién salido de la peluquería. Sin quitarse el pasamontañas, me confesó enseguida que en realidad era una periodista buscando inspiración. Entendí el disfraz; no lo que vino después: Sacó una libreta, apagó la radio y comenzó a hacerme preguntas quisquillosas que, al rato, me hicieron sentir incómodo al responderlas y lleno de miedos antiguos. Ya estaba a punto de pedirle que se saltara la etapa adolescente, cuando toqué sin querer el fusil y un disparo fortuito activó el airbag (negro, enormísimo), desviando el coche barranco abajo.
A mí me rescataron con un hilo de vida; a ella pude verla, con su disfraz irreprochable, paseando por el filo de la carretera. Justo antes de desaparecer, descubrí la nota que me había dejado en un bolsillo: “Ni para un obituario”, decía. Luego perdí la conciencia, entre ecos de ladridos de aquel estúpido caniche.

Vicente Fernández Almazán
http://estanochetecuento.com/casting/

1.913 – Celos

federico fuertes guzman4  El caballo empuja y empuja a la de su misma especie que tiene debajo, pero mira y mira a la de especie diferente que, con su sombrilla y su vestido blanco, observa con tristeza el acto caballar desde la barrera de madera. Los dos sueñan con un lejano país en el que los centauros sean el producto natural del amor surgido entre jóvenes a los que sus diferentes líneas evolutivas han condenado al bestialismo amoroso. El marido, por concluir la historia dando una tercera visión, tiene renombrado prestigio como jinete y como celoso.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes.E.D.A.libros.2008

1.906 – El perro

alonso-Ibarrola32  Día tras día, año tras año, en la misma esquina. El ciego tocando un desafinado violín y su perro sosteniendo con sus dientes un sombrero, donde niños y mayores, conmovidos, arrojaban algunas monedas al pasar. Cuando sonaban siete campanadas se retiraban a su casa. El perro le guiaba por calles y plazas hasta llegar a la mísera vivienda donde transcurría su vida en solitario. Un día el ciego murió. Se percató del hecho una piadosa vecina, al no verles salir por la mañana como era habitual; luego el perro que ladraba y ladraba… Se llevaron el cadáver al cementerio y el perro fue conducido a la perrera, en espera de poder confiárselo a otro invidente necesitado de asistencia. Días más tarde se descubrió -hecho, por desgracia, bastante frecuente- que el difunto ciego guardaba en su colchón miles de billetes. Mayor fue la sorpresa al saberse que el perro, por su parte, ocultaba en su madriguera, bajo unos mugrientos cojines, que despedían un hedor infame, varios cientos de monedas, que se supone sustraía furtivamente del sombrero de su difunto propietario. Es por ello que fue eliminado en una cámara de gas especial para animales.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.899 – En Cejunta y Gamud, 8

antonio fernandez molina  En Gamud, cuando se da una fiesta en honor de la hija de la casa, la madre se escapa con el invitado más viejo y repulsivo. Aunque es una costumbre admitida que nadie trata de impedir, lo hace de una manera secreta o simulando cualquier pretexto.
La hija, en cuanto nota la falta de la madre, pregunta afectando un aire de inocencia:
-¿Dónde está mamá?
A esta pregunta, que repite varias veces, invariablemente le contestan:
-¿Tu mamá? Está haciendo el amor.
El que así habla recibe un beso de la joven y él le entrega una moneda.
Algunas muchachas consiguen besar de una manera turbadora y si son previsoras y hermosas llegan a reunir una fortuna.

Antonio Fernández Molina
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005

1.892 – Horticultura de la naturaleza humana

MAr Horno  Detrás de los huertos comunitarios del pueblo, siempre ha habido un campo de cuchillos silvestres. Tras las lluvias de acero inoxidable de abril empiezan a brotar pequeñas puntas afiladas que emiten suaves destellos cuando el sol los calienta. A finales de mayo, lucen ya altos y punzantes. Todos los vecinos pasan por allí y recolectan los que necesitan: que si un cuchillo pelador, que si uno panadero, que si otro de trinchar, que si aquel jamonero, que si de espátula, que si de mantequilla. Resultan imprescindibles para las tareas diarias de degollar, filetear, cortar, deshuesar, rebanar o untar viandas.
Aunque, secretamente, todos esperan encontrar otros, muy escasos y codiciados. Crecen como mala hierba y pasan desapercibidos para el ojo poco avezado.
Son pequeños, de mango descolorido, y, se clavan, sin esfuerzo, suavemente por la espalda.

Mar Horno
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/12/precipicios-habitados-libro-de.html

1.885 – El tirador galante

baudelaire  Cuando atravesaban el bosque,  mandó detener el carruaje junto a un campo de tiro tras confesar que le apetecía realizar unos cuantos disparos para matar el Tiempo.
-¿Matar a ese monstruo no es acaso la ocupación más normal y legítima de cualquier persona?
Y tendió cortésmente la mano a su querida, deliciosa y odiosa mujer, a aquella misteriosa mujer a la que debía tantos placeres, tantos dolores y tal vez buena parte de su genio.
Algunas balas dieron lejos de la diana y una de ellas fue a parar incluso al techo. Cuando aquella encantadora criatura empezó a reír como una posesa, burlándose de la torpeza de su marido, éste se volvió bruscamente hacia ella y le dijo:
-Fijaos en aquella muñeca, allá, a la izquierda, aquella con la nariz  respingona y el rostro tan altivo. Pues bien, angelito mío, imaginaré que sois vos.
Y tras cerrar los ojos, amartilló la pistola. Al momento la muñeca quedó decapitada.
Acto seguido, se volvió hacia su querida, su deliciosa, su odiosa mujer, su inevitable e implacable musa y, tras besarle la mano, añadió:
-¡Ah, angelito mío, cuánto os debe mi destreza!

Charles Baudelaire
De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos. Thule ediciones.2005