1.298 – La alienación/ 1

 Allá en los años mozos, fui cajero de banco. Recuerdo, entre los clientes, a un fabricante de camisas. El gerente del banco le renovaba los préstamos por pura piedad. El pobre camisero vivía en perpetua zozobra. Sus camisas no estaban mal, pero nadie las compraba.
Una noche, el camisero fue visitado por un ángel. Al amanecer, cuando despertó, estaba iluminado. Se levantó de un salto.
Lo primero que hizo fue cambiar el nombre de su empresa, que pasó a llamarse Uruguay Sociedad Anónima, patriótico título cuyas siglas son: U.S.A. Lo segundo que hizo fue pegar en los cuellos de sus camisas una etiqueta que decía, y no mentía: Made in U.S.A. Lo tercero que hizo fue vender camisas a lo loco. Y lo cuarto que hizo fue pagar lo que debía y ganar mucho dinero.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos. Siglo XXI -1989

1.297 – Curiosidades

 Me ha dicho el médico que me pese cada mañana. De ese modo, si un día cojo unos gramos, al siguiente pondré los medios para perderlos. No es preciso añadir que se trata de un médico obsesivo, pero ni los médicos ni las esposas nos tocan en la lotería. Si estoy con él, me digo, por algo será. De otro lado, me gusta la idea de corregir el martes los errores del lunes. Lo primero que hago al sentarme frente al ordenador, a primera hora, es repasar las páginas escritas la jornada anterior. Siempre tacho algunas palabras o añado otras. Gracias al médico obsesivo he empezado a relacionarme con mi cuerpo como si fuera una novela que escribo día a día. Hoy peso 200 gramos más que ayer por culpa de una cena que ni siquiera me hizo feliz. Pues nada: a tachar esos doscientos gramos a base de frutas y punto (punto y aparte).
Tachar kilos es tan difícil como tachar adjetivos. Se les coge cariño a los unos y a los otros. Aunque sabes que no le vienen bien a la escritura ni al cuerpo, nos cuesta cortar por lo sano, ésa es la verdad. Pero quiero insistir en la idea del cuerpo como novela; a veces, como novela de terror. Me hice unos análisis que me entregaron en un sobre cerrado donde ponía la palabra «confidencial». Iba por la calle con aquel sobre debajo del brazo como si fuera un agente del Centro Nacional de Inteligencia. Pero sólo era un espía de mi propio cuerpo. Se lo entregué al médico y fue entonces cuando me recomendó que me pesara todos los días, para tachar el miércoles los gramos de más escritos durante el martes. En eso estoy.
Para amortizar la báscula, me peso siempre que paso cerca de ella. Por las noches, no sé por qué, peso siempre dos kilos más que por la mañana. Pero son dos kilos que se tachan solos, también de forma inexplicable, durante el sueño, como si los gramos se colaran por un sumidero invisible. El otro día me desperté de madrugada y estuve una hora sobre el peso, para sorprender al cuerpo en el instante de adelgazar, pero es más difícil que ver crecer la hierba. He hecho también experimentos con algunos libros. Las novelas pesan más por la noche que por la mañana. La poesía, en cambio, siempre pesa igual. Cuestión de metabolismo, supongo.

Juan José Millás
Articuentos completos. Seix barral – 2011

1.296 – Crianzas

 Siempre imagino que mi madre tiene nada más que veinticinco años (la edad que ella tenía cuando yo nací), de ahí que me enfurezca si la oigo arrastrar los pies, cloquear, toser, pensar como una vieja. No entiendo por qué a los veinticinco años le han salido arrugas ni me explico cómo siendo tan joven se acuesta tan temprano.
Si en algún momento de pavorosa lucidez advierto que es una vieja, tal descubrimiento me llena de horror, por lo cual trato inmediatamente de expulsar dicho conocimiento de la luz de mi conciencia, de manera que en seguida recupera sus veinticinco años.
Ella me trata a mí continuamente como si yo fuera una niña, por lo cual nos entendemos perfectamente. No insisto en crecer, porque sé que es inútil: para nosotras dos, el tiempo se ha estacionado y ninguna cosa en el mundo podría hacerlo correr. Moriré de cinco años y ella de veinticinco: a nuestros funerales asistirá una muchedumbre de ancianos niños y de niños que jamás llegaron a crecer.

Cristina Peri Rossi
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma, 2001

1.295 – El preso

 No ocurre todas las noches, pero ocurre. En mi celda, en la puerta de mi celda, hay una cruz marcada con tiza. Ya no puedo pagar mi impunidad personal y abusan de mí. Son tres o cuatro, y me desvelan. La primera vez, la primera noche, mi grito fue profundo y desgarrador. Pensé que algo se rompía en mi interior. El capellán de la prisión me preguntó si había sentido algún placer en alguna de las ocasiones. Puede usted suponer que me levanté con dignidad del reclinatorio y me fui lo más aprisa que pude, mordiéndome los labios, porque las heridas, los roces y quizás alguna llaga me están causando un tormento terrible.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.294 – Tatoo

 Lola se tatuó una mariposa en el hombro, un escarabajo al oeste del ombligo, una garza con el cuello estirado a lo largo de su pantorrilla, un sapo somnoliento en el empeine izquierdo y uno saltarín en el derecho, una foca monje en las estribaciones del agujero vaginal, un saltamontes sobre el pecho derecho y un caracol en el trasero. Todo iba bien en su vida. Su marido se marchaba a su trabajo nocturno y ella dormía desnuda. Los animales salían de su cuerpo y danzaban y cantaban canciones de corro en la alfombra del dormitorio. Al alba, cuando escuchaban las llaves del hombre, volvían a sus puestos y esperaban ser agitados por la furia sexual con la que llegaba del trabajo. Todo este hermoso mundo familiar se desmoronó el día que Lola decidió tatuarse en el omóplato una fastuosa cabeza de tigre con dos grandes colmillos con el fin de advertir a los que se acercaran demasiado. Cuando el pasado amanecer regresó el marido gritó con espanto al ver el cuerpo de Lola inerte sobre las sábanas. Los animales se habían dado a la fuga capitaneados por el enorme tigre, que había dejado una marca de sus fauces sobre la yugular de la que aún, y son ya las ocho y media de la mañana, no ha dejado de manar sangre.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros,2008

1.293 – Aviso

 Me voy a fumar todo el tabaco que encuentre en el estanco. Me beberé toda la ginebra que me escondan.
Insomnes serán todos mis sueños. No volveré a probar bocado alguno.
Me alejaré del agua, del mar y de tus versos. Luego, si me queda tiempo, me olvidaré de ti.

Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012

1.292 – Fue muy triste…

 Fue muy triste dejarla en la perrera durante el verano, pero era imposible llevársela en el viaje. Cuando regresaron, meneó la cola con su eterna alegría y se tumbó en su cesta, tan cariñosa como siempre. Pero cuando desvalijaron la casa, ni siquiera ladró.

Espido Freire

Cuentos malvados. Ed . Páginas de espuma, 2010

1.291 – Naufragio

 El día que se hundió aquel navío entre retumbos de barriles y añicos de loza, yo nadaba cerca, ocioso, mientras practicaba esgrima intelectual con mi hermano (el irresoluble problema de la flecha del tiempo y la diana de la inmortalidad). La tripulación, desesperada, se agitaba sobre las aguas oscuras. Unos pocos habían logrado aferrarse a pellejos de buey. Al percatarnos de su desgracia, nos sumergimos resueltos y buceamos hacia ellos, aproximándonos a toda velocidad, con estilo poderoso, ondulante. Siempre sucede que, aunque lleguemos a tiempo para redimirlos, ellos no pueden evitar señalarnos y, enloquecidos, gritar al unísono con un timbre particularmente desagradable que el prestigio o quizá el horror concentran: ¡Tiburones! ¡Tiburones!

Ángel Olgoso
La máquina de languidecer. Ed. Páginas de espuma, 2009