Cubrió su sexo con el estrecho tanga de hilo que acababa de comprarse y con la misma delicadeza, terminó de abrocharse su mágico sujetador push up. A continuación, se puso un ajustado vestido negro que apenas cubría algo de sus femeninas piernas y cerró la cremallera que colgaba por su finísima espalda. Después, se colocó dos enormes aros de plata, perfiló con un lápiz sus rasgados ojos y con un gloss intenso recorrió de lado a lado sus carnosos labios. Por último, se subió a unos tacones de aguja y sólo entonces, se atrevió a salir por la puerta.
Decidido.
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2.016 – Un cuento de misterio
Cuando la marquesa empezaba a dar alpiste al canario número trece, sonó la campanilla. “Voy inmediatamente”, pensó en correcto alemán, y descendió las escaleras. Cuando abrió la puerta, vio a un caballero desconocido, serio, que se limpiaba las uñas con una navaja. “¿Qué viene usted a hacer a esta hora?”, preguntó la marquesa en alemán. “Vengo a asesinarla”, respondió el caballero, en perfecto ruso. “Debí imaginarlo”, dijo la marquesa. “Siempre que le doy alpiste al canario número trece, viene alguien a asesinarme”. Todo lo anterior lo dijo en inglés, porque la marquesa no sólo era políglota, sino que sabía que lo eran también todos los hombres que iban a asesinarla cada vez que le daba de comer al canario número trece. Como es natural, el caballero entendió. “Entonces, ¿está usted lista?”, preguntó el caballero, sin moverse de la puerta, sin dejar de limpiarse las uñas con la navaja. “Todavía no –respondió la marquesa–. Permítame que me lave las manos, que todavía las tengo llenas de alpiste”. Hizo pasar al caballero, lo sentó en el diván con toda la refinada cortesía de una marquesa políglota, y se dirigió al baño mientras decía: “La última vez que me asesinaron, olvidé lavarme las manos, y eso es una indecencia”. Ya desde el baño, gritó en griego: “Imagínese usted, ¿qué dirían mis parientes si me encontrasen con las manos así?”. Pero el caballero no oyó, extasiado como estaba en el canto de los treinta y dos canarios de la marquesa.
La dama regresó, secándose las manos en la falda. “¿Quién me manda a asesinar?”, preguntó con curiosidad, interrumpiendo al caballero, que se había puesto a silbar. “La manda a asesinar su esposo, señora”. La marquesa no pudo contener su emoción: “¡Ya me lo imaginaba. Boris es tan gentil!”. Se sentó en el diván donde estaba el caballero y agregó: “Para las bodas de plata, me hizo asesinar, nada menos que por un príncipe árabe, quien habiendo asesinado a sus ochocientas esposas, había batido el récord mundial”.
El caballero dejó de arreglarse las uñas y dijo dignamente: “Los tiempos cambian, señora. Antes podía darse uno el lujo de que lo asesinara un príncipe árabe. ¡Pero ahora la vida está tan cara…!”.
La marquesa empezó, entonces, a hablar de otras cosas. El caballero la interrumpió: “Perdone, señora. Estamos perdiendo tiempo y esta mañana tengo mucho qué hacer. En este solo sector tengo que asesinar como a siete condesas, ocho duquesas y una cenicienta”.
“¡Ay, qué romántico!”, exclamó la marquesa, visiblemente emocionada. “No le haré perder tiempo”. Y luego, apretando las manos contra el pecho, preguntó: “¿Trajo usted la penicilina?”. El caballero pareció ahora indignado: “Penicilina, ¿para qué”. La marquesa se puso de pie., golpeó el piso con el tacón y exclamó: “Sin penicilina, ¡no me dejo asesinar!”. El hombre estaba intrigado: “Pero, ¿qué va a hacer usted con penicilina?”. La marquesa respondió: “No voy a correr el riesgo de una infección por negligencia suya”.
El caballero, que era un hombre inteligente, logró convencer a la marquesa de que un asesinato de celebración no tenía peligro alguno de complicación. “Está bien –dijo la marquesa–. Y, ¿qué va a dejar usted como huella para la policía?”. Y el caballero respondió: “Las huellas digitales. ¿No es suficiente?”.
“Tiene usted razón”, dijo la marquesa. Y exclamó emocionada: “¡Cómo progresa la ciencia!”. Acto seguido, se tumbó sobre el diván, como correspondía a una dama.
Gabriel García Márquez
Diario El Heraldo, abril de 1950
2.009 – Ayyy
Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era su marido. .
-¡Ayyyy! -gritó ella- ¡pero si vos estás muerto!
Él sonrió, entró y cerró la puerta. Se la llevó al dormitorio mientras ella seguía gritando, la puso en la cama, le sacó la ropa e hicieron el amor. Una vez. Dos veces. Tres. Una semana entera, mañana, tarde y noche haciendo el amor divina, maravillosa, estupendamente.
Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era la vecina.
-¡Ayyyyy! -gritó la vecina-, ¡pero si vos estás muerta! -y se desmayó.
Ella se dio cuenta de que hacía una semana que no se levantaba de la cama para nada, ni para comer ni para ir al baño. Se dio vuelta y ahí estaba su marido, en la puerta del dormitorio:
-¿Vamos yendo, querida? -dijo y sonreía.
Angélica Gorodischer
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.002 – Sarmiento quebrado
Como un vástago arrancado de la cepa me sentí cuando tuve que abandonar mi tronco, mis surcos, el olor a tierra regada, el sabor del tocino, el vino seco de la bota y a mi gente para ir a la guerra.
Mi madre: aroma de heno, silencios amorosos, aljibe de consuelos, troje de recuerdos, tacto rugoso de su lana. Su toquilla.
Mi María: aquel beso en los caños, como brisa del atardecer, suave y tímido, pluma acariciando mis labios; su cuerpo en la era, la cabeza sobre la albarda; el brillo de sus ojos, el cielo en la tierra. Su chal.
Mi Carmencita: queso ahumado con jaras, sabor a pan recién horneado, risas de jilgueros en flor, simiente de esperanzas; acariciar su piel, pasar la mano por la mies. Su mantilla.
La matanza. Cuerpos socarrados abiertos en canal. Barrigas hinchadas. Carne chamuscada. Tripas serpenteantes. Moscas a la sangre coagulada. Chicharras con gritos de espanto. Miradas acres de árboles calcinados. Hedor de cadáveres sazonados con pólvora. Matarifes en retaguardia.
En el rastrojo, entre espigas humanas segadas y con el cielo azul por mortaja, veo tres estrellas de luto: decidles que no me esperen para la vendimia.
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/06/sarmiento-quebrado.html
1.995 – Perplejidad
La cierva pasta con sus crías. El león se arroja sobre la cierva, que logra huir. El cazador sorprende al león y a la cierva en su carrera y prepara el fusil. Piensa: si mato al león tendré un buen trofeo, pero si mato a la cierva tendré trofeo y podré comerme su exquisita pata a la cazadora.
De golpe, algo ha sobrecogido a la cierva. Piensa: si el león no me alcanza ¿volverá y se comerá a mis hijos? Precisamente el león está pensando: ¿para qué me canso con la madre cuando, sin ningún esfuerzo, podría comerme a las crías?
Cierva, león y cazador se han detenido simultáneamente. Desconcertados, se miran. No saben que, por una coincidencia sumamente improbable, participan de un instante de perplejidad universal. Peces suspendidos a media agua, aves quietas como colgadas del cielo, todo ser animado que habita sobre la Tierra duda sin atinar a hacer un movimiento.
Es el único, brevísimo hueco que se ha producido en la historia del mundo. Con el disparo del cazador se reanuda la vida.
Raúl Brasca
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
1.988 – A buenas horas.
Después de sesenta años de matrimonio le cambiaron a su mujer. Por una mucho más joven y bella, de pómulos marcados y desafiantes pechos bajo la ligera camisa de seda negra.
Anselmo pensó que la luz cenital de la cabina siete del tanatorio municipal favorecía a aquella señorita que, como por arte de magia, había aparecido rodeada de flores al levantarse la persiana, al otro lado de la mampara de metacrilato.
Y al instante se dio cuenta de que habían estado hechos el uno para el otro. Sonriente pese a las circunstancias, se adivinaba en ella a una persona bondadosa, amable; una de esas mujeres que pueden hacer de la vida un lugar.
Lejos de molestarse o reclamar, Anselmo rompió a llorar al verla. Como si no se hubiera dado cuenta del error, o quizá porque se había dado cuenta.
A buenas horas, alcanzó a decir en voz baja.
Y siguió llorando buena parte de la noche, desconsolado por lo que la vida, prestidigitadora cruel, le mostraba fugazmente para después negárselo: un recuerdo equivocado, un deseo concedido a otro.
Uno de esos goles fuera de tiempo, que suceden cuando ya te has ido del estadio.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.981 – Benicia, Justino y los mercados
Sentado en el verraco de granito que se trajo su padre de Torralba de Oropesa y que hace las veces de poyete junto a la puerta de la casa, Justino ojea el periódico que está en el suelo. Pasa las páginas con el bastón. A esa distancia solo puede ver los santos y las letras gordas.
—Afirman los americanos que nuestros bancos, mercados y bonos son basura —informa a Benicia, que justo en ese momento monda patatas y recuerdos en la pila de lavar.
—En lo de los abonos quizás tengan razón —responde Benicia acordándose de las aceitunas—, que a mí el aceite no me sabe igual desde que fumigamos los olivos. Sin embargo, en el mercado de Talavera buenas hortalizas que hay. Y en lo de los bancos —señala con el cuchillo al granito— es porque no han visto donde estás sentado —dice socarrona.
—No, mujer, si se refieren a los dineros —aclara el lector de la prensa bastonada, pero Benicia apenas escucha pues está recordando a los americanos de La diligencia, que montados en el balcón del ayuntamiento disparaban a los indios que los perseguían desde la ventana de la botica.
Justino pasa a garrotazos las páginas de economía y fútbol y al llegar a las de anuncios por palabras las enumera en silencio.
—Estas son las que de verdad indican el estado del mercado: a más páginas, más miserias —asevera con voz labrada.
—¿Y América por dónde cae? ¿Por el alba? —pregunta Benicia, que una vez peladas las patatas (como si fueran cabelleras) se ha puesto a quitar las pequeñas picaduras con la punta del cuchillo.
—Por el ocaso —Y Justino señala con la garrota hacia la zahúrda.
—Me lo barruntaba —responde su mujer. Luego, coge las mondas y las lleva al cubo de la basura.
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/03/9-benicia-justino-y-los-mercados.html
1.974 – Balcones engalanados
Cada año coincidiendo con la conmemoración del día de la patria, se coloca a los disidentes en fila india en la Avenida de la Libertad, y a la vista del numeroso público que acostumbra a asistir entre expectante y amedrentado a este tipo de espectáculos, el especialista armado con una estaca de roble les arranca la cabeza con un golpe seco, este cometido es realizado siempre por la misma persona, generalmente se trata de alguien muy bregado en este tipo de escarmientos, tarea para la cual se prepara intensamente durante todo el año.
Una vez que las cabezas han volado por los aires, se recogen y se colocan lavadas y peinadas en las ventanas y balcones por donde pasará poco después el desfile de fervientes patriotas que van a honrar como todos los años la enseña nacional en la Plaza Mayor.
Julia Otxoa
Retrato de familia con fantasma- Ed. Menoscuarto – 2013
1.967 – Reinserción
El hijo del lechero ha entrado en la farmacia. A la chica del mostrador le ha costado reconocerlo porque, aunque su cara es famosa en todo el barrio, hace tiempo que no le echaba la vista encima. Lo encuentra cambiado, desprovisto de aquella actitud beligerante con la que intimidaba a propios y extraños. Los pequeños surcos que agrietan sus sienes delatan que ha debido pasarlo mal en la cárcel. Ahora es otra persona, capaz incluso de inspirar confianza. Pero cuando deja oír su voz para pedir una caja de Tranxilium-Forte, la chica del mostrador nota el mismo estremecimiento que antaño la hacía sentir vulnerable, a expensas de lo que el destino le tuviera reservado. A más de un vecino ha oído comentar que el joven se ha reformado, que ha aprendido a respetar las normas elementales de convivencia. Ya no hay motivo para pensar que esconde oscuras intenciones; por más que ella se demora en atenderle, en comentar con detalle la posología recomendada para aquel medicamento, en preguntar -con una sonrisa en los labios- si necesita algo más… Todo es inútil: el hijo del lechero se guarda las cápsulas en el bolsillo, da el importe exacto y se despide deseando que pase un buen día.
Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/2014/05/reinsercion.html
1.960 – Nerón y Berta
Berta era una pobre hilandera, muy habilidosa, que se pasaba el día trabajando. Una vez, en la calle, se encontró con Nerón, emperador romano, y le dijo:
—¡Dios te dé salud para que vivas mil años!
Nerón, que era tan déspota que nadie lo podía ver, se quedó tieso al oír que alguien le deseaba que viviera mil años y repuso:
—¿Y por qué me dices eso, buena mujer?
—Porque, después de uno malo, siempre viene uno peor.
—Bien. Todo lo que hiles desde ahora hasta mañana por la mañana, llévamelo al palacio —le dijo Nerón, y se marchó.
Berta, hilando, pensaba: “¿Qué querrá hacer con el lino que estoy hilando? ¡Mientras que mañana no lo use como cuerda para colgarme! De ese tirano se puede esperar cualquier cosa”.
Por la mañana, se presenta puntualmente en el palacio. Nerón la hace entrar, recibe todo el lino que había hilado, y le dice:
—Sujeta un extremo del ovillo en la puerta del palacio y camina hasta que se termine el hilo.
Luego, llamó al mayordomo de palacio y le dijo:
—En toda la longitud del hilo, el espacio de uno y otro lado del camino pertenece a esta mujer.
Berta le dio las gracias y se fue muy contenta. A partir de entonces, ya no tuvo necesidad de hilar, pues se había convertido en una señora.
Cuando la noticia se difundió en Roma, todas las mujeres que comían una vez al día se presentaron a Nerón con la esperanza de recibir un regalo como el que había recibido Berta. Pero Nerón respondía:
—Ya pasaron los tiempos en que Berta hilaba