Cómo podía dar clase de asesinato si él no había matado a nadie. Cómo transmitir el entusiasmo por la tarea bien hecha sin sentirse un estafador. Llevaba días pensándolo. Sería la única manera de reconciliarse como docente. Ya era de noche cuando cogió el juego de cuchillos que le habían regalado para la boda. Practicó con los distintos tamaños hasta hacerse con el manejo del más grande. Agarró el pomo de la puerta del dormitorio y entró. Su mujer se giraba en la cama. Levantó la mano que empuñaba el arma y, después del impacto, anotó:
«Clavar el cuchillo entre las costillas y retorcerlo antes desatarlo es un error: es inevitable que se atasque».
Etiqueta: prep
1.309 – Enanismo
Como bien lo saben los empresarios circenses, el tamaño no es un destino sino una elección. Cualquier persona adulta puede convertirse en un enano siguiendo una serie de instrucciones sencillas que exigen, eso sí, una alta concentración. Por ejemplo, este minúsculo hombrecillo que ven ustedes aquí fue hasta hace dos meses un robusto mocetón de un metro ochenta y dos centímetros de altura y noventa y un kilos de peso. Por ejemplo, este microrrelato que está usted leyendo, fue hasta ayer mismo una novela de seiscientas veintiocho páginas.
Ana María Shua
Fenomenos de Circo. Páginas de espuma 2011
1.308 – Hermanas
La mujer de la foto sonreía en la última imagen del álbum. En las primeras aparecía de niña, con sus tres hermanas mayores tirándole de unas coletas pizpiretas, o pintándole la cara con chocolate mientras ella hacía pucheros. Después venían las fotos de juventud: tres damitas elegantes y una adolescente desastrada que las observaba con gesto torcido. En las siguientes, según pasaban los años, ella aparecía seria, como agazapada, y siempre aparte del grupo de tres, luego de dos y en la penúltima, detrás de la última hermana enlutada y madura. En la última estabas sola, sonreías y tu mirada triunfal ponía los pelos de punta.
Luis Serrano Lasa
Relatos en cadena 2009-2010. Alfaguara-2010
1.307 – Llegó…
Llegó un momento en que hubo que decidir cuál de los dos moriría para alimentar al otro. Ella se ofreció, y él aceptó. Ella le pidió un beso, y él cerró los ojos. Sin inmutarse, ella le clavó un puñal, maravillándose, mientras lo comía, de su inmensa estupidez.
Espido Freire
Cuentos malvados. Ed . Páginas de espuma, 2010
1.306 – La televisión /4
Me lo contó Rosa María Mateo, una de las figuras más populares de la televisión española. Una mujer le había escrito una carta, desde algún pueblito perdido, pidiéndole que por favor le dijera la verdad:
-Cuando yo la miro, ¿usted me mira?
Rosa María me lo contó, y me dijo que no sabía qué contestar.
Eduardo Galeano
El libro de los abrazos. Siglo XXI -1989
1.305 – Voces como arpones
Asomadas a la reja cantamos las tres hermanas, Murguen, Nadina y yo. Los vecinos no se quejan. Al contrario, suspenden el asado del mediodía para poder escuchar. Sobre todo en primavera, cuando nuestras voces se mezclan con el azul profundo del jacarandá. Mamá canturrea en la cocina, suspira y recuerda, dice algo sobre unas rocas, piensa en el mar. Pero ahora nos deja el lugar a nosotras, sus herederas. Con nuestros dedos delgados, y nuestro cuerpo cimbreante, que casi envuelven los barrotes de los balcones, ante los ojos extasiados del barrio. Nuestro padre sonríe en el taller, admirado de que, a pesar de su fealdad casi ciclópea, le hayan nacido unas hijas tan bellas.
En la casa de altos balcones donde son felices, mi madre guarda el secreto de haber seducido a otro hombre, un tal Ulises y, mientras mira a su esposo con ojos de mar, agradece no haber caído en sus brazos.
Pero ésas, ahora, son viejas historias. Como arpones llenos de codicia, nuestras voces se alzan plateadas, sinuosas. Pocos pasan entre las dos esquinas sin mirarnos. Todos nos oyen, alguien caerá en las redes.
María Obligado
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma, 2001
1.304 – Principio físico
Un terremoto de siete grados en la escala Richter sacudió la costa occidental del continente australiano. Por fortuna, se trata de una zona poco poblada y los desperfectos no fueron de consideración. Tampoco hubo que lamentar bajas humanas. El lugar se declaró zona catastrófica. Instantes después de producido el seísmo, en una elevada peña de la sierra de Líbar, en la provincia de Málaga (España), una mariposa limonera que pasaba la tarde tomando el sol sobre la flor de un majuelo, vio como una agitación proveniente de un lugar desconocido la obligaba a batir las alas.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros,2008
1.303 – Lo uno y lo múltiple
«Creo que todo empezó al aceptar el puesto de vigilante nocturno. Mientras hacía la ronda de madrugada, pensé en mi mujer y la imaginé dormida en mi lado del colchón. Fue tan fuerte la nostalgia de su cuerpo que me desdoblé en otro yo apasionado que corrió a acurrucarse junto a ella. Ahora no paro de escindirme, tengo varios clones repartidos por la ciudad cumpliendo mis deseos. Uno incluso ha empezado Filosofía. Pero ayer, viendo el telediario, creí reconocerme en el atracador que grabó la cámara de seguridad del banco. Estoy preocupado, usted me comprende, ¿verdad? ¿Por qué me mira así?».
Rosana Alonso
Los otros mundos.Edit. Talentura, 2012
1.302 – Cicely
Una página en blanco un día negro, tantos días.
Que atrás quedan los cerezos en flor, las bellísimas geishas, los campos ordenados, las calles limpias, las colas perfectas de los andenes, los trenes de fumadores, los torai, los templos.
Quedan los pétalos marchitos, hoy serían cerezas, el recuerdo de un tiempo que se empeña en volar. Queda una sucesión de días idénticos, clonados, nubarrones internos. Sé que detrás está el cielo.
En Madrid es otoño -se me hielan los pies en la cama
Quiero irme a Cicely. Allí vive la gente con quien paso las tardes. Ya no voy a fiestas, ni veo exposiciones ni apenas leo. Me siento en el sofá y me quedo con ellos. Con mi gente. Con la nube plomiza, con los pétalos secos -hoy serían cerezas-.
El teléfono me impide seguir el hilo de lo que sucede.
-¿Sí?
-Buenas tardes, me llamo Sonia Cifuentes. ¿Tiene usted internet?
-Disculpe, señorita Sonia Cifuentes, tengo el teléfono desviado y me está usted llamando a Alaska. Entienda que cuelgue.
-Perdone, adiós.
He perdido el hilo. No importa, está nevando. Un reno cruza la calle. La gente sale a celebrar los primeros copos. Y yo salgo con ellos, respiro, ha llegado el invierno.
María Jesús Muñoz Cánovas
Futuro imperfecto. Ed. de Clara Obligado. Colección Nuevos narradores/6
1.301 – Claustrofobia histórica
Yo me enamoré del hijo de la Paqui sabiendo que era un pinta y que andaba todo el día por ahí como un perro sin dueño.
Entonces no sabía que la única persona a la que puedes cambiar eres tú misma y que de redentores y buenas cenas están las sepulturas llenas.
Entonces no sabía eso ni otras muchas cosas, como que la marcha atrás no funciona, y que te puedes quedar embarazada aunque lo hagas de pie contra la tapia del cementerio, diga lo que diga la Sole.
Ahora sé cambiar pañales, preparar biberones y poner los ojos en blanco cuando me preguntan por qué dejé de estudiar, como si la respuesta tuviera que ser evidente para todo el mundo. Ahora también sé que no tendría que haber dejado de estudiar nunca.
El hijo de la Paqui (de cuyo nombre no me da la real gana acordarme) no se salió del instituto, aunque le costó Dios y ayuda acabar el bachillerato. Se fugaba de casi todas las clases porque no aguantaba los espacios cerrados. Que le entraba el nervio y una de dos, o abría la ventana o se tiraba por ella. Para eso hubiera sido mejor que se hubiera puesto a trabajar, pero a ver en qué sitio iban a aguantarle la manía esa de las puertas abiertas.
Alguna noche, tuvimos que bajar la Paqui o yo a buscarlo al parque. Decía que dentro del piso se asfixiaba, que le faltaba el aire.
Un día le faltó tanto que ni su madre ni yo fuimos capaces de encontrarlo.
Recorrimos el pueblo entero, hasta que la Paqui dijo que ya no aguantaba más, que a su hijo le podían dar muchas y buenas, y que con su edad y sus dolencias, no podía encargarse de nosotros.
Después, me puso la mano en la barriga, yo creo que con pena, y me deseó suerte.
Desde esa noche vivo con mis padres.
Él volvió unos días más tarde. Que le perdonara. Que yo ya sabía de más que a veces la casa se le caía encima y que tenía que salir a donde fuera. Qué él no estaba hecho para estar encerrado entre cuatro paredes.
Pero yo no le perdoné. Faltaría más. También una tiene su orgullo.
Ahora creo que se ha matriculado en historia. Normal.
Un pinta como él tenía que acabar estudiando una carrera llena de nombres de calles.