2.145 – No me acuerdo de nada

alzheimers-  Al despertarme, compruebo que el otro lado de la cama está vacío. Cuando no puede conciliar el sueño camina por las mañanas. Vuelve con el pelo graso y revuelto, y de ella mana un olor desagradable, pero siempre llega a tiempo de prepararme el desayuno.
-¡María! -grito.
Miro el despertador. Tarda más de lo habitual. El armario está intacto. Si me hubiera abandonado, se habría llevado algo de ropa. Tampoco ha cogido dinero de mi cartera. La llamo por teléfono y su móvil suena sobre la cómoda.
-No sé qué ponerme -digo-. ¡Cómo voy a ir a la oficina si no sé qué ponerme!
Las ocho en punto. No llegaré a mi hora. Recorro la habitación una y otra vez. En una ocasión golpeo la cama.
-¡Voy a llegar tarde!
Entonces escucho el sonido de la puerta de la calle y poco después aparece ella.
-Me he perdido -dice-. No sé qué me ha pasado, pero de pronto no sabía dónde estaba. Tampoco podía recordar mi nombre. He estado sentada en la acera como una niña, durante varios minutos, intentando recordar cómo me llamo.
Le señalo el despertador con el dedo.
-Llego tarde -le digo, con una calma que me sorprende.
-Te estoy diciendo que he perdido la memoria ¡No recordaba quién era, ni dónde estaba! Era como si nunca hubiera existido. No podía recordar absolutamente nada.
Me levanto y voy hacia ella hasta que mi cara queda a pocos centímetros de la suya.
-No he desayunado y tampoco sé qué ropa ponerme -le digo, apuntándola con el dedo-. Y tú me vienes con que has olvidado tu nombre. Pues bien, quiero que recuerdes que voy a llegar tarde al trabajo por primera vez en mi vida.
Se sienta en la cama y empieza a llorar.
-Podías ducharte -continúo-. Tienes el pelo grasiento y hueles a vinagre. Es un olor que me repugna. Pareces una salvaje.
Saca un pañuelo del bolsillo y se suena la nariz.
-Ya tengo bastante con tu aspecto y con tu olor como para tener que escuchar tus narices -añado-. ¡Compórtate como una mujer!
Se levanta y abre el armario. Saca uno de los trajes y lo tiende sobre la cama, luego extrae la muda de un cajón y la deja al lado. Los zapatos están debajo de la cama.
-No has limpiado los zapatos -le digo-. Tienen manchas aquí.
Ella los mira, va hacia la cocina, trae un paño con betún y quita las manchas. Mientras me visto prepara el desayuno. Me lo tomo a regañadientes.
-¡Voy a llegar tarde! -digo-. Que sea la última vez que me levanto y no estás en casa.
Al salir me doy el gusto de cerrar con un portazo. Es la primera vez que llego tarde en treinta años y ella llora porque ha olvidado quién es. Como si olvidarse de uno mismo fuera una tragedia.

José Carrasco
Futuro imperfecto.Clara Obligado ed. lit. 2012
Ilustración: http://www.meedicina.com/etiquetas/alzheimer/

2.138 – Un caso de vocación frustrada

ama m shua  Un joven tenía vocación de árbol, pero su familia no le permitió desarrollar sus visibles aptitudes para ramificar y aun lo casaron contra su voluntad. Toda una vida de frustración resultó en una vejez horrible: se endureció, adelgazó, se volvió rígido y seco hasta el extremo de convertirse en antena de televisión. Esta leyenda explica entre nosotros el origen de las antenas de televisión, pero no su proliferación desmesurada.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

2.131 – LII

miguel a zapata  Mido un metro y ochenta y cinco centímetros. Un chicarrón alto, fuerte, saludable, norteño. Pero en este planeta al que he sido destinado, vaya usted a saber por qué inescrutable y tocapelotas designio más o menos cósmico, todo aquello que añada orgullosos centímetros por encima del metro cincuenta queda suprimido, borrado, desaparecido, invisible, sometido a la nada.
Ante la perspectiva terrible de no volver a verme y andar por la vida como un errante decapitado procurador de sustos y pavores, ando encogido yo, encorvado y deforme como un anciano, casi vencido ya por la artritis y una escoliosis galopante, recibiendo de estos soberbios pigmeos miradas conmiserativas, limosnas al tullido que vino del espacio exterior.

Miguel Ángel Zapata
Revelaciones y magias. Ediciones Traspiés. 2009

2.124 – El cielo de París

javier Ximens  —Juan, ¿te quedaste tú con la tarjeta de crédito de papá?
—No te entiendo, tío, ¿a qué te refieres?
—Sabes que siempre se lamentaba de que mamá se hubiera muerto sin conocer París, mira: «Banco del Espíritu Santo. Cargos por tarjeta. Restaurant Maxim’s. 2 servicios»
—¿Qué fecha tiene?
—La del día siguiente del entierro de papá.
—Eso quiere decir que ya están juntos.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2013/02/el-cielo-de-paris.html

2.117 – Peligrosa senectud

Jordi Cebrian  Los viejos son muy peligrosos. Hace diez años se hundió el sistema financiero, y dejaron de cobrar sus pensiones y fueron expulsados de los asilos donde vivían, así que formaron bandas que desvalijan a los jóvenes y les agreden sin piedad con sus bastones. Cada vez hay más ancianos que asaltan tiendas o bancos, sabiendo que, con la edad que tienen, poca cárcel verán. Si ves en la calle viejecitos de apariencia apacible, formando un corro como si hablaran de sus cosas, no se te ocurra acercarte: cambia de acera y corre, pues eso sí, la mayoría de ellos cojea.

Jordi Cebrián
www.cienpalabras.com

2.110 – El abuelo

alejandro bentivoglio3  Está en la sala familiar. Permanece inmóvil, incluso luego de oscurecer. No responde a los que le hablan, ni siquiera a sus más íntimos amigos. Con el transcurso de los días descubrimos que ya no se alimenta. Sabemos que aún respira, pero ya hemos desistido de buscarle conversación. Su mutismo es irreversible.
Finalmente alguien lo coloca en una maceta y allí lo dejamos.
Procuramos regarlo dos o tres veces por semana.

Alejandro Bentivoglio
Por favor sea breve 2. Ed. Páginas de espuma. 2009

2.103 – Fama póstuma

neus_aguado_56444  La pintora Alba del Canal era famosa porque en su primera juventud había pintado un efebo y lo había titulado El efebo. La crítica fue unánime al afirmar: «No se sabe si contemplamos a un adolescente o a una adolescente, es verdaderamente genial tanta ambigüedad». A raíz de este hecho, que se remonta en su trascendencia a la antigua Grecia, la pintora no había vuelto a pintar nada que provocara la atención de la crítica; pero eso sí, la gloria le duró varios lustros. Incluso después de muerta fue recordada por El efebo y no por sus ochocientas acuarelas de Venecia. Acuarelas que le ocasionaron un artritismo considerable, del cual murió a los ochenta y cuatro años.

Neus Aguado
Por favor sea breve.Ed. de Clara Obligado. Editorial Páginas de espuma.2001

2.096 – La casa encantada

 edmundo kulino  Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
-Espéreme un momento -suplicó-, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.
-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?
-Usted -dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

Anónimo, recogido por Edmundo Valadés

2.089 – Anamnesis

javier Ximens  A mi abuelo lo habían matado en la guerra. Mi padre, que entonces tenía nueve años, nunca me habló de ello. Siempre que pasábamos por las ruinas del Parador de San Prudencio me hacía detener el coche. Con la cabeza gacha apoyaba la mano en el muro. Luego, con lágrimas en los ojos, miraba el valle del Tiétar.
La otra noche regresábamos de Talavera en la furgoneta, al tomar la curva que enfila la posada me deslumbraron unos focos y fuimos a estrellarnos al portalón. Aturdidos nos bajamos, metimos el carro en el patio y desenganchamos las mulas. No advertí nada extraordinario. El posadero le llamó «¡Benito!», como a mi abuelo, y a mí «zagal», y me dijo que diera de beber a las caballerías. Me dejaron solo. Al poco, llegó un camión lleno de hombres armados. Lo vi todo, a culatazos sacaron a mi padre, a otros arrieros, al ventero y a su mujer. Les dispararon en la cabeza. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Al rato sentí que me hablaban, oí entre sueños la sirena de una ambulancia. Cuando me recuperé estaba aquí, en el hospital. Más tarde me dijeron lo del accidente y que él había muerto. ¿Entiende?

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/07/anamnesis.html

2.082 – Sociedad de consumo

 

luisavalenzuela  Un sonido acuchillante como el de la puerta de un ascensor al cerrarse de golpe: una guillotina. Mientras él es nuestro prisionero le tenemos reservado un infierno de sonidos para que no olvide el miedo, para que no deje de preguntarse a cada segundo qué es lo que le aguarda.
Aguanta en silencio, desesperado, atento, girando la cabeza sin lograr enterarse de nada. A veces le ponemos una venda en los ojos, otras lo dejamos a oscuras, atado y amordazado, y nos movemos con sumo sigilo por la pieza pero no con sigilo completo, justo el necesario para que intuya que hay presencias amenazadoras que lo rondan. Podríamos matarlo de un susto o simplemente enloquecerlo. Se merece cualquiera de estas alternativas que no ponemos en práctica porque no somos sádicos, no señor, somos profesionales.
A todos nuestros prisioneros los alimentamos regularmente pero siempre a oscuras para desconcertarles el gusto. La escalada de amenazas debe ser calibrada con sabiduría. Con arte. Acabamos de contratar a Martorelli, el conocido sonidista de Radio Nacional, para que haga los efectos especiales más escalofriantes. Ahora funciona mejor el trabajo y, cuando le quitamos la mordaza, el prisionero grita de terror, proporcionándonos un material invalorable para futuras sesiones.
En la cámara de torturas hemos instalado un equipo de sonido cuadrafónico que es una verdadera joya. El sistema se torna cada vez más complejo y por lo tanto más costoso pero poco nos importa porque ellos parecen dispuestos a pagar. Nuestra propuesta es de alta eficacia y hasta indolora, si se la mira bien.
No deja huella. Si los negocios marchan como hasta ahora vamos a poder aplicar el rayo láser que permite un precisión maravillosa en diversos aspectos, así como otras glorias de la tecnología de avanzada. Se puede decir que ya contamos virtualmente con estas mejoras, porque cada vez es mayor el número de altos ejecutivos -oficiales o no- que requieren nuestro servicio personalizado. Ellos también pretenden saber de qué se trata. Ellos quieren experimentar en carne propia lo que los otros no vivirán para contarles. No quieren perderse experiencia alguna, y nosotros estamos acá para satisfacer todas las exigencias del mercado.

Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008