2.215 – La cultura del terror/4

eduardo-galeano-ii  Fue en un colegio de curas, en Sevilla. Un niño de nueve años, o diez, estaba confesando sus pecados por vez primera. El niño confesó que había robado caramelos, o que había mentido a la mamá, o que había copiado al vecino de pupitre, o quizá confesó que se había masturbado pensando en la prima. Entonces, desde la oscuridad del confesionario emergió la mano del cura, que blandía una cruz de bronce. El cura obligó al niño a besar a Jesús crucificado, y mientras le golpeaba la boca con la cruz, le decía:
-Tú lo mataste, tú lo mataste…
Julio Vélez era aquel niño andaluz arrodillado. Han pasado muchos años. Él nunca pudo arrancarse eso de la memoria.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos – Ed Siglo XXI – 2009

2.208 – Engaños

leon_de_aranoa  Empezó engañando a su mujer, un poquito cada día. Al besarla por la mañana en la frente, al decirle mi vida cuando no lo era (nunca lo fue). La engañaba al pasear con ella de la mano por el barrio, al caer la tarde.
Engañar a sus vecinos le resultó aún más fácil. Sonreírles en el ascensor, interesarse por su salud y acariciar la cabeza a sus hijos, que hay que ver lo altos que están ya. Evitaba en tales ocasiones verse reflejado en el espejo, para no advertir el leve desafecto de sus gestos, y ahuyentar así el temor irracional que le causaba reconocer en él a un extraño.
Engañaba a sus compañeros de trabajo, a sus jefes, a sus inmediatos subordinados. Engañaba a Marga, su secretaria, cada vez que se encontraba con ella en el parking B7 del gran edificio de oficinas al terminar la jornada. Mentían sus labios al besarla, eran falsas las promesas que le hacía, falsas las manos sobre sus pechos y la rutina del sexo entre ellos.
Engañaba a diario, con tenacidad laboral. A su madre y a sus hermanos, a sus amigos, a su perro. Engañaba a cuantos saludaba con amabilidad las mañanas de los sábados, en un parque próximo, cuando lo sacaba a pasear.
Hasta que una mañana, frente al espejo, se engañó a sí mismo. Engañándose a sí mismo, descubrió maravillado, engañaría de una sola vez a todos.
Lamentó no haberse dado cuenta antes por el enorme esfuerzo que se habría ahorrado, pero ya era tarde: no se creyó.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.201 – El pescador de lágrimas

javier_ximens  En Ibiza, enganchada entre sus redes, un pescador ha recuperado un ánfora fenicia llena de lágrimas. Lo supo por el aroma de llanto. Son de las mujeres de los pescadores que el mar se quedó. Una de ellas, la más cristalina, le ha reflejado el rostro de su padre y ha emitido la fragancia de su madre.
Después de abismar la vasija en el mar y empujado por brisas de gaviotas, ha remado rápido a puerto con deseos de abrazar a su mujer y decirle a su madre que ya no hace falta que vuelva a llorar en el acantilado.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/09/el-pescador-de-lagrimas-finalista-en.html

2.194 – Artificios

Eduardo Berti 2  Todos los miércoles voy a una librería diferente y pido al azar un libro, inventando en el acto un título cualquiera que se me ocurre que un buen libro merecería. «Tiene Artificios? ¿Tiene El último sueño?», le disparo al vendedor que siempre parece un tanto dormido. Si me exigen otros datos -el autor o la editorial-, digo de forma sistemática que no lo sé. Raras veces el libro existe y lo compro. Raras veces ocurre que lo leo y es tal como había supuesto.

Eduardo Berti
La vida imposible. Páginas de Espuma, Madrid, 2014.

2.187 – Juicio final

 pedro herrero  A poco de haber muerto, recibí una encuesta en la que se me invitaba a expresar mi opinión sobre mi reciente experiencia como ser humano. Ya en vida, solía hacer caso omiso de ese tipo de reclamos, que siempre llegaban después de haber contratado noches de hotel o viajes de vacaciones. De manera que, una vez fallecido, con mi cuerpo en avanzado estado de descomposición, aún me apetecía menos. La encuesta (muy completa, como cabía esperar) solicitaba mi grado de satisfacción -del cero al cinco- sobre aspectos relacionados con mi salud, la edad que había logrado alcanzar, las metas conseguidas. Y añadía un apartado de extensión libre para que comentara todo aquello que pudiera mejorarse en el futuro. Tampoco faltaba la pregunta final sobre si recomendaba esa experiencia a mis amigos. Como digo, yo ya no estaba en situación de atender esas cuestiones, ni siquiera a cambio de los premios suculentos que prometía cierto sorteo. Pero aunque lo intenté con todas mis fuerzas, no supe hallar la manera de darme de baja. Así que ahora, años más tarde, cuando de mí ya no queda ni el polvo, sigo estando al corriente de las últimas promociones.

Pedro Herrero
http://humormio.blogspot.com.es/2014/12/juicio-final.html

2.180 – Yo quería un gato

rosayanez  Yo quería un gato pero mamá no. Al final, para callarme, trajo esta carpa aburrida que da vueltas y vueltas en la pecera que parece un balón pero que ni siquiera lo es. Yo, en venganza, me he dedicado a insistirle en que es un gato -«eres un gato, eres un gato, eres un gato…»- a medias rabioso contra la realidad a medias hastiado de su absurda compañía. Ahora me siento un poco mal, la he visto frotarse contra el cristal, mirar con interés al canario y me parece que ya no le gusta estar dentro del agua.

Rosa Yáñez Gómez
http://rositafraguel.blogspot.com.es/2013/05/yo-queria-un-gato.html

2.173 – Otra oportunidad

lola sanabria  Ayer tarde se formó una tormenta de viento. Apareció de repente. Yo recogía la ropa del tendedero, sorbiendo lágrimas interiores y liberando sábanas de pinzas moradas. Caían éstas en un cestillo de mimbre, con chasquidos de huesecillos mondados. Justo cuando doblaba el pernil de un pantalón sobre el otro, hice ese movimiento con la mano como si limpiara un cristal o borrara lo escrito en una pizarra. Me agarré con fuerza, aun así, aquel huracán me llevó en sus tripas. Amanecí en otra cama, otra casa, otra vida. De momento voy a probar con esta familia. Tiempo tengo de regresar.

Lola Sanabria
http://lolasanabria.blogspot.com.es/

2.166 – La lógica del amor

ernesto ortega  Empezó a pensar en un nuevo teorema que demostrase que la quería, porque ella siempre le insistía en que el amor había que demostrarlo. Asignó variables al tiempo que llevaban juntos, al olor de su pelo al salir de la ducha, a los absurdos silencios que a veces se interponían entre ellos. Estimó el índice la aceleración que sufría su corazón cada vez que ella se desnudaba y cuantificó los celos que sentía cuando le veía tonteando con otro, para después de horas y horas de trabajo acabar concluyendo que en realidad esto del amor no tenía ninguna lógica.

Ernesto Ortega Garrido
http://www.latoalladelboxeador.blogspot.com.es/2014/11/75-asalto-la-logica-del-amor-ganador.html

2.159 – A

federico fuertes guzman5  La letra A se ha negado a trabajar. Primero fue la mayúscula pero pronto la siguió su hija menor. Poco a poco, párrafo a párrafo han ido cerrando las factorías y lo que nos queda es el consuelo de haber conocido tiempos en los que podíamos escribir cábala o palabra, esconder un as en la manga o ir a los sitios a pie o a caballo.
Dentro de poco será un bonito recuerdo y tendremos que  _costumbr_rnos  _  decir que es otr_  letr_  l_ primer_  del  _beced_rio.
_diós.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. – E.D.A. libros – 2008

2.152 – Escurridiza

susana revuelta  Me desesperaba que apareciera por casa cuando le daba a ella la gana, sin avisar; así, claro, siempre me cogía desprevenido. Hace apenas unos días descorrió la cortina de la ducha mientras me estaba jabonando, pero al intentar retenerla me sacó burlona la lengua y se escapó; en otra ocasión me pilló friendo unas croquetas y cuando fui a ver qué quería, casi se quedan pegadas a la sartén; anteayer se plantó a mi lado en la ventana mientras tendía la colada y por su culpa se me cayó al patio un calcetín. Muchas noches incluso me he quedado dormido en esta silla frente a la pantalla encendida del ordenador, esperándola. Qué duros estos destierros.
Pero hoy por la tarde me pareció oír un ruido en el pasillo: era ella, que se acercaba de puntillas a mi habitación. Entonces aguardé paciente a que entrara, aporreé con saña el teclado y por fin pude atraparla.
El caso es que ahora, que son ya las cuatro de la madrugada y llevo escritas varias páginas de mi novela, no me atrevo ni a levantarme para ir al baño. No sea que se escabulla otra vez.

Susana Revuelta
http://estelasdetinta.blogspot.com.es/