2.232 – El río del Olvido

eduardo galeano1  La primera vez que fui a Galicia, mis amigos me llevaron al río del Olvido. Mis amigos me dijeron que los legionarios romanos, en los antiguos tiempos imperiales, habían querido invadir estas tierras, pero de aquí no habían pasado: paralizados por el pánico, se habían detenido a la orilla de este río. Y no lo habían atravesado nunca, porque quien cruza el río del Olvido llega a la otra orilla sin saber quién es ni de dónde viene.
Yo estaba empezando mi exilio en España, y pensé: si bastan las aguas de un río para borrar la memoria, ¿qué pasará conmigo, resto de naufragio, que atravesé toda una mar?
Pero yo había estado recorriendo los pueblecitos de Pontevedra y Orense, y había descubierto tabernas y cafés que se llamaban Uruguay o Venezuela o Mi Buenos Aires Querido y cantinas que ofrecían parrilladas o arepas, y por todas partes había banderines de Peñarol y Nacional y Boca Juniors, y todo eso era de los gallegos que habían regresado de América y sentían, ahora, la nostalgia al revés. Ellos se habían marchado de sus aldeas, exiliados como yo, aunque los hubiera corrido la economía y no la policía, y al cabo de muchos años estaban de vuelta en su tierra de origen, y nunca habían olvidado nada. Ni al irse, ni al estar, ni al volver: nunca habían olvidado nada. Y ahora tenían dos memorias y tenían dos patrias.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos – Ed Siglo XXI – 2009

2.225 – El nombre de lo desconocido

ana maria shua 3_b  Se pregunta si los médicos saben en realidad de qué se trata o sólo le han puesto un nombre a ese conjunto de síntomas que lo aterroriza. Se pregunta si lo llaman síndrome de Coats-Bergman como podrían llamarlo Hache, como podrían llamarlo Juanita, por ejemplo y en ese caso quizás fuera posible ofrecerle dinero, seducirla sexualmente, contratar a un par de matones para que le den un susto, convencerla de cualquier modo de que se vaya de una vez, Juanita, de que por favor deje a mi hijo en paz.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

2.218 – Mary Jo

ggarciamarquez  Mary Jo, de dos años de edad, está aprendiendo a jugar en tinieblas, después de que sus padres, el señor y la señora May, se vieron obligados a escoger entre la vida de la pequeña o que quedara ciega para el resto de su vida. A la pequeña Mary Jo le sacaron ambos ojos en la Clínica Mayo, después de que seis eminentes especialistas dieron su diagnóstico: retinoblastoma. A los cuatro días después de operada, la pequeña dijo: “Mamá, no puedo despertarme… No puedo despertarme”.

Gabriel García Márquez
Revista Conversaciones desde la soledad: Bogotá, 2014

2.211 – Sueños emergentes

javier Ximens  En el 115 de la calle Titanic, en los muelles de Southampton, hay un pub decorado como un camarote del transatlántico. Nunca abre las puertas. Allí se reúnen cada 14 de abril, a partir de las veintitrés cuarenta, algunos de los espectros de los ahogados en el naufragio y conversan de sus vidas no vividas. Ninguno nombra la catástrofe. Hablan de América, de la calle de New York donde con el tiempo abrieron el comercio; del trabajo duro como leñadores en los bosques de White Mountain; del despacho de abogados en Philadelphia; del oficio de tramoyista en Broadway; de lo que el futuro les deparó y, en fin, de cómo se realizó su sueño americano.
En ocasiones la tristeza se agolpa en algún joven al que no lo esperó la novia o en el predicador que vio alejarse el bote salvavidas con su mujer y tres hijas y que nunca supo de ellas. A las dos y veinte de la madrugada, antes de que empiece a oírse la humedad, cuando el camarero solicita el desalojo del camarote, los náufragos se deslizan con indiferencia extraña hacia el puerto y se sumergen en el agua aprovechando la marea

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/12/suenos-emergentes.html

2.204 – Maguey

pilar galan 65  Valladolid es una de las ciudades con más niebla de España. A eso del atardecer, desde el Pisuerga, empieza a crecer una maraña de jirones que sube hacia el paseo y deja una huella fría en los bancos de piedra.
Si no estás acostumbrado, la helada se te cuela hasta los huesos y te entra una tiritona que no te deja en siete días. Los de aquí salen a la calle preparados. A los que vienen de fuera les toca pagar peaje, ya saben, la gripe con medicamentos dura una semana y sin ellos, siete días. Cosas de médicos. Chistes de médicos. El humor español es muy distinto al suyo. Y las palabras. Le habían dicho que aquí, en Valladolid, la gente hablaba el mejor castellano del mundo. Y sí, hablan bien, pero las sílabas tienen los bordes cortantes del carámbano y las letras se pegan a los labios, perdidas en las grietas.
Cama segura y asistencia médica.
Las otras son muy cariñosas y le dejan rebañar las sobras de la crema pastelera o de la masa de los huesos de santo.
Perrunillas, mantecados, buñuelos de viento.
Sobre la niebla, cuando ya no se ven ni las sombras de los árboles dorados del otoño, se extiende el olor dulce del azúcar del convento.
Tres comidas al día.
Son buenas, las otras. Mayores, pero no lo parecen por su cara que no muestra ni una arruga. Lisitas, sonrosadas. Caras que no han sido tocadas por el sol ni por el frío negro que sube del río a lamer las rejas de su celda.
Son buenas, sí, y la quieren mucho. Y no se ríen cuando habla. Ni cuando tienen que tirar de ella para despertarla, tan dormilona que casi se le cierran los ojos rezando tempranito.
Y aquí solo están ellas, no hombres vociferantes ni gritos ni humo. Solo te tocan ellas.
Aquí combaten el frío a base de caldos calentitos, de ave y vegetales.
Ella se calienta el corazón de otra manera.
Cuando el viento helado agita las hojas más allá del río, reza muy bajito las palabras de antes.
Durazno, maguey, alquejenje, guayaba, guara, arrayana, luma.
No sabe muy bien qué pide con esta plegaria, pero ahuyenta el frío y la niebla, y la lleva a los días de hambre de la infancia, cuando la felicidad se medía por la comida que habían conseguido robar en el mercado, donde el nombre de dios era carnoso, dulce y fresco, y podía morderse hasta quedar saciada.

Pilar Galán
Tecleo en vano. Ed. De la Luna libros. Marzo 2014

2.197 – Frustración

Elysa Brioa  Desde hace un tiempo lo encuentro sentado en la cabecera de mi cama, mirando con autentico interés cada vez que estoy en plena vorágine sexual. Cuando me noto a punto de llegar al bendito orgasmo por mucho que cierre los ojos allí está él, contemplando fijamente y con curiosidad científica cada uno de mis gestos. He intentado hacerle entender que así no hay manera, que me está creando una intensa frustración con su presencia. Alega que ese es su trabajo, protegerme durante todas las horas del día. Me dice que se asusta mucho cuando me oye gemir con tanta intensidad y que le preocupa que nombre tanto a Dios en esos momentos.
Le he explicado que eso son palabras que se dicen sin reflexionar, pero no hay forma, sigue en sus trece, apareciendo. No sé, pero estoy empezando a pensar que me ha tocado un ángel de la guarda pervertido.

Elysa Brioa
http://elystone.blogspot.com.es/2013/06/frustracion.html

2.190 – El guardia

alonso-Ibarrola32  Encontró a dos individuos charlando apaciblemente pero apoyándose en el capó de su coche, aparcado junto a la acera de una calle poco concurrida. Les invitó con corteses palabras a que se apartaran del coche y le dejaran entrar en el mismo. No le prestaron la más mínima atención. Se fue en busca de un guardia. Volvió al cabo de unos minutos acompañado de uno. Llevado por su celo profesional, el agente municipal, ante todo, le extendió una multa por «aparcamiento indebido». Luego les conminó a los dos individuos a que despejaran el lugar y desapareció. Los individuos siguieron charlando y el dueño del coche, confuso, se dirigió a la parada más próxima del autobús que le conduciría hasta su casa. El guardia le había hecho un descuento por pagar en el acto.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

2.183 – Atraco

alonso-Ibarrola2  Tres sujetos de pésima catadura entraron con paso decidido en la entidad bancaria, empuñando sendas metralletas. Al grito de «¡Manos arriba!», todos los empleados y clientes levantaron los brazos asustados. Uno de los atracadores, acercándose al cajero, le ordenó imperiosamente le entregara todo el dinero que tuviera y lo introdujera en un maletín que le tendió. El cajero, sumiso, nervioso, servicial y cabizbajo, fue depositando los fajos de billetes con mucho cuidado y orden en el susodicho maletín. Una vez que hubo terminado la operación, los asaltantes se fueron tan rápidamente como llegaron. La excitación de los clientes y empleados duró varios días y la prensa recogió profusamente el hecho. El cajero compró cinco ejemplares de un diario que mostraba su fotografía, y repetía hasta la saciedad, a todo cliente que se aproximaba a su ventanilla: «Porque tengo cuatro hijos, que si no…»

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

2.176 – Evolución

 Xesc  En Arvejera la gente es muy alta. Por un efecto continuado de la selección natural, los habitantes de la comarca han desarrollado unas extremidades inferiores desmesuradas, producto de la adaptación sufrida a lo largo de siglos, a la tradición, religiosamente cumplida por los señores del feudo, consistente en ahorcar a sus súbditos —de forma caprichosa y aleatoria—, de las ramas más altas y robustas de los múltiples algarrobos silvestres del lugar.
Durante la baja edad media y hasta la época moderna, la usanza ha perdido continuidad dada la imposibilidad de un ahorcamiento práctico, ya que con el alargamiento de las piernas, los pies de los lugareños se posan en el suelo impidiendo la asfixia efectiva por estrangulamiento del condenado.
Sin embargo, se observa también en los últimos siglos, una lenta pero inexorable tendencia de los algarrobos a crecer y evolucionar, adoptando nuevas formas de lo más variadas. Se da el caso que en reinos no muy distantes —incluso ya en alguno limítrofe— se han catalogado algunos algarrobos como nuevas especies dada su disparidad con el árbol original. Allí ya se les conocen como cedros y en otros lugares como secuoyas.

Xesc López
http://naufragoenlared.blogspot.com.es/2013/05/70-evolucion.html

2.169 – Es que ustedes…

max_aub2  Es que ustedes no son mujeres, y, además, no viajan en camión, sobre todo en el Circunvalación, o en el amarillo cochino de Circuito Colonias, a la hora de la salida del trabajo. Y no saben lo que es que la metan a una mano. Que todos y cualquiera procuren aprovecharse de las apreturas para rozarle los muslos y las nalgas, haciéndose los desinteresados, mirando a otra parte, como si fuesen inocentes palomitas. Indecentes.
Y una procura hurtarse a la presión y empuja hacia otro lado. Y ahí otro cerdo, con las manos en los bolsillos rozándola a una. ¡Qué asco! Pero ese tipo se pasó de la raya: dos días seguidos nos encontramos lado por lado. Yo no quería hacer un escándalo, porque me molestan, y son capaces de reírse de una. Por si acaso me lo volvía a encontrar me llevé un cuchillito, filoso, eso sí. Sólo quería pincharle. Pero entró como si fuera manteca, puritita manteca de cerdo. Era otro, pero se lo merecía igual que aquél.

Max Aub
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005