La mujer, vestida con elegancia, subió, un tanto indecisa, las escaleras que conducían a la modesta, en apariencia, «Agencia de Detectives». Le atendió un señor grueso, de traje arrugado y con manchas, que le pidió por adelantado cierta cantidad de dinero «para atender a los gastos que provocaría la vigilancia de su marido». La mujer extendió un cheque. Sospechaba que su marido se veía los domingos con una antigua doncella de su casa, que se había visto obligada a despedir al sorprender a ambos abrazados en el cuarto de baño. Aguardó con ansiedad varios días y nuevamente se presentó en la Agencia, donde el detective, desolado, le informó que la investigación no había sido posible llevarla a cabo, dado que su marido utilizaba un coche de gran potencia y el suyo era un utilitario. «Esto no es América, señora», terminó diciendo.
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2.285 – Robinson
Una columna de humo se perfiló en el horizonte. Robinson no daba crédito a sus ojos. Diez años llevaba viviendo en aquella isla, perdida en el océano y alejada de todas las rutas marítimas. Y sin nadie que le acompañara en los largos días de soledad. Le llamaré «lunes», se repetía a sí mismo para darse valor, esperando en vano la llegada de un criado negro, como él creía que sucedía en estos casos. Mejor dicho, «martes». Dos años más tarde, pensó en llamarle «miércoles». Tres años más tarde admitió que bien podría llamarse «jueves»… hasta que la columna de humo proveniente del gran barco, que ya se divisaba en lontananza, le hizo olvidar la cuestión… Su barba era muy abundante y larga. El barco, no cabía duda, se dirigía hacia él. Se detuvo junto a la isla. Arriaron un bote y unos marineros con vigorosas y rítmicas paladas acercaron hasta la orilla a un oficial que con las bajeras del pantalón dobladas hasta la rodilla y los zapatos en la mano se introdujo en el agua, haciendo un gesto muy expresivo de encontrarla muy fría. En tres zancadas se presentó ante el náufrago, le saludó marcialmente e inquirió, mostrándole un arrugado pergamino: «¿Ha escrito usted esto?». El pergamino decía: «¡Socorro!» No, él no había escrito nada. No tenía pluma, ni papel, ni una botella, por supuesto. «Lo siento», exclamó el oficial, y girando sobre sus talones, volvió a meterse en el agua. Dio un saltito al paso de una ola minúscula y subió de nuevo al bote, ayudado por un marinero. Mientras la embarcación se alejaba presurosa, camino del navío, el oficial agitaba la mano saludando cariñosamente al forzado Robinson. No acertó a pronunciar palabra alguna… Se le trabó la lengua. Habían transcurrido demasiados años. «No es posible…», fue lo único que acertó a decir, cuando ya el barco se perdía en la raya infinita del horizonte. Pero nadie le oyó…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
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2.278 – Dulces sueños
El niño dio un largo bostezo, cerró los ojos y se abrazó a la almohada. Agotado de corretear de un lado para otro, el conejo se detuvo, miró al pequeño, afirmó con la cabeza y, de un salto, desapareció dentro del sombrero. El monstruo se ocultó en el armario y las hadas se esfumaron, dejando una nube de estrellas en la habitación. El caballero y el dragón, vencidos por el cansancio, acordaron una tregua, y la princesa, que hacía rato que se había puesto el camisón, se retiró a sus aposentos. El padre cerró el libro y apagó la luz.
Ernesto Ortega Garrido
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2.271 – Ida
El padre colgó pensativo el teléfono. Después de la llamada, a ella no le quedaban dudas. Era la elegida. Eufórica, ultimó los preparativos. El planeta Trántor la había invitado con honores a la conferencia intergaláctica. Dispuso meticulosa los efectos que llevaría consigo. Depositó en la maleta las aletas para nadar bajo la ducha y los patines para rodar entre satélites. Saludó a los robots que llegaron a buscarla. La introdujeron en la ambulancia. Tras un convulso enfrentamiento le pusieron la camisa de fuerza. La madre lloraba, las vecinas cuchicheaban. Decían que la situación ya hacía tiempo que se veía venir.
Mei Morán
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2.264 – El invento
Era fontanero y en sus horas libres -que eran muchas, dado que en la perdida localidad donde ejercía su profesión, los clientes eran escasos- se dedicaba a «inventar». Nadie le tomaba en serio. Llevaba quince años trabajando en una bomba atómica de bolsillo. Creía haberlo conseguido. Se lo contó al corresponsal del diario de la capital, pero le tomó por loco y no envió ninguna línea. Consternado, dolido y despechado, preparó una explosión nuclear para el día del cumpleaños de su mujer. Al apagar las velas de la tarta de un soplo, un ingenioso dispositivo provocaría la explosión. Así ocurrió. El hongo atómico se divisó a varios cientos de kilómetros y el pueblo prácticamente desapareció del mapa y de la tierra. Dada la lógica ignorancia de los hechos, se hicieron muchas especulaciones en el país y en la capital se practicaron algunas detenciones..
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
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2.257 – La parte del león
Cada noche, después de cenar, llevo al señor de paseo en limusina. Dejamos atrás la parte alta y noble de la ciudad, y bajamos hasta el muelle de pescadores, buscando señoritas que caminen despacio por la acera, con el bolso en una mano y el cigarrillo en la otra. El señor se fija en una que solo vista ropa interior y -tras quedar acuerdo en el precio- la invita a subir con él en el asiento trasero. Entonces me ordena que conduzca por calles solitarias en mal estado, sin esquivar los baches; que gire, frene y acelere a mi antojo, solo por darme ese gusto. Cuando se cansa me da las gracias, despide a la joven y regresamos a casa.
El señor es muy discreto, no suele comentar conmigo sus gustos ni sus caprichos. pero hoy me ha confesado que -por variar y sin que sirva de precedente- le gustaría experimentar qué se siente al volante. Hoy voy yo de pasajero y él se ha puesto la gorra de conductor. Al llegar a nuestro territorio de caza, me ha dejado que elija yo mismo la presa vulnerable, ligera de ropa. Cuando le he comunicado mi decisión, ha parado el coche junto a ella, y -tras quedar acuerdo en el precio- la ha invitado a subir con él en el asiento delantero.
Pedro Herrero
2.243 – Contramedidas
El mago me ha invitado a que coja una carta de la baraja y la guarde en el bolsillo sin enseñársela a nadie. Luego ha colocado el mazo ante sus ojos, ha fingido atravesarlo con la mirada y, tras pronunciar en voz alta el nombre de la carta ausente, me ha pedido que la recupere y la muestre al público.
Yo vengo a menudo a este local nocturno. Y no precisamente a dejarme engatusar por las argucias de un intruso con chistera, sino a ser yo el que seduzca a toda hembra apetecible que se me ponga por delante.
Sabía que era solo cuestión de tiempo, que algún día el mago querría hacerme el numerito. Suele rondar por las mesas de la sala y elige grupos concurridos, ante los cuales pueda dejar en evidencia a quien lleve la voz cantante.
Esta noche tengo suerte, soy el centro de atención de varias ninfas predispuestas, con las que llevo un buen rato tomando copas como si fuera un pachá. Por eso respondo a la propuesta del mago con una sonrisa díscola, que él, de momento, parece no querer entender. La entenderá enseguida, cuando de mi bolsillo -previamente lleno de cartas- saque aquella que él no espera.
Pedro Herrero
http://http://www.humormio.blogspot.com.es/2014/06/contramedidas.html
2.236 – Hacía un frío…
Hacía un frío de mil demonios. Me había citado a las siete y cuarto en la esquina de Venustiano Carranza y San Juán de Letrán. No soy de esos hombres absurdos que adoran el reloj reverenciándolo como una deidad inalterable. Comprendo que el tiempo es elástico y que cuando le dicen a uno las siete y media, lo mismo da las ocho. Tengo un criterio amplio para todas las cosas. Siempre he sido un hombre muy tolerante: un liberal de buena escuela. Pero hay cosas que no se pueden aguantar por muy liberal que uno sea. Que yo sea puntual a las citas no obliga a los demás sino hasta cierto punto; pero ustedes reconocerán conmigo que ese punto existe. Ya dije que hacía un frío espantoso. Y aquella condenada esquina está abierta a todos los vientos.
Las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho menos diez. Las ocho. Es natural que ustedes se pregunten que por qué no lo dejé plantado. La cosa es muy sencilla: yo soy un hombre respetuoso de mi palabra, un poco chapado a la antigua, si ustedes quieren, pero cuando digo una cosa, la cumplo. Héctor me había citado a las siete y cuarto y no me cabe en la cabeza el faltar a una cita. Las ocho y cuarto, las ocho y veinte, las ocho y veinticinco, las ocho y media, y Héctor sin venir. Yo estaba positivamente helado: me dolían los pies, me dolían las manos, me dolía el pecho, me dolía el pelo. La verdad es que si hubiese llevado mi abrigo café, lo más probable es que no hubiera sucedido nada. Pero esas son cosas del destino y les aseguro que a las tres de la tarde, hora en que salí de casa, nadie podía suponer que se levantara aquel viento. Las nueve menos veinticinco, las nueve menos veinte, las nueve menos cuarto. Transido, amoratado. Llegó a las nueve menos diez: tranquilo, sonriente y satisfecho. Con su grueso abrigo gris y sus guantes forrados:
-¡Hola, mano!
Así, sin más. No lo pude remediar: lo empujé bajo el tren que pasaba. Triste casualidad.
Max Aub
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005
2.229 – El mundo al revés
El 20 de marzo del año 2003, los aviones de Irak bombardearon los Estados Unidos.
Tras las bombas, las tropas iraquíes invadieron el territorio norteamericano.
Hubo numerosos daños colaterales. Muchos civiles estadounidenses, en su mayoría mujeres y niños, perdieron la vida o fueron mutilados. Se desconoce la cifra exacta, porque la tradición manda contar las víctimas de las tropas invasoras y prohibe contar las víctimas de la población invadida.
La guerra fue inevitable. La seguridad de Irak, y de la humanidad entera, estaba amenazada por las armas de destrucción masiva acumuladas en los arsenales de los Estados Unidos.
Ningún fundamento tenían, en cambio, los rumores insidiosos que atribuían a Irak la intención de quedarse con el petróleo de Alaska.
Eduardo Galeano
Los hijos de los días – Ed. Siglo XXI – 2012
2.222 – El sueño del califa
Hixem el III, de la dinastía de los omeyas cordobeses, tuvo (según el historiador Al-Forkad) un sueño profético en el que Alah le anunciaba la victoria de sus tropas (después confirmada) sobre los berberiscos.
En realidad Hixem el III soñó muchas veces con la victoria y con la derrota y también soñó muchas noches seguidas con su padre o con la barba de su padre. El viejo o la barba le aconsejaron, alguna vez, enfrentar a los berberiscos, pero otras veces lo conminaban a la huida y otras le proponían evitar la batalla mediante las artes de la diplomacia.
Pero sólo los sueños confirmados merecen formar parte de la historia.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009