La sirena se había descuidado en las últimas centurias: estaba rolliza, desgreñada y hosca. Uno que otro bergantín capitaneado por algún trasnochado y bajo el imperio de la neblina caía en su hechizo precario. Cuando el infortunado se percataba del mayúsculo error, ya era tarde: estaba encima de los arrecifes y los tritones comenzaban a dar cuenta de la carga interesante.
De tanto en vez, la espantosa sirena se encaprichaba con algún tripulante y los tritones lo arrojaban ante su cola escamosa y desvencijada. Lo convencían de hacerle la corte a cambio del perdón de la vida, promesa vana, de falsedad absoluta, que jamás se cumplió. A la ignominia de la posesión de la sirena senil, se agregaba la muerte.
El negocio iba de mal en peor y la banda se empobrecía. Más de una vez un tritón propuso conseguir una sirena encantadora, pero los mayores le hacían ver que ya no las había. Al fin la criatura feneció y a poco nadar los aburridos tritones siguieron su ejemplo.
Etiqueta: Martes
2.296 – Cómo amaestrar, distraer, convencer a una sardina.
La idea de que las sardinas son irresponsables es falsa. Las sardinas son susceptibles de recibir una educación.
Cójase una sardina y colóquesela desnuda en una palangana, cuidando antes de poner sal en el agua. Después se la puede amaestrar con mucha paciencia. Váyanse anotando los progresos cada siete horas, no se cambie de educador ni se la deje abandonada durante más de setenta y cinco minutos. Cuando la sardina retrocede en sus progresos es muy difícil hacerla avanzar.
Al mismo tiempo hay que evitar que la sardina se aburra, darle el clima apropiado y cuidar de que asista a espectáculos que la reconforten.
Convencer a una sardina se la convence con facilidad. Basta encontrar a la persona adecuada. Nace una cada ciento siete años. Usted pone un anuncio y espera la contestación.
Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005
2.289 – Coleccionables*
Con el primer número de septiembre, el periódico traía el bracito rosado de un bebé. Me propuse acabar el coleccionable. «Nancy, no eres constante, nunca acabas nada, igual que mamá», me dije a mí misma. El año pasado, mi madre empezó a encajar las piezas de un galeón, pero dejaron de editar la revista y tuvo que dejar el barco a mitad de hacer. Lo quemó. Ahora, su esqueleto carbonizado flota en la piscina. El año anterior intentó compilar todas las selecciones nacionales de fútbol del mundo, pero nos destrozaban el mobiliario con el balón y decidió cortarles los pies. Hace años tiró la toalla con la colección de árboles de la Amazonía. Se dejó llevar por la desidia, y taló los más importantes, aunque dejó algunas especies raras en las macetas. En el jardín ya había plantado a aquellos asquerosos zombis en cuyos brazos colgó, a modo de frutos, la colección de cabezas reducidas. Yo tengo la intención de construir mi bebé al completo. Ya le he colocado las piezas de la columna vertebral, le he puesto el otro bracito, el hígado, los pulmones y una pierna. Me hizo mucha ilusión encajar el cerebro en el cráneo y enroscar su cabeza pelona en el cuellito. Mi mamá decía que yo no tenía cerebro. «Cabeza hueca», me llamaba. Pero yo nunca abandonaré a mi hijo en un armario, como hizo ella. Tuve que dispararle con uno de los tanques de la colección de la Segunda Guerra Mundial que había empezado el abuelo. Deberían haberla enterrado en un ataúd coleccionable, un féretro de piezas blancas ensambladas a mano cada domingo. Mañana llega el sexo de mi bebé con el suplemento de la prensa dominical. Si es niña, pintaré de rosa el sótano. Si es niño, pintaré el garaje de azul. Y viviremos felices aquí, en esta casa de muñecas inacabada, inconclusa, incompleta, como los fascículos de un coleccionable de septiembre.
Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto. 2015
* A Fernando Valls
2.282 – Ulises
Cada español vio el año pasado una media de 22.000 anuncios. Así que a simple vista, sin echar mano de la calculadora, es como si nos fusilaran 2.000 veces al mes, unas sesenta al día. Cruzas por delante de la tele para rescatar de los suburbios de la librería un libro de poemas y recibes seis ráfagas o siete que te dejan en el sitio, aunque tus deudos no lo adviertan: también ellos han sido ejecutados varias veces desde que se levantaran de la cama. Con el libro en la mano vuelves sobre tus pasos, y mientras abandonas la habitación decidido a no volver la vista a la pantalla, el electrodoméstico continúa ametrallándote a traición no para que caigas, no es tan malo, sino para que, verticalmente muerto, salgas a la calle a comprar una colonia, un coche, unas gafas de sol, un cursillo de inglés, una hipoteca o una caja de compresas extrafinas y aladas congeladas para amortizar la inversión del microondas.
Ya en la parada del autobús abres el libro y tropiezas, lo que son las casualidades de la vida, con unos versos de Ángel González que se refieren a los reclamos publicitarios de la civilización de la opulencia: «No menos dulces fueron las canciones / que tentaron a Ulises en el curso / de su desesperante singladura, / pero iba atado al palo de la nave, / y la marinería, ensordecida / de forma artificial, / al no poder oír mantuvo el rumbo.»
Si miras alrededor, verás otros Ulises atados, como tú, al palo de un libro. Sólo que esto es un autobús y no una nave, y que en lugar de regresar a Ítaca vuelves a la oficina. Cómo no caer, aunque sea un instante, en la tentación de escuchar lo que dice la sirena de Calvin Klein, de Mango, o de Winston, que te susurra al oído obscenidades cancerígenas. Veintidós mil anuncios, 2.000 al mes, unos sesenta al día. No hay héroe capaz de resistirlos ni Penélope que lo aguante. Estamos listos.
Juan José Millás
2.275 – Crimen perfecto
-Entonces es martes, seguro, por lógica.
La audiencia quedó encantada ante la deducción precisa del detective, que continuó:
-Y además, todo indica que el asesino está muy cerca.
Más aplausos.
-Y que sabe que yo daría con la solución. Exclamaciones.
-Y sabe también que no puede dejar testigos.
Oh, es un hombre admirable, que gritando, concluye:
-¡Y ya sabemos por lo tanto qué es ese tic tac que escuchamos hace rato!
Marco Morcillo Martín
Relatos en Cadena.2009-2010 – Ed.Alfaguara –
Ganador del 3 de marzo de 2010
2.268 – Gran final
Empieza el encuentro. Mi mujer avanza por el lateral derecho del pasillo y cuelga una pregunta envenenada al borde del área chica —¿otra vez partido?—, entre el sofá y las cincuenta pulgadas de plasma. Por suerte estoy bien colocado en los cojines y puedo despejar de puños con un cariño, por favor, que es la final. Atrapa el rechace, regatea mi mirada lastimera y dispara a puerta su peligroso vamos, hombre, que nos eliminaron en cuartos. Atrapo en dos tiempos —da lo mismo que no juguemos, es un partidazo— y pateo el balón con rapidez a campo contrario, para salir al contraataque, con un desesperado ayer ya vimos una película, cariño, ¿no te acuerdas? Cabecea con rabia la pelota en el centro del rectángulo de juego, y una vez recuperado el control, triangula en la alfombra, esquiva mis monosílabos que no pueden impedir su avance y dispara a puerta un certero a la media hora ya roncabas, imbécil, que dobla mis manos y se cuela entre los tres palos. Uno a cero. Sin celebraciones, sin besos en el anillo, regresa a su campo a esperar el pitido final. Ni siquiera se gira para ver mi saque de centro: sabe tan bien como yo que la remontada es imposible.
Victor Lorenzo Cinca
http://www.realidadesparalelos.blogspot.com.es/2014/06/gran-final.html
2.261 – El hijo de la lavandera
Al hijo de la lavandera le tiraban piedras los niños del administrador porque iba siempre cargado con un balde lleno de ropa, detrás de la gorda que era su madre, camino de los lavaderos. Los niños del administrador silbaban cuando pasaba, y se reían mucho viendo sus piernas, que parecían dos estaquitas secas, de esas que se parten con el calor, dando un chasquido. Al niño de la lavandera daban ganas de abrirle la cabeza pelada, como un melóncepillo, a pedradas; la cabeza alargada y gris, con costurones, la cabeza idiota, que daba tanta rabia. Al niño de la lavandera un día lo bañó su madre en el barreño, y le puso jabón en la cabeza rapada, cabeza-sandía, cabeza-pedrusco, cabeza-cabezón-cabezota, que había que partírsela de una vez. Y la gorda le dio un beso en la monda lironda cabezorra, y allí donde el beso, a pedrada limpia le sacaron sangre los hijos del administrador, esperándole escondidos, detrás de las zarzamoras florecidas.
Ana María Matute
La otra mirada – Antología del relato hispánico. – Menoscuarto Ediciones 2005
2.254 – Saludo de cortesía
Eleonora y sus agujeros al borde del mar. Saca arena húmeda y la deja escapar entre sus dedos formando esbeltas muñequitas. Meter la mano en el barro le resulta agradable pero esta mañana de septiembre alguien, desde el interior de la tierra, la ha saludado a la manera occidental: dándole un apretón de manos. Eleonora grita, se levanta y corre en dirección a su nuevo Ford. La tapicería se mancha con el bañador mojado. Con esta concluyente prueba los investigadores de la vida infraterrestre ganamos por uno a cero a los que investigan la extraterrestre.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros – 2008
2.247 – Peligro de las excepciones
Sentado en el umbral de mi casa, vi pasar a Lázaro, todavía con el sudario puesto en medio de una multitud que lo aclamaba. Después que la muchedumbre se alejó, vi pasar a un joven en ligero estado de putrefacción. Después, a una mujer embalsamada. Tras la mujer pasó un esqueleto pelado aunque con anillos en las falanges. Al ver que se aproximaba un hombre sin cabeza pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza le pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza me contestó muy atento:»Cuando suspendieron momentáneamente la ley para que Lázaro saliera, nosotros aprovechamos la suspensión y salimos también. Somos muchos. Mire». Miré y vi que por el camino avanzaba la columna de los resucitados La atmósfera se había vuelto irrespirable.
Marco Denevi
Falsificaciones, Thule ediciones, 2006.
2.240 – Las muertes de María
Cuando muere María muere la hija de Juan y Rocío, muere la hermana de Carlos, y también la mejor amiga de Ana Villares, con la que paseaba cada viernes por Reforma. Mueren también cuando muere María la amiga de Violeta, la de Marga, la de Juancar y Simón. Y muere la mujer a la que Peralta más quiso, a la que hoy, pierde por segunda vez, y a la que aún abraza en silencio cuando duerme, a pesar del tiempo transcurrido y los consejos.
Cuando muere María muere también la mujer que cada tarde, entre las cuatro y las seis, paseaba con prisa a un perrito desclasado por el parque que está pegado a la radial, y muere la joven atractiva aunque un poco bizca pero muy correcta de la que Héctor Salvarroja, conductor de la línea 12 del Interurbano, hablaba a menudo a sus compañeros de ruta y a la que nunca invitó a tomar un refresco en la terracita de La Particular, como él habría querido, porque le faltó el arrojo necesario para hacerlo.
Cuando muere María mueren una compañera de cadena de montaje silenciosa, siete vecinas, doce conocidas, la paciente favorita de un dentista y un amor callado, tan secreto que por más que nos empeñemos nunca sabremos una palabra más de él.
Cuando muere María sucede, en realidad, un genocidio del que la humanidad no se recuperará jamás. Sus cadáveres, la suma feroz de sus ausencias, caben sin problemas en el ataúd de gama media sobre el que su madre llora hoy desconsolada las muertes de María. No hay espacio en el mundo, sin embargo, que pueda contener su dolor.
