La sirena se había descuidado en las últimas centurias: estaba rolliza, desgreñada y hosca. Uno que otro bergantín capitaneado por algún trasnochado y bajo el imperio de la neblina caía en su hechizo precario. Cuando el infortunado se percataba del mayúsculo error, ya era tarde: estaba encima de los arrecifes y los tritones comenzaban a dar cuenta de la carga interesante.
De tanto en vez, la espantosa sirena se encaprichaba con algún tripulante y los tritones lo arrojaban ante su cola escamosa y desvencijada. Lo convencían de hacerle la corte a cambio del perdón de la vida, promesa vana, de falsedad absoluta, que jamás se cumplió. A la ignominia de la posesión de la sirena senil, se agregaba la muerte.
El negocio iba de mal en peor y la banda se empobrecía. Más de una vez un tritón propuso conseguir una sirena encantadora, pero los mayores le hacían ver que ya no las había. Al fin la criatura feneció y a poco nadar los aburridos tritones siguieron su ejemplo.