1.723 – La caja de los truenos

angel olgoso 2  Cuando los menesterosos padres de Nayib murieron de hambre, el pequeño mendigo recibió la única posesión de la familia Alauié a lo largo de generaciones: una sencilla cajita de madera con un broche de color turquí. Nunca antes había sido abierta. Nayib -un niño flaco y sucio, pero altivo y de ojos vivísimos- tomó la cajita entre sus manos con gran unción. Cuando se disponía a abrirla, como si presintiese la temeridad y la atroz amenaza desconocida de aquel acto, dudó y, durante aquel brevísimo instante de vacilación, la vida se detuvo: los terrones de azúcar dejaron de diluirse en las tazas, los asesinos no terminaban de apuñalar a sus víctimas, el aire cesó en su fuga perpetua; el vuelo de las aves, la pólvora de los cazadores, el suero en las venas de los enfermos, el salto a contracorriente de los salmones, todo participó de aquella inaudita pausa universal, de aquella silenciosa anábasis, simultáneamente a millones de seres vivos que con voraz ansia y la respiración suspendida confiaban que, tampoco en esta ocasión, fuese abierta la sencilla cajita de madera con el broche de color turquí.

Ángel Olgoso

La máquina de languidecer. Páginas de espuma.2009

1.722 – Deducción ilógica

martin gardella  Si la niña de la caperuza no hubiera cruzado el bosque aquella noche, nunca habría tenido aquel encuentro apasionado con el lobo, tras el cual nacieron dos niños gemelos, que serían amamantados por Luperca, su tía paterna.
Puede concluirse, entonces, que si la abuelita no hubiera caído enferma, hoy no existiría la ciudad de Roma.

Martín Gardella

http://www.livingsintiempo.blogspot.com.es/2011/06/deduccion-ilogica.html

1.721 – El relieve del tiempo*

ivan teruel2  Manejamos dos conceptos en apariencia desacordes: lo impactante y lo superficial. En principio, resulta difícil asumir que algo impactante no sea profundo, pero esos dos conceptos confluyen en la siguiente imagen: una madre que ha acompañado a su hijo hasta la sala de urgencias de un hospital se desmorona de pronto sobre una silla, se dobla como un muñeco, descompone su rostro y estalla en un llanto convulso al que acuden algunos médicos y enfermeras con palabras tranquilizadoras.
Esa es la imagen, pero desprovista de la perspectiva que nos interesa, en la que concurren los dos conceptos planteados al inicio. La perspectiva es la mirada del hijo de diez años, quien, desde la camilla, entre un horizonte de batas blancas, estetoscopios y cables de tensiómetro, vislumbra el derrumbe de su madre, algo que, por supuesto, no espera. El impacto en el ánimo del niño resulta indiscutible. Y sin embargo, la memoria almacena la imagen en dos dimensiones. La tercera, la dimensión ausente, se relaciona con otro factor decisivo a partir de ahora: el tiempo. Porque esa falta de profundidad de la que hablamos tiene que ver con un recorrido inconcluso, con aquello que todavía tiene que ocurrir. Así que tiempo y memoria se alían en esta ocasión para conservar liso un recuerdo.
Pero el tiempo es un fluido incesante y para entender mejor lo que aquí se cuenta hay que hacerlo avanzar. También se requiere un cambio de punto de vista y otra confluencia de conceptos. O lo que es lo mismo: es necesario viajar hasta otro hospital y contemplar otra escena en la que convergen esos dos nuevos conceptos planteados ahora: la falta de costumbre y el sentimiento de culpa. Ambos se concentran en la pregunta que una enfermera le formula a un padre. ¿No le das un beso? Porque el padre, el joven padre, que ha acompañado a su bebé recién nacido por pasillos y ascensores sin dejar de fijarse en todos los tubos y vías que tiene conectados, y que durante todo el recorrido ha ido con la mano derecha agarrada al reborde de la cuna, cuando ha llegado a la puerta del quirófano ha hecho ademán de ir hacia la sala de espera. Y entonces la pregunta, ¿no le das un beso?, que certifica la falta de costumbre, apenas un día, y dispara la culpa, que atraviesa al padre. Así, traspasado por ese sentimiento, se acerca a su bebé y entre la maraña de tubos le da un beso en la mejilla.
Esa acción queda sedimentada en la conciencia del padre. Y activa algo que ya no va encontrar freno. Avanza, ahora sí, por el pasillo hacia la sala de espera. Y a la vez que avanzan sus pasos, el tiempo se pone en paralelo y acomete el último tramo de su recorrido por hacer. El padre, el joven padre, llega a la sala de espera, en la que no hay nadie. Permanece de pie y mira al frente. Pero no ve nada, porque la vista se le va de pronto hacia dentro. Y se ve a sí mismo inclinado hacia su bebé para darle el beso que se le olvidaba darle. Y en ese momento el tiempo completa su ciclo. Y en apenas unas milésimas de segundo deshace su camino de veinte años y lo rehace inmediatamente. Y en esa ida y venida fulgurante, el tiempo invade la memoria, y de allí rescata imágenes, las sacude, las revuelca, las actualiza. Imágenes como el derrumbe de su madre en aquel otro hospital. Imágenes que dejan de ser planas y se convierten en una galería infinita de infinitos recovecos. Así que tiempo y memoria confluyen ahora en la misma intersección donde están la vista y la conciencia del padre, que permanece asomado a la escena en la que él se inclina sobre su bebé. Entonces se activa un resorte profundo. Y el padre se desmorona de pronto sobre una silla, dobla el cuerpo como un muñeco, descompone su rostro y estalla en un llanto convulso al que solo acuden sus manos. Sus manos desconsoladas.

*A mi madre

Iván Teruel

http://latijeradelish.blogspot.com.es/2013/10/el-relieve-del-tiempo.html?spref=fb

1.720 – Todos…

shua (3)  Todos los patitos se fueron a bañar y el más chiquitito se quiso quedar. El sabía por qué: el compuesto químico que había arrojado horas antes en el agua del estanque dio el resultado previsto. Mamá Pata no volvió a pegarle: a un hijo repentinamente único se lo trata -es natural- con ciertos miramientos.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

1.718 – Reconciliación

Maria Jose Barrios22  Deja pasar un par de días, no la llames, no le cojas el teléfono. Luego ve a hablar con ella, pero muéstrate frío, distante e incluso cruel en un momento dado. Como si nada de aquello fuera contigo. Utiliza palabras duras, no hagas la más mínima concesión. Dile que no sabes de qué te habla, que son todo imaginaciones suyas. Deja que te grite, que te golpee, que te arañe, que te muerda, que te amenace. Échale la culpa de todo, deja que se derrumbe. Humíllala, apriétale un poco más -solo lo justo-, y entonces empieza a mostrarte algo más comprensivo. Dile algo cariñoso, juguetea con su flequillo. Abrázala, deja que se sienta bien por unos minutos. Convéncela de que te necesita. Miéntele, dile que la quieres. Y solo al final, si lo consideras necesario, le dices que la perdonas.

María José Barrios

Mar de Pirañas. Edición de Fernando Valls. Menoscuarto ediciones.2012

1.717 – Como Ulises

ana maria shua 6  Como Ulises, un hombre vuelve de la guerra, o de la cárcel o del destierro. Han pasado veinte años. Sus ojos son distintos. Un golpe le ha quebrado la nariz.
Ahora se parece un poco a Kirk Douglas, aunque su pelo es ralo y casi blanco y los harapos cuelgan de su cuerpo sin ninguna gracia. Todos lo reconocen perfectamente pero disimulan, menos el tonto de su perro, que vuelve a recibir una de aquellas épicas patadas.

Ana María Shua

Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

1.716 – Policía

fernando l aranoa  Era alto, vestía una camisola azul demasiado larga y levantó los brazos para defenderse de los primeros golpes. Se equivocaba al devolverlos; los que se abalanzaban sobre él justificarían más tarde así la paliza que, sin saberlo, venían gestando desde que le pidieron los papeles, apenas diez minutos antes. Había sido su actitud, el tono levemente airado con el que se había dirigido a ellos, lo que hizo que las cosas empezaran a torcerse. Los agentes del orden miraron a su alrededor: la calle refulgía desierta bajo el sol del verano. Su amigo se había retirado unos metros prudentemente. Desde allí contempló la virulencia del ataque.
No sin cierto esfuerzo lo derribaron, le retorcieron los brazos en la espalda mientras le esposaban. A pesar de eso siguieron pegándole, dos, tres golpes más: los que autoriza la inercia. Alguien desde una ventana gritó Ya vale dos veces. Se detuvieron los golpes, pero ninguno levantó la cabeza. Al poco llegaron dos patrullas más, los neumáticos chillones, el ademán enérgico. Entre siete levantaron al inmigrante del suelo y lo metieron bruscamente en el coche.
Policía, policía, gritaba el desesperado pidiendo auxilio.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

1.715 – RIP en RED

Raul Sanchez Quiles  La noche se convirtió en día y el día en noche, los minutos se empastaron con las horas y el tiempo se detuvo. Frente a la pantalla, fuiste perdiendo fuerza hasta que no pudiste comer ni levantarte. Te lo hacías todo encima y encima del teclado dormías. No hizo falta que tu cuerpo desprendiera el olor de la putrefacción, los bomberos echaron la puerta abajo exactamente al tercer día de tu muerte. Nadie te echó físicamente de menos, pero 1.000 personas se temieron lo peor cuando tu magnífico blog dejó de actualizarse.

Raúl Sánchez Quiles

Mar de Pirañas. Edición de Fernando Valls. Menoscuarto ediciones.2012

1.714 – El cuento

alonso-ibarrola2-300x200  La niña se despertó a media noche y comenzó a llorar, exigiendo a voz en grito «que le contaran un cuento». La madre, rendida por el cansancio de la fatigosa jornada, se resistía y pidió con mal talante a su marido que interviniera. El marido, mascullando palabrotas, se levantó y se dirigió a la habitación de la niña. Ella quería escuchar, una vez más, el cuento de «Caperucita». El padre, rabioso y enfurecido, contó con gran fuerza descriptiva la popular narración. Introdujo algunas variantes (quizá producto de su mal humor), incidiendo con todo género de detalles en la muerte de Caperucita, devorada no por uno, sino por muchos lobos. Crujieron los huesecillos de Caperucita, se quedó sin ojos, sin dientes, sin nariz, la sangre manchaba el césped… Cuando la niña se hubo dormido, el padre se retiró calladamente. A la mañana siguiente, la madre, observando a la niña, que dormía con el cuerpecito rígido, las manos crispadas y los ojos abiertos, redondos como platos, preguntó al marido: «¿Qué le contaste a la niña?».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/