A la mañana siguiente del naufragio los niños bucearon en busca de tesoros, curioseando por las ventanas de los camarotes. Vieron cofres cerrados, marineros muertos atrapados bajo el agua; vieron una enorme cola de pez en la mesa de la cocina, y, colgado de un gancho, un torso descuartizado de mujer.
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2.005 – El ruido y el frío
El árbol que hay a la entrada de casa no para de soplar sus hojas al viento. El muy tonto. Si sigue así no tardará en quedarse sin nada con lo que cubrirse.
Si yo fuese él, me enroscaría en mí mismo convirtiéndome en una caracola. Para conseguirlo, uno tiene que plegar las piernas, meter la cabeza entre ellas y abrazarse muy fuerte durante unos segundos. En el cole hacemos la caracola de vez en cuando y a todos nos resulta la mar de fácil, por lo que no entiendo cómo el árbol no sabe hacerla. Parece que esté tonto.
Aquí, dentro de casa, apenas siento el frío que a través del cristal noto que hace afuera. Seguro que el árbol lo está pasando fatal.
Aquí lo que hay es mucho ruido porque mamá lleva toda la tarde en un llanto. Empezó a llorar hace más o menos una hora, cuando papá le alzó la mano y le gritó que era una puta, y desde entonces no ha parado. Luego, entre gritos, papá le ha dado un empujón y la ha tirado al suelo, con lo que mamá se ha puesto a llorar aún con más fuerza. Y así sigue.
El ruido es tan insoportable, que papá ha tenido que irse de casa dando un portazo y renegando entre lágrimas. Entonces ha sido cuando yo me he venido corriendo a la ventana a ver dónde iba papá y, al pegar la nariz al frío cristal, he visto cómo el árbol le soplaba sus hojas al viento.
Voy a fijarme detenidamente a ver si lo veo tiritar, al muy tonto.
Raúl Ariza
La suave piel de la anaconda. Ed. Talentura. 2012
http://elalmadifusa.blogspot.com.es/
2.004 – Índice
Estaba hasta los átonos de sus tildes.
¿Cómo fue que su íntimo mundo de mutua admiración se transformó en aquel desolado universo de eterna interrogación? Mientras reflexionaba buscando alguna respuesta, movía la cabeza de un lado a otro, tratando de esquivar la amenaza de su desquiciante dedo índice, erguido frente a sus ojos.
¡Para ya tus pies de página!, quiso gritarle. En cambio, bajó la voz, la cabeza y la razón. Suavemente suplicó:
-Por favor, no me hables con mayúsculas…
Alejandra Díaz-Ortiz
No hay tres sin dos.Trama Editorial 2014
2.003 – Premio imposible
El tren marchaba lentamente, abarrotado de viajeros, que inundaban todos los departamentos y pasillos de los vagones. Mac, en su departamento, había repartido lápices y papel en silencio a sus compañeros de viaje que le miraron asombrados cuando explicó su comportamiento:
-Soy el representante de una importante sociedad filantrópica. Desde hace veinte años recorro el mundo tratando de entregar un millón de pesetas al suicida que escriba la mejor carta de despedida, pero nadie se anima a hacerlo. Todos empezaron a devolverle el instrumental, menos un señor de gafas, pequeño. Escribía y escribía. Al cabo de una hora entregó tres cuartillas a Mac. Éste comenzó a llorar emocionado nada más leer la mitad de la primera cuartilla.
-¡Por fin! -exclamó al terminar su lectura- ¡He aquí una carta digna de premio! Claro está -comenzó a decir lentamente- que para que… el premio pueda adjudicarse, es necesario… -miraba al hombrecillo fijamente-. En fin usted ya comprende… falta un requisito esencial… usted está vivo y…
El hombrecillo comprendió perfectamente. Se quitó las gafas cuidadosamente y las introdujo en el bolsillo de su chaqueta. Se dirigió a la ventanilla, la abrió con dulzura y exhibiendo una sonrisa vanidosa a sus compañeros de viaje, se lanzó al exterior, contraviniendo claramente la orden de un letrero que decía: «Prohibido asomarse al exterior».
Mac, con un gesto airado, se lamentó:
-¡Siempre me ocurre lo mismo, qué desgracia!
Y abriendo la portezuela del departamento, exclamó:
-¡Pase, señora, hay un asiento libre!
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.002 – Sarmiento quebrado
Como un vástago arrancado de la cepa me sentí cuando tuve que abandonar mi tronco, mis surcos, el olor a tierra regada, el sabor del tocino, el vino seco de la bota y a mi gente para ir a la guerra.
Mi madre: aroma de heno, silencios amorosos, aljibe de consuelos, troje de recuerdos, tacto rugoso de su lana. Su toquilla.
Mi María: aquel beso en los caños, como brisa del atardecer, suave y tímido, pluma acariciando mis labios; su cuerpo en la era, la cabeza sobre la albarda; el brillo de sus ojos, el cielo en la tierra. Su chal.
Mi Carmencita: queso ahumado con jaras, sabor a pan recién horneado, risas de jilgueros en flor, simiente de esperanzas; acariciar su piel, pasar la mano por la mies. Su mantilla.
La matanza. Cuerpos socarrados abiertos en canal. Barrigas hinchadas. Carne chamuscada. Tripas serpenteantes. Moscas a la sangre coagulada. Chicharras con gritos de espanto. Miradas acres de árboles calcinados. Hedor de cadáveres sazonados con pólvora. Matarifes en retaguardia.
En el rastrojo, entre espigas humanas segadas y con el cielo azul por mortaja, veo tres estrellas de luto: decidles que no me esperen para la vendimia.
Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2014/06/sarmiento-quebrado.html
2.001 – Las equivalencias del tiempo
Sesenta segundos son casi setenta en las salas de espera de los hospitales, ochenta en las habitaciones vacías del desempleo, noventa en los cuartitos oscuros, pentagonales, de la tortura. Un mes en la cárcel son tres al otro lado del muro, nueve si afuera lo espera a uno un hijo, doce cuando se está enamorado. Un año en el exilio son cinco en la casa de uno, con su parque próximo en otoño, con su panadería habitual y su paseo a media tarde. Tres horas son seis en un control militar, nueve cuando se está de rodillas, pidiendo, en las aceras céntricas de la pobreza. Un minuto son diez ante el gatillo del asesino.
Pero la vida, esta vida sin ti, no acaba nunca.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.000 – Tortugas y cronopios
Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que se encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.
Julio cortazar
1.999 – Géneros
En el planeta Axz, él es quien queda fecundado, quien protege los huevos en su bolsa incubadora, y quien alimenta a las crías con sus dos hileras de mamas después de la eclosión. Ella deposita los huevos maduros dentro de la bolsa de él, para que los fertilice. Pero su naturaleza la inclina a la caza y a las expediciones en las vastas llanuras de zinc. Su armadura de placas es más resistente, y los anillos óseos de su larga melena están naturalmente diseñados para la guerra.
En el planeta Zxa todo es igual. Si bien, en su extraña lengua, a él lo llaman ella , y a ella él.
Juan Jacinto Muñoz Rengel
El libro de los pequeños milagros (Páginas de Espuma, 2013)
1.998 – Primer amor
Había en mi barrio una chica manca a la que sus padres habían regalado un brazo de madera con el que solía jugar como si fuera una muñeca. Le daba de comer y luego lo ponía a dormir sobre una especie de cuna alargada y estrecha en la que la mano hacía las veces de cabeza. Se trataba sin duda de un juego algo macabro al que nos llegamos a acostumbrar, sin embargo, con una naturalidad sorprendente. Pasado el tiempo, todos contribuíamos al cuidado de aquel miembro y a veces gozábamos del privilegio de que la manca nos lo prestara un día o dos. Cuando me tocaba a mí, lo metía en casa a escondidas y dormía abrazado a él: aquella chica me gustaba muchísimo y tuve mis primeras experiencias sexuales con su brazo, más cariñoso que los de carne y hueso que amé después.
(Por si el lector no lo ha advertido, estoy hablando de un barrio muy pobre, en el que ni siquiera había bicicletas. Teníamos, en cambio, varios cojos que nos prestaban sus muletas para hacer los recados.)
Con el tiempo me hice novio de aquella chica y un día, sin haber llegado a pedir su mano, logré que me regalara su brazo. Mi madre, quizá por celos, no se llevaba bien con él y tenía que esconderlo debajo de la cama. Pero por la noche lo rescataba y dormíamos juntos, yo acariciado por su mano torpemente articulada y él protegido por mi cuerpo. Más tarde le puse una manga de seda, muy excitante, que logré coserle con grapas al muñón. Excuso decir que mi interés por la manca decrecía a medida que me enamoraba de su brazo. Finalmente rompimos y ella me exigió que le devolviera las cartas y todos sus regalos, incluida la extremidad. No me pude negar, pues era la costumbre, y desde entonces, aunque he tenido aventuras con otras prótesis, con ninguna he sido tan feliz. El primer amor es el primer amor.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
1.997 – Isla Isabel
Era hermosa de cintura para arriba, quizás la más lozana de las mozas, pero una enfermedad infantil le había dejado las piernas quebradas. En la treintena tuvo un hijo. Su padre dijo que la había forzado un vagabundo que pasó la noche en el pajar. Nadie vio al forastero. Su madre calló. Isabel, sin embargo, anheló el hijo.
Cuando las mujeres de rosario le quitaron el niño fruto del pecado y lo entregaron en el hospicio de Talavera, ella se marchó a dos leguas de la aldea y se puso a llorar. Poco a poco se fue formando una laguna a su alrededor. En el centro, donde Isabel soportaba su pena, brotó una isla de sal. Allí vivió muchos días, los pájaros le llevaban la comida y el rocío el agua. Los escasos vecinos que pensaron en ir a socorrerla desistieron para no desatar la ira y ser también desmembrados del pueblo.
Un día dejó de llorar. Ante el recelo de que desapareciera la laguna, las frecuentes oraciones y el sacar a pasear los santos trajeron las lluvias. Diluvió. Al descampar, Isabel no estaba. La isla permanece. Espera.