2.822 – Escribir

jj millas2  Hace poco, un oyente telefoneó a un programa de radio y contó que su matrimonio había empezado a naufragar el día en el que su mujer llevó a casa a una amiga anoréxica.
-¿Qué sucedió? -preguntó la locutora.
-No se lo puedo decir porque a mi esposa le gustaba mucho la radio y quizá me esté oyendo. La cuestión es que las cosas se empezaron a complicar y ahora vivimos separados.
La audiencia, a juzgar por las llamadas posteriores, se quedó muy intrigada y yo pensé que aquel hombre nos había dado una lección perfecta de cómo comenzar un relato. Las situaciones de partida son así de gratuitas, así de normales también. Y cuando digo normal no pierdo de vista desde luego el grado profundo de anormalidad que subyace en la vida cotidiana, aunque hayamos desarrollado mecanismos para no percibirla. El acierto de este hombre consistió en contar algo que estaba en la frontera de lo vulgar y lo extraño. Parece que estoy viendo la escena:
-Mira, Javier, ésta es mi amiga Rosa, que como puedes ver es anoréxica y ha venido a pasar unos días con nosotros. Dormirá en el sofá-cama del cuarto de estar.
-Encantado.
No es difícil imaginarse a los tres en el tresillo, viendo la tele. Rosa, muy delgada, permanece entre los dos, sin probar los aperitivos que la mujer de Javier ha puesto sobre la mesa. Javier está un poco violento, pero al mismo tiempo orgulloso de que su esposa intente ayudar a una amiga.Él mismo, sin darse cuenta, ha empezado a urdir algunos modos de obligarla a comer. Una situación normal, de gente normal: se respira una atmósfera de clase media absolutamente familiar. Javier, seguramente, es funcionario.A los tres meses, sin embargo, Javier vive solo en un apartamento y se dedica a telefonear a las emisoras de radio para contar que su matrimonio ha fracasado. Ahora estamos ya frente a una historia de terror. Sólo hay que es cribir lo que ha sucedido en medio. A ver quién se anima.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.815 – El sentido de la libertad

raul brasca  La noche en que, ya viejo, se apagó definitivamente su fuego sexual, Sócrates oyó que el bello Alcibíades murmuraba: «Al fin libre». No se ofendió. Comprendió que la realidad se había equivocado de persona, porque la frase le correspondía. Y tuvo razón: no bien sus labios se la apropiaron, la vulgar expresión de alivio se cargó de noble sentido, de agudeza, de profundidad moral y, lo más importante, de trascendencia.

Raúl Brasca
Después de troya.(Edición de Antonio Serrano Cueto). Menoscuarto Ediciones. 2015

2.808 – Accidente

alonso-Ibarrola32  La gente se arremolinaba en el andén del «metro» esperando la llegada del próximo convoy. De repente, una señora que se encontraba junto al borde del andén hizo un movimiento extraño, como si se sintiera mareada. Se balanceó y cayó a las vías, sin que las personas que se encontraban a su vera pudieran impedirlo. Los gritos de horror fueron apagados por la llegada del convoy que no pudo detenerse a tiempo, ante el cuerpo de la infortunada mujer. Un chirriar y un crujir de huesos, unos ayes desgarradores… y nada más. Algunos viajeros chillaban, otros callaban y varias mujeres se desmayaron. Un viajero, molesto y colérico, se acercó al jefe de estación y preguntó: «Y ahora ¿cuánto tiempo nos tendrán aquí?».

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

2.801 – Yo no lo sé…

max_aub  Yo no lo sé. Allá ustedes. Quizá sean de una pasta distinta, pero yo soy así. ¡Qué le vamos a hacer! Asumo toda la responsabilidad. Lo único cierto es que aquel día yo estrenaba zapatos. Si fuésemos a analizar las cosas el verdadero responsable es el zapatero. Yo soy un hombre, nada menos que todo un hombre, como dijo el señor Hoyos. No lo aguanté. Esto está claro. Hay dolores que no se resisten. A mí me operaron una vez sin anestesia: porque me dio la gana. Ésa es otra historia que no tiene nada que ver con esto. La verdad es que yo no podía más. Esos dolores insidiosos, que ni siquiera son dolores; hipócritas. Y tomé el tranvía. La cosa empezó en seguida: me pisó. Sí, me pisó. Me pidió perdón, muy atentamente. Me aguanté y no pasó nada. Desde luego un desconocido que le pisa a uno es siempre un ser antipático. Un momento después -creo que fue en la parada siguiente, a la entrada de la calle Mayor- nos empujaron y aquel hombre me pisó por segunda vez. Esta vez no me pidió perdón. Pero no lo pude resistir. Lo zarandeé. Entonces me pisó por tercera vez. Lo demás lo saben ustedes. Tampoco tengo la culpa de ser representante de la mejor fábrica americana de navajas de rasurar, dejando aparte que soy muy hombre.

Max Aub
La otra mirada. Ed. Menoscuarto.2005

2.794 – Pegar a la mujer*

nasrudin  La hija de Nasrudín fue a su casa un día llorando y quejándose de que su marido le había pegado.
Nasrudín cogió el bastón y le pegó también, Entonces dijo: «Ahora ve a casa y di a tu marido que si pega a mi hija, yo pegaré a su mujer».

Cuentos de Nasrudín *

 

(*) Nasreddin, o Nasrudín, es un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del islam, cuyas historias sirven para ilustrar o introducir las enseñanzas sufíes, se supone vivió en la Península Anatolia en una época indeterminada entre los siglos XIII y XV.

*Repetido otros 28 de diciembre

2.787 – (Re)creación

Manu Espada (1)  Lo más difícil fue dar con el código genético del arcángel, pero al fin, el proceso de copia había terminado. Estaban todos. Para que el experimento fuera un éxito debían sentirse como en casa. Camufló el suelo del laboratorio con musgo y ríos de papel de plata, cubrió las paredes con casas de plástico, construyó molinos de cartón piedra, colocó bombillas de colores en pozos y corrales y cambió su bata blanca por un disfraz de pastorcillo. Enseñó su salvoconducto a los soldados romanos que había multiplicado mediante mitosis. Corrió por el camino de serrín hasta que llegó a la cola de los pastores. Junto a la incubadora, oculta por la paja, dormían plácidamente los clones de la mula y el buey. Esperó detrás del duplicado de los reyes magos, y cuando llegó su turno, ofreció una oveja al niño. —¿Cómo se llama el animalito? —preguntó la madre del bebé ante la absorta mirada de su esposo.—Dolly —respondió orgulloso. Al séptimo día de su extraordinaria creación, el científico descansó. Desaparecería para siempre de sus vidas. Los observaría desde el otro lado de la mampara.

Manu Espada
Publicado en la revista Quimera (nº368-369)

2.780 – La princesa destronada. Foto 1*

pilar galan 65  José María, mi hermano pequeño, y yo nos llevamos tres años. Hasta que él llegó, fui la niña, luego pasé a ser la cuarta de cinco, que no significaba nada importante, al menos no tanto como el reinado del que había disfrutado hasta entonces.
El pequeño era rubio, de ojos azules, muy bueno. Parecía un ángel en todos los retratos de familia.
Como puede verse, yo ya tenía el pelo oscuro y rebelde (esas coletas que tiraban tanto), el aspecto de chicazo (obsérvense las rodilleras y la puntera de los zapatos) y el gesto obstinado de quien no quiere hacerse fotografías nunca. Aún conservo esos rasgos, un poco suavizados por el tinte vegetal y las buenas maneras. Probablemente estaba enfadada con mi hermano, como siempre. A nadie le gustó nunca la expulsión del paraíso. Con el tiempo entendí que la infancia es el único paraíso posible, que resulta mucho mejor si es compartido, y que si mi reinado había sido breve, peor suerte tuvo Inma, con la que me llevo solo un año. Y peor, Carmen, la mayor, y luego Alfonso.
Siempre he pensado que se escribe para recuperar al menos parte de esa felicidad tan simple, pero hasta ahora solo he podido salvar los ojos semicerrados, el pelo rebelde, la poca naturalidad con la que poso, y un amor enorme por el niño que gatea detrás de mí, probablemente huyendo.
Aún no era consciente del bien que me había hecho al convertirme en plebeya.

Pilar Galán
Paraiso posible. De la Luna Libros. 2012

*Para el Iku

2.773 – La sentencia

serpiente    … extensa culebra de mil cabezas,víbora ondulante de colores diversosvestida de suéteres y chamarras…
                                                       La cola, GUILLERMO SAMPERIO

Las palabras del abogado de oficio flotan en el ambiente cargado de la sala de comunicaciones mientras el interno del módulo de preventivos, resignado y ausente, escucha la sentencia como una letanía de sonidos incomprensibles que se anudan y se estiran envolviéndolo. Ante sus ojos, la serpiente comienza su baile. Escondida entre el humo del tabaco, se contonea, se ondula; y ese reptil, engendrado en una lectura sin pausas, sin miradas, prosigue su danza; sube hasta la bombilla desnuda que cuelga del techo; desciende por la pared resbaladiza detrás de él y juega a enredarse en su cuello. El interno de preventivos gime al sentir la presión de los anillos que el animal aprieta cuando el abogado pronuncia «doce años y un día».

Olga Méndez García Abad
Futuro imperfecto.Clara Obligado ed. lit. 2012

2.766 – Lo quiero todo

federico fuertes guzman  Cuando muera quiero que me incineren pero, por favor, nada de esparcir los restos en mi playa favorita ni chorradas por el estilo. Quiero que metan mis cenizas en un ataúd y las entierren en una discreta tumba de un camposanto de montaña, parecido al que aparece en el libro La montaña mágica. Quiero una lápida en la que se explique que en ese lugar reposa un señor qué ganó en su última batalla contra el tiempo, el cual, supuestamente, iba a tardar meses o años en convertir su cadáver en polvo. ¡Ja!

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. e.d.a. libros. 2008

2.759 – Cartas perdidas

javier_ximens  En Amalia, al sur de la Isla del Recuerdo, hay un lago de buzones formado por el fenómeno atmosférico conocido como Viento de la Guerra. En aquellos países azotados por este huracán, los buzones son arrancados de cuajo y transportados hasta esta isla donde se precipitan como lluvia de metal. En ocasiones se ven mujeres vestidas de blanco que caminan entre el agua de aluminio, dicen que vienen a buscar la carta que nunca les llegó.

Javier Ximens
http://ximens-montesdetoledo.blogspot.com.es/2015/03/cartas-perdidas.html