2.963 – La incursión

victor_garcia_anton  Anoche, las bandas juveniles hicieron una nueva incursión en nuestro barrio. Entraron en la escuela, en la torre del campanario, en las casas en ruinas del otro lado de la explanada. Unos vecinos les oyeron merodear junto a las placas solares.
Como no obtuvieron nada de valor, lo destrozaron todo.
La autoridad ha venido esta mañana siguiendo el rastro de las bandas juveniles. Ha peinado el barrio puerta por puerta para ver si escondíamos a alguno de ellos en nuestras casas. Ha interrogado a nuestros hijos. Nos ha hecho salir a la calle para realizar los registros.
Como no ha conseguido lo que buscaba, lo ha destrozado todo.

Victor García Antón
Volanderas. Ed. Tres rosas amarillas. 2014

2.956 – Un mélange mitológico

Angel-Olgoso  Brahma se enamoró deshonestamente de la joven Tilottama. Zeus raptó a Europa convertido eventualmente en toro y engañó a Leda, Ganímedes y Dánae transformándose, respectivamente, en cisne, águila y lluvia de oro. Shiva cometió adulterio titánicamente con más de dos mil ermitañas. Ixión satisfizo considerablemente su deseo con Néfele, nube creada por Zeus a semejanza de su esposa Hera. Prajapati le hizo el amor premeditadamente a su propia hija. Bóreas se enamoró de un grupo de yeguas jóvenes y se mudó en caballo para poder montarlas óptimamente. El Dios del viento fornicó jovialmente con una mona… ¿por qué entonces ha de abstenerse un escritor inexperto de yacer a voluntad con los adverbios acabados en mente?

Ángel Olgoso
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015

2.949 – La verdad sobre Medusa Gorgona

MarcoDenevi34  Anterior a la escritura, el mito depende de la memoria de los hombres. Pero la memoria de los hombres es frágil y colma los agujeros del olvido con imposturas fantasiosas. Así es como Medusa, una especie de Cenicienta, terminó transformada en un monstruo. Mi paciente investigación le devolverá ahora sus verdaderos rasgos.
Eran tres hermanas, las Gorgonas. Dos de ellas, Esternis y Euríale, compensaban su irrebatible fealdad con un carácter perverso, disimulado tras una máscara benévola. Envidiosas de la belleza de Medusa, la menor, no le permitían salir a la calle porque, según propalaron por toda la ciudad, petrificaba a los hombres con sólo mirarlos en los ojos.
Algunas personas expresaron sus dudas. «Ah, no nos creen -gimoteó Euríale retorciéndose las manos-. Vengan a casa y se convencerán.» Sin que
Medusa se enterase, porque estaba ocupada barriendo, fregando y remendando, las dos malignas mostraban a los visitantes una estatua de piedra:
«¿Ven? Así quedó su último pretendiente». Y ponían un rostro compungido: «¡Se dan cuenta, qué desgracia nos ha caído encima!».
Una tarde Esternis y Euríale salieron a hacer compras y olvidaron cerrar la puerta con llave. La cuestión es que Medusa pudo, por primera vez,
asomarse y echar un vistazo a la calle. Inmediatamente la calle quedó desierta: todos habían huido a esconderse y a espiar por los intersticios
de puertas y ventanas o a través de cerraduras, de catalejos y de cristales ahumados. Admiraron la belleza de Medusa, pero el poder maléfico de sus ojos les infundía tal pánico que no se atrevieron ni a moverse.
Entonces, por uno de los extremos de la calle, avanzó Perseo, desnudo. Acababa de naufragar su navío y él venía a pedir socorro. Se maravilló de no ver a nadie, como si la ciudad estuviese deshabitada. Golpeó en una puerta y en otra, pero no le abrieron. Siguió caminando y llegó frente a la casa de las Gorgonas. Se detuvo. Los que espiaban se estremecieron, pensaron: «Pobre joven, tan guapo y se convertirá en piedra».
Reconstruyamos la escena: Medusa, sentada en el umbral; Perseo, de pie, desnudo. Ella es hermosísima y púdica; él es apuesto y ardiente. Ambos son jóvenes. Ella no se atreve a alzar los párpados. Él se esponja en las dilataciones del amor. Ella, adivinando que algo sucede, mira por fin los pies de Perseo, las pantorrillas musculosas, los muslos estupendos. Los que espían tiemblan: «Un poco más -se dicen- y ese buen mozo será granito». Pues bien: Medusa levanta un poco más la mirada y la petrificación ocurre.
Perseo se quedó diez años a vivir en casa de las Gorgonas. Para felicidad de Medusa y desdicha de sus dos hermanas, durante aquellos diez años él anduvo con el miembro viril hecho piedra dura y no había forma de que se le ablandase. De esta portentosa demostración de amor conyugal derivó la mala fama de Medusa que ha llegado hasta nuestros días.

Marco Denevi
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015

2.942 – Sabio

leon_de_aranoa  Se despertó sabio, como otros se despiertan tarde, cansados, o con dolor en las articulaciones. Comprendió el orden natural de las cosas mientras se cepillaba los dientes, ante el espejo del cuarto de baño. No fue a trabajar, lo que consideró un síntoma de su recién adquirida sabiduría.
En el transcurso de un paseo por un parque próximo, cifró en veintitrés grados la inclinación del eje de rotación de la Tierra con respecto al plano por el que se desplaza, fue capaz de formular la fragante sensación de humedad que sentía en el rostro en la relación entre la cantidad de vapor de agua que contiene el aire y la que necesita para saturarse a esa misma temperatura, y por primera vez supo dar nombre a los diecisiete músculos de la cara que, tirando de aquí y de allá, articulaban su sonrisa.
Acarició la cabeza de un perro y entendió el desánimo de su mujer, su triste balance de alegrías y derrotas, el carácter progresivo y geométrico de sus decepciones. Dando patadas a una lata vacía comprendió la naturaleza irracional de su prolongado desencuentro con la vecina de arriba. Se entretuvo contemplando las piruetas de una joven patinadora rubia, y al momento se le apareció como un juego de niños el sentido de las revelaciones religiosas. Corrigió a San Agustín y anotó a Descartes, pero compró castañas en el pequeño puesto que, a la salida del parque, atiende un señor al que le falta una mano.
Supo, al fin, quién era. Comprendió la razón última de su presencia aquí, la necesidad de sus contadas aportaciones al orden de las cosas. Entendió su dimensión exacta como pieza, la magnitud del rompecabezas del que formaba parte, que completaba y al que daba sentido.
Su inesperada omnisciencia le permitió también calcular la velocidad adquirida por la locomotora diésel Burlington Zephyr de treinta toneladas de carga con motores de tracción eléctricos, en el momento exacto del impacto que acabó con su vida. Eligió la muerte, pero no sabremos nunca si fue por plenitud, o por tristeza.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.935 – El que jadea

millas23  Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo al otro lado de la línea.
-¿Quién es? -pregunté.
-Yo soy el que jadea -respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
-¿Quién era?
-El que jadea -dije.
-Habérmelo pasado.
-¿Para qué?
-No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oí hablar con el psicópata.
-No te importe -decía-, resopla todo lo que quieras, hijo. A mí no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
-No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
-Se lo voy a contar a tu mujer -respondió en tono de amenaza-. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
-Tampoco es para ponerse así -dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos-. Es que me has cogido en un mal momento. Discúlpame.
-Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
-Se ha ido a misa.
-Dile que luego la llamo.
Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
-¿Quién es? -preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
-Soy el jadeador -dije con naturalidad.
-Espere, que le paso a mi marido.
El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos enseguida: inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
-Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.

Juan José Millás
Cuentos de adúlteros desorientados. Ed. Lumen. 2003

2.928 – Erratas

antonio fernandez molina2  El corrector sentía que, dentro de la máquina, un duende malicioso se complacía en introducir errata tras errata. Donde debía decir «merecedora» aparecía mecedora; para «entretuve» le metía por las narices entre tubos; si se hablaba de Descartes, la sustitución por Ricarte parecía obligatoria. Él a veces pescaba la errata, y muchas veces no. Una tarde en que la lluvia de erratas parecía tan incontenible como una precipitación de meteoritos, en su desesperación metió la mano donde no debía y murió electrocutado. El periódico publicó al día siguiente una encomiosa nota necrológica, en la que se hablaba de su contradicción al trabajo y se lamentaba su imprevista definición.

Antonio Fernandez Molina
Ciempiés. Los microrelatos de quimera. Ed. Montesinos

2.921 – Ficha 342

max_aub2  Apellido del enfermo: Agrasot, Luisa.
Edad: 24 años. Natural de Veracruz, Ver.
Diagnóstico: Erupción cutánea de origen probablemente polibacilar.
Tratamiento: Dos millones de unidades de penicilina. Resultado: Nulo.
Observaciones: Caso único. Recalcitrante. Sin precedentes.
Desde el decimoquinto día me abrumó. El diagnóstico era clarísimo. Sin que cupiese duda alguna. Al fracasar la penicilina ensayé desesperadamente toda clase de otros remedios: no sabía por dónde salir. Me trajo de cabeza, de día y de noche, semanas y semanas, hasta que le administré una dosis de cianuro potásico. La paciencia -aun con los pacientes- tiene un límite.

Max Aub
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.914 – Ignorancia

Alexandr Zchymczyk  En vida fui un laureado poeta. Estimado por todos en mi tierra, le escribí su oda al amor, su canto a la mujer, al héroe su epopeya. Le dediqué por completo mi alma al ejercicio de la poesía. Y vengo a enterarme ahora, después de pasar mi vida entre letras, que la prueba de admisión al cielo es un examen de aritmética.

Alexandr Zchymczyk

2.907 – Servidumbre

Ruben Abella  A Rafael le gusta leer libros de historia en la cama, en la quietud de las horas huérfanas.
Esta noche ha empezado uno sobre el feudalismo. Le interesa de forma especial la injusta situación de los siervos, poseedores de nada, siempre subyugados a la voluntad de un señor al que no han elegido, obligados a pagar buena parte de su renta a los dueños del mundo.
-Pobre gente -musita.
Deja el libro en la mesilla y apaga la lámpara. Tendido boca arriba, apoya la vista en el techo y piensa en su jefe despótico, en la hipoteca, en los plazos de los electrodomésticos, en Hacienda, en su precariedad acuciante y sin salida.
-Pobre de mí -murmura.
-¿Qué? -dice Fedra.
-Nada, sigue durmiendo.
Y se gira sobre el costado. Y cierra los ojos. Y reza para que no tarde el sueño.

Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010

2.900 – Cobardía

Laura Elisa Vizcaino Mosqueda  A pesar de haber muerto hace siete años mi abuelita apareció en una reunión familiar. Todos la recibimos con gusto y, como un acuerdo implícito, nadie mencionó su condición de muerta, para no molestarla.
La velada transcurrió cómodamente, pero, al despedirnos, ninguno de nosotros se ofreció a llevarla.

Laura Elisa Vizcaíno Mosqueda