La papelera encestar el borracho no consiguió dentro de la botella.
2.313 – Lapsus
Ya no podíamos contar con él, llevaba un tiempo haciendo cosas raras: a veces hacia girar tanto su cola que salía volando como un helicóptero y con el torbellino tiraba las figuritas del armario, otras se colgaba de la lámpara, se sacudía y nos llenaba toda la alfombra de pelos, pero lo peor es cuando adoptaba la figura de caza, inmóvil como una estatua y la cola se le ponía morada.
Hoy ha venido el veterinario y dice que no hay que sacrificarlo, nos ha explicado que las pastillas anti-pulgas son estas marrones, y las azules, las del abuelo.
María Elejoste Larrucea
VIII Edición de Relatos en Cadena, de la SER
Relatos participantes en la final de mayo
Ganador Semana 28
Ilustración: https://cosasqueaportan.wordpress.com/2012/11/26/hello-world/perro-loco/
2.312 – Iceberg
Hay dos parejas sentadas a la mesa, una frente a la otra. Mientras el camarero recita el menú, Teresa mira a Román con ojos conciliadores. Han discutido antes de la cena y quiere agitar la bandera blanca y confirmar que aún se quieren. Pero Román no le devuelve la mirada. Está demasiado ocupado tratando de discernir si lo que África está haciendo con la lengua -un barrido húmedo, de ida y vuelta, a lo largo de los labios- es un gesto inocente o una incitación a la infidelidad. África sonríe. Hace meses que su vida conyugal hace agua y, después de meditarlo mucho, ha llegado a la conclusión de que sólo los celos y el deseo de otro pueden hacer que Alberto reaccione. Alberto se queda estupefacto al ver a su amigo tontear con su esposa. Su impulso inicial es levantarse e irse, pero se contiene. Entonces, poseído por el demonio de la venganza, se quita un zapato y, tanteando bajo el mantel, frota el pie contra la pierna de Teresa. Teresa da un respingo y hace añicos un vaso. Todos se vuelven hacia ella, incluido el camarero. Teresa se disculpa, emite una tosecilla nerviosa y dice:
-Yo de primero tomaré una ensalada especial.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.311 – Fan
Parecía imposible, pero Elvis se encontraba allí, delante de mí, haciendo cola en la caja de aquel supermercado. Aunque iba camuflado con unas gafas de sol y una enorme barba gris, hubiera reconocido su rostro incluso bajo un pasamontañas. Le seguí hasta los aparcamientos y, mientras vaciaba el carro de la compra en su maletero, lo abordé. Naturalmente, negó ser Elvis, pero yo le arranqué la barba de un tirón. Como imaginaba, era postiza. «Entonces, no es una leyenda», exclamé. «¡Estás vivo!» Esa noche bebimos hasta hartarnos. Elvis lo pasó en grande, e incluso interpretó algunos compases de Love me tender, aunque, por la edad, ya desafinaba un poco. Cuando empezó a amanecer, me mostró una navaja medio oxidada que guardaba en su cazadora y me pidió disculpas por tener que matarme, ya que -explicó- necesitaba salvaguardar su incógnito. Le aseguré que lo comprendía, y que, para mí, el haber compartido una velada con él ya justificaba toda una vida. Mi cadáver se pudre ahora en una solitaria cuneta de Oregón, es cierto, pero cuántos querrían haber estado en mi lugar.
Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011
2.310 – Cambio climático e
El hombre del tiempo predijo una borrasca de letras «e». Me puse las katiuskas y salí a la calle. Todo comenzó con un leve sirimiri. Unas pequeñas y finísimas «es» Times New Roman cuerpo siete mojaron mi pelo. Abrí los brazos y un chaparrón de Tahoma veinte (mayúsculas) me caló hasta los huesos. Emocionado, chapoteé en un charco de «es» Courier New en negrita hasta que se pusieron en cursiva. Tras dos días de incesantes chubascos, el viento alejó los oscuros nubarrones de Arial Black. Ahora brilla el sol y el hombre del tiempo predice una feroz sequía. Mientras escribo este texto compruebo, aterrado, cómo comienzan a evaporarse hacia la página anterior las «es» de los jardines, de los carteles, de los letreros, de las canciones, de los sermones, incluso de este mismo cu nto.
Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto. 2015
2.309 – El jefe
Helen, este mes me leen en el «Tennessee Express» que vendes «El Este del Edén». Me quedé verde, del revés. Me desesperé. Ese es el césped en el que te besé. «¡Que le den!», pensé. «¿Qué se cree? ¿Qué te crees?» Es él. Sé que es él. Es Peter, el que ejerce de bedel en el Wester Herst. Sé que ese demente te enternece. ¿Qué ves en ese pelele, en ese mequetrefe, en ese percebe? ¡Qué estrechez de mente! ¡Qué memez! Te desmerece. Me encelé de ese repelente, de ese vehemente, de ese ser que te empequeñece. Llegué. Le esperé brevemente. Me peleé. Le encerré en el Mercedes. Le pegué de leches, de frente. Le quebré tres veces en el vergel en el que te besé. Le meé. Eché éter en ese germen. Le quemé. ¿Te estremece? ¡Excelente! ¿Crees que te perderé, que cederé? Me mereces. Me perteneces. Ven… ¡Bebe este detergente!
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Manu Espada
Personajes secundarios. Ed. Menoscuarto. 2015
2.308 – Desatornillaba los dedos…
2.307 – Max Aub estaría orgulloso de mí
2.306 – Desalojadas
Cuando el inspector Turing regresó a Waterloo aquella tarde de marzo, las calles olían a chocolate y leña, pero el cielo estaba nublado y el invierno se mantenía imbatible.
Refugiado en las solapas de su vieja gabardina, atravesó la solitaria Plaza del Cañón y se dirigió, apresurado, al lugar de la tragedia. Mandó retirar el sello de la puerta y entró cauteloso en la alcoba donde las dos mujeres, pálidas y serenas, yacían, cogidas de la mano, sobre una cama limpia y estrecha.
En la mesita reposaban las cajas de barbitúricos y la botella de ginebra que aplastaba, implacable, una carta para el juez. Algunos discos y libros apoyados en hilera se enfrentaban, descaradamente, al voto manifiesto de pobreza y, aunque no se apreciaba signo alguno de atropello ni violencia, todo en aquel insignificante y austero apartamento, estaba ordenado con desesperación, con temor a que la verdad se desvaneciera.
Antes de partir, se asomó a la ventana que miraba hacia la Colina del León y, mientras sonaban furiosas las campanas de la torre del Convento de Fichermont, en las cuerdas del tendal, dos túnicas de novicia se enredaban con el viento y trataban, en vano, de volar hasta las nubes.
María José Escudero
http://estanochetecuento.com/desalojadas-maria-jose-escudero/
Ilustración: http://dondeir.com/arte-y-cultura/festival-lesbico-2015/2015/02
2.305 – Enajenación mental transitoria
El médico dijo que necesitaría diez sesiones de electroshocks. Ya sé que todo vuelve. Hasta las hombreras. Pero si te encierran en una institución mental con un nombre tan aséptico como Centro de Reposo Higgs&Straub, una espera eso. Reposo. No diez sacudidas eléctricas.
Vale. Estaba rara. Lo de las lentejas, por ejemplo. En mi sano juicio, jamás las hubiera hecho sin chorizo. Y había más. Lo de cambiarme al detergente de marca blanca. Lo de hablar con el contestador. Lo de apuntar con el cañón de una Smith&Wesson al peluquero. Aunque todo tiene una explicación. Me encanta escuchar esa voz metálica diciendo: el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.
Ahora, tras un mes en la Higgs&Straub, estoy curada.
O no.
Al llegar a casa, me he abrazado a mi pequeña que me esperaba en el portal. Cuánto te he añorado, chiquitina. “Yo también, Señora Lola”, me ha respondido. Entonces me he dado cuenta de que es la niña del primero. Y ya no sé si tengo hijos. Así que, para salir de dudas, le he preguntado si las lentejas se hacen con o sin chorizo.
Ella se ha echado a llorar.
Yo también.




